To refine the Hydra
El trabajo por hacer…
I suppose what I’m saying is: “What you see is what you get.” These days, after a great deal of hard Work, I have refined the Hydra down to one head. I’m Alan Moore when I’m talking to my daughters, or to my eighty-nine-year-old aunt, or to the police, or to my readers, or to myself. I’m Alan Moore when I’m writing Supreme or From Hell or my part of this discussion. I’m the same person I am when I take out the bin-bags on a Thursday night. This is not easy, but it is at least possible, and, I believe, desirable.
Alan Moore
Las puertas del Sueño
Dos son las puertas del Sueño, de las cuales una se dice
de cuerno, por donde fácil salida se da a las sombras verdaderas;
la otra resplandece del brillante marfil que la forma
pero envían los Manes al cielo los falsos ensueños.
Virgilio, Eneida
Catedrales
Otro sueño:
En un pueblo en Francia, un hombre quiere construir una catedral gótica. Todos se ríen de él, y predicen que la iglesia se caerá, incluso antes de estar terminada.
Los años pasan, y la construcción termina. Y después, una serie de terremotos, a lo largo de varios años, sacude el pueblo. Todo es destruido, salvo la catedral, que se alza intacta entre las ruinas.
Un buen militar
De mi lectura de estas últimas semanas:
Un buen militar no sólo no ha de ser un genio ni ha de poseer cualidades especiales, sino por el contrario debe carecer de las mejores y más elevadas cualidades del ser humano: del amor, de la poesía, de la ternura y de la duda filosófica y analítica. Debe ser limitado y estar firmemente convencido de que es muy importante lo que hace (de otro modo le faltaría la paciencia); sólo en este caso será un valeroso capitán. ¡Qué Dios guarde a este hombre de amar a alguien, de compadecerlo, de pensar en lo que es justo y en lo que no lo es!
Leon Tolstoi, Guerra y Paz
Civilizaciones productivas
En estos días leo “The Evolution of Civilizations”, de Carroll Quigley, un intento de aplicar el método científico a la historia, en especial a la civilización como sujeto de estudio.
En una de las primeras páginas, Quigley distingue entre “civilizaciones parásitas”, las que no crean nueva riqueza y se mantienen consumiendo lo que hay en su entorno, y “civilizaciones productivas”, que sí crean riqueza. Para Quigley son parásitas las primtivas civilizaciones de cazadores-recolectores, y productivas las que han llegado a descubrir la agricultura y la ganadería. Aquí se demuestra que Quigley era un hombre de su época (el libro es de 1961), del apogeo final de la Revolución Industrial.
¿De verdad, visto con ojos de hoy, podemos considerar que nuestra civilización “crea riqueza”, que no debe ser definida como una civilización parásita? Hemos demostrado ser los más ávidos en el consumo de recursos, hasta el punto de dejar exhausto nuestro propio (y único, a día de hoy) planeta. Y es que, en realidad, lo que Quigley llama “civilización productiva” es una civilización que vive a crédito. Puede ser un crédito pequeño, sostenible, como el de una sociedad primitiva de población pequeña y constante, que cuyo impacto apenas se nota, o un crédito masivo como el nuestro, de una civilización al borde de la bancarrota planetaria, y su posterior embargo final.
Si logramos dominar la fusión nuclear en las próximas décadas, y lo acompañamos con un decrecimiento de la población, y nuestra civilización logra así salvarse del colapso, eso no significará que la deuda desaparezca. Incluso la fusión nuclear (y, de paso, todas las energías que llamamos “renovables”) requiere de combustible no renovable, aunque desde una escala humana parezca infinito. Si nuestra especie llegara a prosperar y prolongarse en el tiempo, quizás millones de años después hubiera que pagar de nuevo la deuda por el consumo de hidrógeno.
La realidad es que no existe la creación de riqueza. Ni siquiera el consumo cero. La Segunda Ley de la Termodinámica lo impide, y mientras estemos sujetos a ella, mientras no consigamos un móvil perpetuo (y muy equivocado tendría que estar nuestro conocimiento de la Naturaleza para que eso fuera posible) lo más que podemos hacer es ser conscientes de que vivimos a crédito, y actuar en consecuencia, vivir con moderación, y renunciar a crecimientos que siempre acaban pasando factura.
Hendrix
Otro sueño, en la misma línea que los anteriores. No entiendo el por qué de esta sucesión de sueños con viejas estrellas del rock. No entiendo por qué soñar con muertos.
En una habitación de hotel (¿también en Londres?), me espera Jimi Hendrix, sentado sobre almohadones en el suelo, fumando marihuana. Yo me quedo en pie junto a la entrada, esperando que hable.
-La única salida-dice, despacio, no sé si hablando a mí o a él mismo-es el Caos, la Magia, fingir tu muerte.
Sueños:Londres y estrellas de rock
Tres sueños que he tenido en los últimos meses:
I
En Londres, voy a un concierto de Janis Joplin. Sé que es una oportunidad excepcional, que Janis, al estar muerta, da ya muy pocos conciertos. Sin embargo, ya en el concierto, me quedo unas pocas canciones, y me marcho. Vagabundeo después por la ciudad, acompañado de un amigo enfadado.
II
En Londres, busco a alguien. Estoy en una fiesta, en un hotel muy lujoso, cerca del Parlamento. Por las ventanas se ve el río. Y me encuentro allí con Paul McCartney, que comienza a hablarme. Yo me pongo nervioso, porque llevo bastante prisa. Paul es un ancianito encantador, pienso, pero un pesado, y estoy deseando encontrar la oportunidad para cortar la conversación (aunque sólo habla él) y continuar mi búsqueda.
III
Al principio, los Beatles eran Paul, John, George, y otro tipo. Un hombre negro, muy alto, que no dejaba de meterse con George, como un matón de instituto. Insultándole, dándole empujones. Al final, lo echaron, y fue cuando Ringo entró en el grupo.
Dos años con Dylan
He terminado hoy una labor de dos años: actualizar mi status en Facebook, día tras día (la mayoría, al menos) con una canción diaria de Bob Dylan, y parte de su letra, hasta agotarlas todas.
(Otros lo han hecho antes, de forma aún más obsesiva que yo).
Y ahora no puedo evitar sentirme algo triste. Se acabó el buscar cada mañana la canción correspondiente, leer su letra, asombrarse (cada día) por la inmensidad de su obra, que lo convierte en uno los grandes de la música, y, más aún, de la poesía del siglo XX. De intentar colarte entre sus escritos, intentando comprender a qué se refería con esos
They shaved her head.
She was torn between Jupiter and Apollo.
A messenger arrived with a black nightingale.
I seen her on the stairs and I couldn’t help but follow,
Follow her down past the fountain where they lifted her veil.
de encontrate reflejado, en tus días de gloria, o en los de miseria, de encontrarte descrito (como has sido, como intentas dejar de ser) con una frase (Now, little boy lost, he takes himself so seriously).
Ahora, supongo, brindaré por el señor Dylan (drinkin’ from my broken cup/And ask me to/Open up the gate for you), y seguiré con él. Los grandes poetas nunca te dejan, ni tú puedes dejarlos a ellos, aunque lo pretendieras.
Cortando calabacines
(Continúa el diario onírico. Este es, con poco lugar a dudas, fruto de la presión de los últimos días para entregar los trabajos del master que llevo un par de años haciendo. Que es de Matemáticas, no de cocina. )
Al fin aparecen mis notas. Miro en el tablón (como antes de esta época de estudiante a distancia en que uno sólo puede mirarlas por internet) y veo con disgusto que he suspendido una asignatura.
Voy a la revisión del examen. El profesor es un viejo japonés, con aspecto de tener más de cien años, una rala barba blanca, casi ya sin pelo, vestido con un kimono. Me pide amablemente que corte un calabacín, para ver si merezco aprobar.
Yo comienzo a hacerlo, nervioso. Primero pelándolo, con la sensación de estar haciéndolo torpemente, de llevarme demasiado de la verdura con la piel. El profesor me mira a la vez con amabilidad y una leve desaprobación.
Pero llega el momento de cortar, y fallo. Con el primer corte, en lugar de una rodaja lineal, me llevo un pedazo irregular del calabacín.
El profesor niega con la cabeza, y me dice que así no me puede aprobar. Y yo, triste, continúo cortando el calabacín en brunoise para intentar salvar al menos algo de mi honor.
Otro sueño: Hoy voy a trabajar
(este se está convirtiendo en un diario onírico. Supongo que pasará)
Vivía en una casa sacada de una película de los hermanos Marx, llena de gente, discutiendo, gritando, corriendo de un lado para otro.
Para mí eso era lo más normal del mundo, claro. Despertaba, contento, me ponía el traje y la corbata (no tenía un armario, sino simplemente una percha en mitad de un salón), y anunciaba que “Me voy al trabajo”. Eso era lo mejor, claro. El ir un día a trabajar era algo extraordinario, que uno no hacía todos los días.
Luego desperté. Me puse el traje (no la corbata, que en agosto soy un banquero rebelde y no llevo), y me metí en el oscuro metro, para ir al trabajo, como todos los días.
Antes, en la radio, escuché que Gouchro Marx murió un día como hoy, un 19 de agosto, en el año en que yo nací.