La urgencia de un nuevo principio de vida

Leyendo esta mañana, en el metro, “La Rebelión de las Masas”, de Ortega y Gasset, era como leer el periódico. Todo lo que hemos avanzado en estos ochenta años parece estar a punto de derrumbarse por la cobardía y estupidez común, ya no sólo de la clase política, sino de todos los ciudadanos europeos.

Todo el mundo percibe la urgencia de un nuevo principio de vida. Mas -como siempre acontece en crisis parejas- algunos ensayan salvar el momento por una intensificación extremada y artificial precisamente del principio caduco. Este es el sentido de la erupción «nacionalista» en los años que corren. Y siempre -repito- ha pasado así. La última llama, la más larga. El postrer suspire, el más profundo. La víspera de desaparecer, las fronteras se hiperestesian -las fronteras militares y las económicas.

Pero todos estos nacionalismos son callejones sin salida. Inténtese proyectarlos hacia el mañana, y se sentirá el tope. Por ahí no se sale a ningún lado. El nacionalismo es siempre un impulso de dirección opuesta al principio nacionalizador. Es exclusivista, mientras éste es inclusivista. En épocas de consolidación tiene, sin embargo, un valor positivo y es una alta norma. Pero en Europa todo está de sobra consolidado, y el nacionalismo no es mas que una manía, el pretexto que se ofrece para eludir el deber de invención y de grandes empresas. La simplicidad de medios con que opera y la categoría de los hombres que exalta, revelan sobradamente que es lo contrario de una creación histórica.

Sólo la decisión de construir una gran nación con el grupo de los pueblos continentales volvería a entonar la pulsación de Europa. Volvería ésta a creer en sí misma, y automáticamente a exigirse mucho, a disciplinarse.
Pero la situación es mucho más peligrosa de lo que se suele apreciar. Van pasando los años y se corre el riesgo de que el europeo se habitúe a este tono menor de existencia que ahora lleva; se acostumbra a no mandar ni mandarse. En tal caso, se irían volatilizando todas sus virtudes y capacidades superiores.

Le Mort joyeux

Por razones que, prometo, nada tienen que ver con la doble tragedia electoral, recordé anoche este poema de Charles Baudelaire, parte de Las Flores del Mal:

Le Mort joyeux
Dans une terre grasse et pleine d’escargots
Je veux creuser moi-même une fosse profonde,
Où je puisse à loisir étaler mes vieux os
Et dormir dans l’oubli comme un requin dans l’onde.

Je hais les testaments et je hais les tombeaux;
Plutôt que d’implorer une larme du monde,
Vivant, j’aimerais mieux inviter les corbeaux
À saigner tous les bouts de ma carcasse immonde.

Ô vers! noirs compagnons sans oreille et sans yeux,
Voyez venir à vous un mort libre et joyeux;
Philosophes viveurs, fils de la pourriture,

À travers ma ruine allez donc sans remords,
Et dites-moi s’il est encor quelque torture
Pour ce vieux corps sans âme et mort parmi les morts!

En castellano:

El muerto jubiloso
En una tierra grasa, de caracoles llena,
yo quisiera cavar una profunda y sola
fosa, donde dejar mis huesos fatigados
durmiendo en el olvido como el pez en la ola.

Odio los testamentos como las sepulturas,
antes que mendigar una lágrima al mundo,
preferiría, vivo, invitar a los cuervos
para que se cebaran en mi esqueleto inmundo.

¡Gusanos! Silenciosos y ciegos compañeros,
mirad cómo hoy un muerto gozoso viene a veros,
hijos de podredumbre, filósofos despiertos,

moveos sin escrúpulos aquí en mi sepultura,
decid si todavía le falta una tortura
a este cuerpo sin alma, ya muerto entre los muertos.

Una historia de terror

Parte de un sueño que tuve anoche. O todo el sueño, tal vez. No sabría decir si fue un sueño largo e inconexo, o varios independientes:

Frente a un grupo de críticos, leía en voz alta una historia de terror. Ellos estaban sentados en sillas, todos gente seria, con aspecto estirado. Yo estaba de pie, frente a ellos.

En la historia, una chica salía a la calle, como una mañana normal. Pero, al rato, mientras caminaba, sintió una sensación extraña. No sabía realmente qué, no era una sensación física, ni siquiera algo que realmente hubiera percibido, sino una especie de incomodidad, la idea de que algo no estaba en su lugar. Nerviosa, decide volver a casa. Sube las escaleras, y saca las llaves para entrar, pero su madre abre antes la puerta. Cuando la ve, grita aterrorizada.

No sabía si la historia estaba gustando. Una de las críticas, tenía cara de disgusto, pero no sabía si eso era una buena o mala señal.

Entonces desperté. Nunca supe cómo terminaba el cuento.