Uno de los directores que más me conmueven, incluso en sus momentos más bajos, es Terrence Malick (ayer vi To the Wonder, que, me temo, está muy por debajo de sus grandes películas. Aunque muy por encima de lo que veremos si entramos al azar en una sala de cine). Por su poderosa estética (en el cine, sólo el Ford de Centauros del Desierto ha fotografiado así América), pero, sobre todo, por los interrogantes que abre.
No hay respuestas en el cine de Malick, sólo preguntas, las más importantes, que a veces olvidamos: ¿qué hacemos aquí, en este mundo? ¿qué sentido tiene todo esto? ¿qué hacemos con nuestras vidas? ¿cómo distinguir el bien? ¿hay un dios? ¿qué somos nosotros para él?
De Platón y Nietzsche

Releyendo mi último entrada, me doy cuenta de que no he dejado a Platón atrás. De ser así, no habría escrito “la Verdad”. No escribiría de ese mundo real, perfecto, que los comunes mortales no llegamos a ver.
¿Cuándo descubrí a Platón? De siempre diría. De niño me fascinaba la leyenda de la Atlántida, la vieja civilización inundada. El Reino Perdido, ¿no? El mito que siempre me ha acompañado. Leer en el instituto el mito de la caverna en un librito de los textos que podían caer en la selectividad, y al fin, en la Universidad, leer sus libros, caer rendido ante esa búsqueda, esa exigencia de la perfección. Me decían entonces que yo era platónico, y sabía que tenían razón. Fue un placer ver, en mis últimos años de carrera, que no estaba sólo, que ese vicio lo compartían muchos de los grandes. Recuerdo un ensayo de Heisenberg en el que postulaba que, tras sucesivas divisiones de la materia (moléculas, átomos, partículas elementales, los quarks que aún no se conocían…) lo que quedaría al final (¡al principio!) no sería materia como la que conocíamos, sino el ideal platónico de la materia, el verdadero componente del cosmos. Y al profesor Alberto Galindo, saltando de repente, en una clase de cosmología, a hablar de los pitagóricos, de los acordes, los significados de los números. No nos bastaba con este mundo de sudor, sangre, donde estábamos perdidos.
Este platonismo mío adolescente tenía, me temo, mucho que ver con la frustración, del no amar este mundo, esta vida. Probablemente leía más lo que deseaba leer que lo que estaba en el papel. Quizás ahora sea el momento de releer a Platón, e intentar leerlo con otra luz, fuera de la caverna en la que entonces estaba.
¿Y la referencia a Nietzsche del título? Porque esta mañana, leyendo el monográfico sobre Wagner del Babelia, me he acordado de mi otro amor filosófico adolescente. Nietzsche, al que quizás sí he dejado atrás. O al menos, a la interpretación que entonces tenía de él, ese “yo contra el mundo que no me comprende, contra las masas que no entienden el mundo, la vida”.
Me pregunto, ¿alguna vez leemos lo que los filósofos, lo que cualquier escritor, quería escribir, sin buscarnos a nosotros en el libro? ¿Somos capaces de leer las palabras, o tan sólo nuestro reflejo en ellas?
De aduanas y pasaportes
La vulgarité, la modernité de la douane et du passeport contrastaient avec l’orage, la porte gothique, le son du cor et le bruit du torrent
Chateaubriand, Memorias de Ultratumba, describiendo la dificultad de su llegada a Württemberg.
Ahora, más de siglo y medio después, aduanas, pasaportes, permisos de trabajo, siguen siendo terriblemente vulgares, y es muy fácil olvidar que, aunque quizás ya no sean modernos, no han estado ahí siempre.
Uno de mis sueños es ver su final, junto el de esa otra aberración moderna y vulgar que comenzaba a popularizarse en los mismos años en que a Chateaubriand le entorpecían el paso en su viaje a Württemberg, que es el estado nación.
Hace casi dos mil años escribía Marco Aurelio: Mi ciudad y mi patria, en tanto que antonino, es Roma, pero en tanto que hombre, es el mundo. En consecuencia, lo que beneficia a estas ciudades es mi único bien. Ni vulgar, ni moderno.
Whoso would be a man must be a nonconformist. He who would gather immortal palms must not be hindered by the name of goodness, but must explore if it be goodness. Nothing is at last sacred but the integrity of your own mind. Absolve you to yourself, and you shall have the suffrage of the world. Ralph Waldo Emerson, Self Reliance
Elogio de la muerte
En los últimos tiempos se tambalea dentro de mí una de mis creencias más firmes, antiguas e inamovibles: la feroz oposición a la pena de muerte.
Hay un argumento indiscutible en contra de esta condena: la posibilidad de condenar un inocente. No es esta una condena que permita reparar los errores cometidos. Y, desde luego, en eso sigo estando de acuerdo, es mejor absolver a mil culpables que condenar a un inocente.
Pero ¿y si tuviéramos la certeza de la culpabilidad? Hasta ahora siempre había creído que la vida era demasiado sagrada, que no teníamos ningún derecho a segarla, que matar nos ponía a la altura de los asesinos. Esto último lo sigo creyendo: si matas a alguien en castigo, en venganza, no eres mejor que él. De ahí salen espirales de violencia interminables, como la que condenó a tantas generaciones de átridas. Pero ¿es eso lo opuesto a la justicia? ¿es lo justo lo mismo que lo bueno? ¿y si lo justo fuera la muerte, aunque generase más muerte, aunque nos corrompiera, nos hiciera malditos para siempre? ¿Y si nuestra obligación fuese matar al culpable, pese a las funestas consecuencias?
Y ¿no merecen muchos morir? Quienes destruyen la vida de otros por diversión, quienes destruyen el planeta, las vidas de generaciones enteras de millones, de miles de millones, por codicia. ¿No son claros culpables? ¿No deberíamos haber decapitado a los amos de Lehmann, y a tantos otros? No hablo del adolescente marginal, envuelto en la miseria, la marginación y la violencia desde la infancia. Hablo de hombres educados, inteligentes, que conscientemente destruyen las vidas de media humanidad para acrecentar sus privilegios. ¿No deberían ser castigados, realmente castigados, como en otros tiempos se hacía? ¿No sería mejor el mundo si hubiéramos matado a sus padres, sus abuelos, en su momento, la mayoría tan culpables como ellos?
Siempre pensé que uno de los muchos horrores de los romanos (mis modelos en tantas cosas) era el poco valor que daban a la vida, la facilidad con que mataban, con que diezmaban poblaciones enteras en venganza, con que ellos mismos terminaban con su propia vida (la proporción de romanos ilustres que se suicidaron es asombrosa si la comparamos con las actuales). Pero ¿y si fuéramos nosotros los equivocados? ¿y si realmente damos demasiado valor a la vida, consideramos inviolable algo que no lo es?
Son sólo dudas. Y ante la duda, está claro, no debes matar. Y quizás pronto lea este escrito y lo considere bárbaro y solamente fruto de los tiempos duros que nos tocan vivir. Pero la duda está ahí, por primera vez en mi vida.
No todo vale
¡Cuidado! No te conviertas en un César, no te tiñas siquiera, porque suele ocurrir. Mantente, por tanto, sencillo, bueno, puro, respetable, sin arrogancia, amigo de lo justo, piadoso, benévolo, afable, firme en el cumplimiento del deber. Lucha por conservarte tal cual la filosofía ha querido hacerte. Respeta a los dioses, ayuda a salvar a los hombres. Breve es la vida.
Marco Aurelio, Meditaciones
En el amor y en la guerra todo vale, nos dice uno de esos proverbios populares que la gente repite sin darse cuenta de lo que realmente significan.
Uno de los lentos avances que la Humanidad va haciendo es darse cuenta de que en la guerra no todo vale. Gracias a eso tenemos la Convención de Ginebra, el haber sobrevivido a la Guerra Fría sin un apocalipsis nuclear, el horror que sentimos ante matanzas de civiles, o ante ciertas armas (armas químicas, minas antipersona…).
Pero incluso antes de estos progresos se sabía que no todo vale en la guerra. Se valoraba el honor, el respetar a tus enemigos, la caballerosidad. Nunca ha valido todo. Un vencedor noble, magnánimo, siempre ha sido más respetado que uno cruel y vengativo.
¿Y en nuestra vida de cada día? ¿En el amor, en el trabajo, en salir a comprar el pan, o a montar en bici?
La crisis del 2008, que tanto dolor está causando, está provocada en gran parte por la idea de que en los negocios vale todo. Vivimos en una sociedad en que se asume que el político miente a veces, por el bien común, para triunfar en los negocios hay, casi sin excepción, que ser un depredador sin escrúpulos, y estos son admirados y tomados como un ejemplo a seguir (No se hace una tortilla sin romper unos cuantos huevos, otra de esos dichos desgraciados); el seductor exitoso, otro modelo de admiración, es invariablemente un mentiroso egoísta; a quien defrauda impuestos se le considera un tío listo.
¿Y el honor? ¿El luchar por ser sincero, por comportarse decentemente en cualquier situación?
Quien no se comporta con honor en su vida diaria, quien cree en el todo vale, es pura y simplemente malvado. La misma gente que es capaz de actuar con ese egoísmo descarnado en los negocios o el amor son los que, de estar en la situación correspondiente, te degollarían en mitad de la noche para robarte las botas, los que lanzarían bombas sobre hospitales, los que abrirían campos de exterminio para librarse de la gente que estorba. Porque todo vale. Simplemente es dar un pasito tras otro, poco a poco.
Sólo el ser realmente férreos en nuestros principios nos puede salvar de la barbarie.