Famous Blue Raincoat

La meditación no es lo que piensas. Te sientas en absoluto silencio y tu mente empieza a repasar todas tus películas. Durante ese proceso, te vuelves tan familiar con los guiones que mantienes en tu vida que acabas hartándote de ellos. Entonces comprendes que la persona que crees que eres no es más que un complicado guión en el que gastas la mayor parte de tu energía. Tras un examen más minucioso, descubres que tu personalidad te asquea. Y eso es porque en realidad no eres tú. Si te sientes lo suficientemente aterrado por esa personalidad, espontáneamente permites que se desvanezca. Y entonces, si tienes suerte, puedes experimentarte a ti mismo sin la distorsión de esa personalidad.

Leonard Cohen (entrevistado por Alberto Manzano), citado aquí.

El pasado sábado, Cohen me conmovió hasta la médula con su humildad, su inmensa profesionalidad, su entrega, su sorprendente (para mí) cercanía con el público. No sabemos si volveremos, dijo, así que os daremos todo lo que tenemos. Así querría vivir yo.

Y desde hace días se ha pegado a mí una de sus canciones, “Famous Blue Raincoat”. Sucede a veces, que encuentras una canción que sientes que te representa, a ti, o a tu visión del mundo. A veces es la letra, la melodía, el haberla escuchado en el lugar adecuado en el momento adecuado.
En este caso, creo que es simplemente porque también yo tengo un famous blue raincoat, que me acompaña desde hace ya cinco inviernos. Todos los años deseo que llegue el frío para sacarlo de su percha para poder volver a ponérmelo. Cuando pienso en mí, cuando me represento mentalmente, siempre es caminando en el frío, con mi viejo abrigo azul.

Las Ciudades Continuas

Tuve que ir hoy hasta Las Rozas, para hacer un examen, y, como siempre que me aventuro a la periferia, esa pesadilla de urbanizaciones, autopistas, polígonos empreseariales y centros comerciales, como siempre que percibo la inmensidad de Madrid, me acuerdo de Las Ciudades Invisibles de Calvino.

Para hablarte de Pentesilea tendría que empezar por describirte la entrada en la ciudad. Tu imaginas, claro, que ves alzarse de la llanura polvorienta un cerco de murallas, que te aproximas paso a paso a la puerta, vigilada por aduaneros que echan miradas desconfiadas y torcidas a tus bártulos. Hasta que no has llegado allí, estás afuera; pasas debajo de una arquivolta y te encuentras dentro de la ciudad; su espesor compacto te circunda; tallado en su piedra hay un dibujo que se te revelaría si sigues su trazado todo en espigas.
Si crees esto, te equivocas: en Pentesilea es distinto. Hace horas que avanzas y no ves claro si estás ya en medio de la ciudad o todavía afuera.
Como un lago de orillas bajas que se pierde en aguazales, así Pentesilea se expande durante millas en torno a una sopa de ciudad diluida en la llanura:
conventillos pálidos que se dan la espalda en prados híspidos, entre empalizadas de tablas y techos de zinc. Cada tanto en los bordes del camino un espesarse de construcciones de magras fachadas, altas altas o bajas bajas como un peine desdentado, parece indicar que de allí en adelante las mallas de la ciudad se estrechan. Pero prosigues y encuentras otros terrenos baldíos, después un suburbio oxidado de oficinas y depósitos, un cementerio, una feria con sus carruseles, un matadero, te internas por una calle de tiendas macilentas que se pierde entre manchones de campo despeluzado.
Las gentes que uno encuentra, si les preguntas:
—¿Para Pentesilea? —Hacen un gesto circular que no sabes si quiere decir: “Aquí”, o bien: “Más allá”, o “Doblando”, o si no: “Del lado opuesto”.
—La ciudad— insistes en preguntar.
—Nosotros venimos a trabajar aquí por las mañanas— te responden algunos, y otros—: Nosotros volvemos aquí a dormir.
—¿Pero la ciudad donde se vive? —preguntas.
—Ha de ser— dicen por allá— y algunos alzan el brazo oblicuamente hacia una concreción de poliedros opacos, en el horizonte, mientras otros indican a tus espaldas el espectro de otras cúspides.
—¿Entonces la he pasado sin darme cuenta? —No, prueba a seguir adelante. Así continuas, pasando de una periferia a otra, y llega la hora de marcharse de
Pentesilea. Preguntas por la calle para salir de la ciudad, recorres el desgranarse de los suburbios desparramados como un pigmento lechoso; llega la noche; se iluminan las ventanas ya más escasas ya más numerosas.
Si escondida en alguna bolsa o arruga de este mellado distrito existe una Pentesilea reconocible y digna de que la recuerde quien haya estado en ella, o bien si Pentesilea es sólo periferia de sí misma y tiene su centro en cualquier lugar, he renunciado a entenderlo. La pregunta que ahora comienza a rodar en tu cabeza es más angustiosa: fuera de Pentesilea, ¿existe un fuera? ¿O por más que te alejes de la ciudad no haces sino pasar de un limbo a otro y no consigues salir de ella?

El terror ante el hormiguero que son estas inmensas metrópolis en que vivimos. El terror, tal vez, a ser una hormiga.

Las Erinias

The Kindly Ones

La ilustración que acompaña a este escrito es de Marc Hempel, deThe Kindly Ones, donde Neil Gaiman, entonces en la cima de su talento, narra como las Erinias persiguen a Morfeo, al Señor de los Sueños, el protagonista de toda su serie.

Una de las muchas lecturas de Sandman, una de las obras más monumentales de la historia del comic, es verla como una narración de una trampa que Morfeo, poco a poco, va tendiéndose a sí mismo, enredándose a sí mismo en los hilos de la culpa por actos cometidos milenios atrás, hasta quedar del todo atrapado, hasta su persecución final por las Erinias, las diosas encargadas de castigar a los parricidas y perjuros. En la tradición griega no se castigaba a estos criminales porque eran estas terribles diosas las encargadas de hacerlo. Las Erinias eran la representación de los remordimientos, de la culpa que uno siente ante las transgresiones.

En Los Mitos Griegos, que ahora releo, Graves las describe como viejas, con serpientes por cabellera, cabezas de perro, cuerpos negros como el carbón, alas de murciélago y ojos inyectados en sangre. Llevan en las manos azotes tachonados con bronce y sus víctimas mueren atormentadas. Es imprudente mencionarlas por su nombre en la conversación; de aquí que se las llame habitualmente Euménides, que significa “las bondadosas”

Algunos arrastramos nuestra culpa durante años y años, alimentándola con cada una de nuestras infracciones, reales o imaginadas, haciéndola más y más grande, invocando sin darnos cuenta a esas terribles diosas.

Hace algo más de dos años me encontré con ellas en Londres, en la Tate Gallery, y sólo ahora comienzo a entender qué sucedió, como le otorgué un poder a toda esa culpabilidad que sólo ahora comienzo a encarar de verdad, intentando verlas en su aspecto benévolo, las Euménides, el que los atenienses les dieron cuando perdonaron a Orestes.