El error de Madrid

Si quieres conservar tus reinos deja la capital en Toledo, si quieres aumentarlos, llévala a Lisboa, y si quieres perderlos, trasládala a Madrid

Se dice que Carlos I le dio este consejo a su hijo, Felipe II, en una visita que este le hizo en su retiro de Yuste. La historia posterior la conocemos todos: Felipe eligió Madrid como su corte, un lugar con poca historia, y poco presente. Se dice que fue para estar lejos de los otros poderes del reino, pues Madrid no tenía ni obispado ni nobles poderosos, o incluso para complacer a su esposa, Isabel de Valois, que detestaba Toledo. En cualquier caso la capital del imperio más poderoso del mundo quedó establecida en un pueblo escondido, mediocre.

En 1601, Felipe III trasladó la corte a Valladolid, pero el cambio duró poco: en 1606 regresaba a Madrid. ¿La razón? Intereses inmobiliarios de su valido, el Duque de Lerma, que había comprado muchas propiedades en Madrid (iniciándose así una de las más arraigadas tradiciones madrileñas), y que ganó muchísimo dinero con el traslado, junto con el propio rey (se dice que el traslado inicial era una maniobra para permitirles comprar barato propiedades que se encarecerían muchísimo con el regreso de la Corte). 

Y aquí quedó la capital, en el feo Madrid, en esta villa sin historia. Y, como Carlos I predijo, inmediatamente comenzó la decadencia de España. Así, Madrid nunca pudo dejar de ser el lugar cutre, pobre, que era. Nunca hubo dinero para convertirla en una capital monumental, en el centro de un imperio, como París o Londres. Muy ocupados estábamos además con nuestras guerras civiles, pronunciamientos y demás.

Así, uno pasea ahora por una capital que poco tiene que ver con las del resto de Europa. Sin el legado imperial de París o Londres o Viena, sin el terrible peso de la historia de Berlín,  sin bellísima gloria milenaria de Roma o Atenas. Madrid se queda simplemente como un pueblo que se ha excedido de sus límites, cutre, triste, un lugar para negocios sucios, para pronunciamientos más que revoluciones, una especie de salita de estar sobredimensionada, ni bella, ni majestuosa, ni acogedora, donde apenas se salva el Palacio Real, el Paseo del Prado, los tejados de la Gran Vía.

Probablemente si Felipe II no hubiera sido tan pueblerino (todo su reinado lo fue, toda esa perversa obsesión por la pureza religiosa y racia, que tanto daño hizo a toda España, a toda Europa), y hubiera establecido la capital en Lisboa, tendríamos un país mejor, una Iberia todavía unida. Quizás el poder ver el horizonte hubiera hecho a nuestros gobernantes menos cerrados, y el resto del país los hubiera seguido. Quizás Spinoza no hubiera tenido que ser holandés. Quizás hubiéramos tenido una Ilustración de verdad, una revolución, el país moderno que ahora nos falta, una capital de la que uno no tuviera que sentirse avergonzado.

Quizás no, claro. Quizás las revueltas de 1640 hubieran sucedido de todas formas, y esta vez hubiera sido Cataluña quien consiguiera la independencia. Quizás el terremoto de 1755 hubiera hecho suficiente daño como para destruir el país, o sumirlo en las tinieblas en que ahora nos encontramos.

Pero uno puede soñar, ¿no? Con el país que pudo ser y que ya nunca será. O, mejor aún, con el país nuevo que podría ser, si algún día nos olvidamos de esa estupidez de España y Portugal, recordamos que para nuestros padres romanos no existía ninguna diferencia entre ambas, y recuperamos el camino perdido, con un único estado, con capital en Lisboa, Barcelona, Sevilla, o cualquier otro lugar realmente adecuado.

Atlantis Púnica

Roma tenía suspendida sobre la cabeza de Cartago la declaración de guerra, como la espada de Damocles; y en la situación presente, en cuanto se viniese a las manos, la lucha sólo podía terminar con la completa destrucción del Imperio fenicio en la Libia. Desesperando por la salvación de la patria, algunos cartagineses aconsejaron emigrar a las islas del Atlántico.

Theodor Mommsen, Historia de Roma

El Océano Atlántico

¿Y si lo hubieran hecho? ¿Y si, en lugar de intentar plantar frente a Roma desde Cartago, hubieran trasladado su capital a las islas Canarias, o a Madeira? No hubiera sido disparatado: eran un pueblo de navegantes (sus rutas comerciales llegaban hasta Inglaterra y Senegal, y habían sido sus antepasados los primeros en circunnavegar África, quinientos años atrás), de comerciantes, y tampoco la costa africana era su tierra natal. Perfectamente podían haber continuado su viaje hacia el oeste y fundar una nueva gran ciudad fenicia en Gran Canaria o Tenerife, y, desde allí, fundar colonias en la costa africana, como hicieron en el Mediterraneo.

¿Les habría dejado Roma en paz? Al principio sí, sin duda. La República era aún débil, todavía afianzando su dominio en Italia, y con la amenaza macedonia sobre ellos. Pero quizás a la larga habría habido una gran guerra. Roma llegó a veces a lugares aparentemente fuera de su esfera de influencia con el ímpetu de las guerras contra sus enemigos, así es como fue a Asia en sus guerras contra los reinos helenísticos. Quizás finalmente Roma hubiera destruido Cartago, y el Imperio Romano se habría extendido hasta Dakar. Y además de Bizancio habría habido un tercer imperio romano medieval, el africano, hasta que la invasión árabe hubiera terminado con él.

Pero quizás no. Los romanos, pese a su impresionante armada, nunca fueron grandes navegantes, ni tuvieron el aprecio al mar de griegos o fenicios. Tal vez no quisieran, o no pudieran enviar su tropa más allá de las Columnas de Hércules, y la Cartago Atlántica prosperara, creando un imperio en la costa africana. No tengo ninguna duda de que habrían descubierto (si es que no lo hicieron en nuestra línea temporal: Diodoro Sículo habla de una gran y fértil isla en el Atlántico, Plutarco del continente Cronio en el otro extremo del océano, colonizado por griegos, y tan grande que Europa era una isla en comparación, y un Pseudo Aristóteles menciona las tierras secretas de los cartagineses al otro lado del Atléntico) y colonizado América.
Para cuando Castilla y Portugal fueran capaces de llevar sus intereses hacia el océano ya habría una poderosa nación allí (¿todavía adorando a sus dioses originales, o habrían sido también barridos por la ola monoteísta y convertidos al cristianismo o el islam?), y sus imperios coloniales habrían sido imposibles.

Si sus costumbres no cambiaran demasiado, los cartagineses no habrían conquistado el interior. Se habrían conformado con fundar colonias comerciales en la costa y, a los sumo, convertir en tributarias a las naciones locales. Habría sido imposible evitar que la tecnología occidental no se expandiese, al menos en parte, a los pueblos americanos. Quizás así su trágico destino a menos de los europeos podría haber sido evitado.

Quizás en nuestro siglo XXI toda la costa del atlántico hablaría fenicio y adoraría a Tanit y Bhaal. Quizás las naciones americanas nunca habrían sido exterminadas. Una huida hacia adelante de los cartagineses, y toda nuestra historia hubiera sido diferente.

Nunca fue así. Los cartagineses no huyeron. Los Barca crearon un imperio en la Península Ibérica, atacaron a Roma, y desaparecieron de la Historia.

En estos días he leído de una Al-Andalus que nunca exitió, de su pérdida. Otra Atlántida hundida.

Y de viajes iniciáticos.

Y quizás mis siguientes lecturas sigan por ese camino.
En un momento en que no anhelo, no necesito ir a nungún lugar. En un momento en que estoy donde deseo estar.