Dos pequeños interludios

Pensaba en lo injusto de los salarios. En que si los sueldos se distribuyeran de acuerdo a lo que se aporta a la sociedad, todo el mundo querría ser maestro, o jardinero, o artista, o basurero, y sólo quienes no tuvieran otra posibilidad se dedicarían a las finanzas.

Vi por la calle a una anciana china, con los brazos metidos en las mangas opuestas, en la postura tradicional de su pueblo. Imaginé cuánto habría vivido esa señora: la invasión japonesa, la guerra civil, la revolución cultural. Y lo extraño que era que en el siglo XXI paseara por las calles de Tetuán.

Dorothea Lange

Dorothea Lange (1895 – 1965) fue una fotógrafa estadounidense que dedicó su carrera a mostrar a los perdedores de la sociedad: primero a las víctimas de la Gran Depresión, trabajando para ese breve experimento socialista que fue la Farm Scurity Administration, y más adelante a los japoneses de Estados Unidos, llevados a campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial.

Madre Emigrante (1936) es su foto más famosa, el retrato de Florence Owens Thompson y sus hijos, unos de los muchos miles de emigrantes que tuvieron que dejar Oklahoma durante la Gran Depresión.

Niños jurando lealtad a la bandera americana en un colegio público de San Francisco, en abril de 1942. Muy poco después, los japoneses serían internados en campos de concentración hasta el fin de la guerra.

Más fotos de Dorothea Lange

Un poema de José Hierro. Un regalo.

BEETHOVEN ANTE EL TELEVISOR

El alemán de Bonn identificaba
todos los sones de la naturaleza:
el del mar, el del rio, el del viento y la lluvia,
el canto del ruiseñor, el de la oropéndula, el del cuco.
Un dia, cantó un ave, y él no oía su canto:
fue la primera señal de alarma.
Luego avanzó implacable la sordera
hasta desembocar en la noche de los sonidos.
Compuso, desde entonces, imaginándolos.
Nunca pudo escuchar su misa en Re,
sus últimos cuartetos, su última sinfonia.

Luis van Beethoven murió en mil ochocientos veintisiete
(es lo que piensan los desinformados),
pero yo lo he visto en el Lincoln Center.
Fue en los años noventa. Ocupábamos
asientos contiguos. Yo lo reconocí
por su expresión huraña y tierna y feroz.
Y también por el desaliño de que nos hablan sus biógrafos.
Escribí en mi programa estas palabras:
“Excelente concierto”. Y él asintió:
“No se moleste en escribir, oigo perfectamente”.

Después en el descanso, hablamos de música,
(sin duda se dio cuenta
de que acababa de reconocerlo.)
Avisaron que había que volver
a la sala para escuchar el plato fuerte,
la Novena. Pero él, van Beethoven,
dio media vuelta, y se marchaba.
“Pero, ¿precisamente ahora?” le pregunté.
“Yo regreso al hotel. voy a escuchar
la Novena Sinfonía en el televisor,
la transmiten en directo”, contestó.
“¿Me permite que le acompañe?”, dije.
Y se encogió de hombros.

Pues aquí acaba todo.
Nos sentamos ante el televisor.
Escuchamos el golpe de la batuta
sobre el atril. Silencio. Y la orquesta rugió.
Entonces, Ludwing van Beethoven
se levantó y apagó el sonido.
Ahora sí que el silencio era absoluto.

Canturreaba a veces, levantaba la mano
para indicar la entrada a los timbales
en el Scherzo. Lloró con el adagio,
anardeció cuando cantaba el coro
las palabras de Schiller.

Yo nunca podré oír, nadie podrá,
lo que él oía. Finalizó el concierto.
Fue entonces cuando se levantó,
y se acercó al televisor,
recuperó el sonido.
Las cámaras enfocaban ahora
al público enardecido.
Van Beethoven oía, en mil novecientos noventa,
los aplausos que no podía oir en Viena,
en mil ochocientos veinticuatro.

José Hierro. Cuadernos de Nueva York.

Noventas

Me sentí mayor cuando contaba a la compañera de piso de E. como, a mediados de los 90, cuando Kurt murió, todo cambió de repente, y comenzamos a escuchar a Elastica, a Oasis, Blur, a los Smashing Pumpkins.

Por la tarde, nostálgico de esa década, me compré un par de cd’s de Cranberries.

Explosiones

Y poco después de que mis pensamientos se volvieran hacia Oppenheimer, durante la comida, sin que yo tuviera nada que ver con ello, surgió el tema de las bombas nucleares. El mismo Oppenheimer apareció en la charla, acompañado de otros grandes.

Sincronicidad.

(Físicos hablando en público de armas nucleares. Siempre es algo ligeramente vergonzante, pues no podemos evitar cierta emoción, nostalgia de épocas legendarias, admiración…)