Y salí de la cama, regresé al mundo, a nuestras tardes en Lavapiés, a ese peligroso bosque de palabras que es Rayuela.

(Y también regresé a esta estúpida oficina, a estas ocho horas que se esfuman todos los días)

Salvaciones

Hace un año, habría entrado sin remedio en una de mis crisis de pensamiento obsesivo, me habría perdido en ese laberinto de conjeturas, proposionciones, interpretaciones, refutaciones. Las palabras de Morelli, las obsesivas reflexiones de Oliveira (Se puede matar todo menos la nostalgia del reino… lo que pasaa es que me obstino en la inaudita idea de que el hombre ha sido creado para otra cosa… En una palabra, le revienta la circunstancia. Más brevemente, le duele el mundo) se habrían metido en mi mente, como hormiguitas, como un virus, ocupando cada vez más y más espacio…

Sé que habría pasado. No sería la primera vez. Y, cuando leí el capítulo 71 sentí ese vértigo, ese terror que anunciaba el extravío, el principio del bosque…

Pero también supe que en realidad no tenía que tener miedo. También eso podía ser una explicación. Puedo mirar al bosque a lo lejos, sin temor, sin peligro.

Desde su cama, me leyó poemas de Cernuda.

Felicidad que acalla, anula, la nostalgia, la necesidad del Reino.

Y yo, sigo leyendo:



Etienne y Perico discutían una posible explicación del mundo por la pintura y la palabra. Aburrido, Oliveira pasó el brazo por la cintura de la Maga. También eso podía ser una explicación

de Rayuela, cap 9, de Julio Cortázar