De políticos profesionales

A veces habla mi jefe con orgullo de la profesión de Rajoy como registrador de la propiedad, de su grandísimo curriculum y como esto le convierte en alguien ideal para gobernar el país. Dejando aparte lo gris que me parecería ese mundo gobernado por registradores de la propiedad, Rajoy apenas sí ha ejercido esa profesión. Aprobó las oposiciones a los 24 años (la persona más joven en conseguirlo, lo cual no cabe duda que es un gran mérito) para pasar a los 26 a ser diputado autonómico en Galicia, y dedicarse a la política desde entonces. El curriculum de Zapatero no es muy diferente: profesor ayudante en la Universidad de León durante tres años, para después ser elegido diputado y ejercer como político profesional desde entonces.

¿Es positivo tener estos gobernantes profesionales? ¿No los aleja esto de la sociedad a la que han de dirigir? Hay, claro, un elemento a favor: la experiencia. Igual que uno espera que el albañil que construye su casa o el médico que le va a curar sean profesionales y tengan experiencia en su trabajo, puede exigirlo de sus gobernantes.
Pero la democracia, pese a que a menudo se nos olvide, no se trata de que el pueblo elija a sus gobernantes, sino que es el pueblo quien gobierna. Y eso no sucede. Sin entrar en el poder que tienen las grandes corporaciones y los organismos económicos internacionales que las defienden, somos gobernados por una casta política con muy poca movilidad, que entran de muy jóvenes en el partido de su elección y no se dedican a nada salvo a la política hasta su dorado retiro. La indignación de muchos en esta maquinarias de partidos ante la propuesta de que haya primarias en la izquierda madrileña es una muestra más de hasta que punto esta casta política considera el gobernar al pueblo su coto privado, su derecho de por vida, concediéndonos simplemente el derecho a examinarles una vez cada cuatro años, y la obligación de callar el resto del tiempo.

Creo que debería existir un límite al tiempo que alguien puede ocupar cargos públicos, limitándolo quizás a la mitad de la vida adulta. Es decir, si alguien comienza a ocupar un cargo público a los dieciocho, podría terminar el mandato, a los veintidos, pero no podría volver a ocupar ningún cargo hasta que no acumulara otros cuatro años como ciudadano de a pie, a los veintiseis. Y si alguien ocupara su primer cargo a los cuarenta, tendría veintidos años para dedicarlos a la política, hasta los sesenta y dos.

Otra medida podría ser elegir algunos representantes (pongamos, quizás, un diez por ciento de cualquier cámara, sea un ayuntamiento o el parlamento) por sorteo. Así se hacía en la Atenas clásica. Aristóteles lo describió como gobernar y ser gobernado en turnos (Política 1317b28-30). Ciudadanos elegidos al azar, dando oportunidad al verdadero pueblo de tomar parte en las decisiones políticas, más allá de la maquinaria de partidos y la casta política.

Y una tercera medida, a la que deberíamos ir acercándonos ya, es la democracia elecrónica. Que los políticos nos representen, pero que sea el pueblo quien gobierne, quien vote por internet, participando de verdad en las decisiones, a la manera de las antiguas asambleas atenienses. Tiene, claro, sus defectos, y muchos. Pero también nuestro sistema actual, que no es una democracia, sino una mezcla politocracia y plutocracia.

De atún y mercenarios

Tuna_Sushi

En todo este tiempo que lleva secuestrado el Alakrana se ha hablado mucho de si la actuación del gobierno es correcta, de si está defendiendo bien las vidas de los tripulantes del barco, de si se debió a traer a España a los dos piratas capturados para juzgarlos aquí en lugar de retenerlos para negociar con ellos (quizás hubiera sido mejor, pero afortunadamente este es un país de derecho, y no se puede incumplir los dictados de un juez. Puede tener sus inconvenientes, pero nos hace más civilizados, y más seguros).

Pero la pregunta no debería ser si nuestros barcos están suficientemente bien protegidos en el Índico. La pregunta debería ser ¿qué hacen barcos españoles pescando en el Índico?
El atún rojo está casi extinto en el Mediterráneo y el Atlántico. Así que nuestros barcos, al no poder pescar más en lo que serían sus caladeros naturales por las cuotas, van a los caladeros somalíes, donde todavía es legal la pesca, quizás porque no hay un gobierno en Somalia que pueda defender sus aguas.

Aprovechando ese estado de anarquía, las aguas somalíes se llenan de piratas, que secuestran barcos pesqueros y cargueros (que muchas veces aprovechando la anarquía somalí vierten residuos tóxicos en estas aguas). ¿Nuestra respuesta? La de siempre: en vez de ir a las causas del problema, de aprovechar esta crisis para cambiar nuestro comportamiento y remediar nuestros errores, enviamos soldados para defender el expolio del océano. Pero el mar es demasiado grande para vigilarlo del todo, así que la única solución que se les ocurre a nuestros dirigentes es que haya personal militar en los barcos; pero, como nuestra ley (afortunadamente) lo prohibe, salen con una nueva solución, tan vieja como la civilización: ¡mercenarios!. Mercenarios que, de eso me he enterado hoy, serán en gran parte pagados con nuestros impuestos.

El concepto de los mercenarios puede tener un toque romántico cuando uno piensa en la Anábasis, o en los condottieros, como la tiene la de los piratas. Pero en la vida real es una idea repugnante, que sorprende que no esté absolutamente prohibida en un estado democrático. Ni los piratas somalíes son Jack Sparrow, ni los mercenarios que irán en los atuneros son Jenofonte.

Y yo lo que quiero es bajarme del barco, no tomar ninguna parte en esto. De momento, dejaré de comer atún (como ya llevo haciéndolo desde hace mucho con el emperador, otra especie en vías de extinción, y como en realidad debería hacer con toda el pescado y la carne). Y me replantearé mi voto en las próximas elecciones (cosa harto difícil… la que parece ser la única alternativa viable me aterró hace poco con declaraciones defendiendo la dictadura cubana)

Enlaces:
Sobrepesca
Piratas Somalíes: Hipocresía Internacional y un pretexto para la invasión militar e imperialismo económico

Discutir en Google Wave

La idea de Europa

Algo vital si queremos seguir adelante en la construcción de Europa es saber qué es. ¿Se trata simplemente de geografía, de cubrir desde el Algarve a Estambul, desde Islandia (¿o Groelandia?) hasta los Urales? ¿Y Chipre, o Rodas, son Europa?
¿O se trata de ese delirio que muchos defienden de la Europa cristiana? Con este criterio la que fue capital del Imperio Romano durante mil años, no sería europea.

Para mí Europa son las ruinas Imperio Romano, todavía calientes más de cinco siglos después de su caída definitiva. Cuando cayó el Imperio de Occidente, en el 1229 de la fundación de Roma, se entró en un estado de confusión que todavía dura. Poco más de tres siglos después, Carlomagno se proclamaba Imperator Romanum gubernans Imperium (que no Imperator Romanorum, para no ofender al emperador de Bizancio, cuyo título era Βασιλεύς των Ρωμαίων). Desde entonces hubo emperadores en Occidente hasta la época Napoleónica. También Napoléon se proclamó emperador, aunque se conformó con un modesto emperador de los franceses. Después, los emperadores alemanes se llamarían Kaiser, César.
En oriente, el Imperio duró mil años más, hasta que Bizancio cayó en poder de los Otomanos. Aunque también podemos considerar que duró cinco siglos más: el sultón otomano tomó el título de “Emperador de Roma”, por lo que el Imperio habría durado hasta el 2676 de la fundación de Roma.

La actual Unión Europa no es más que un intento inconsciente más de recuperar nuestra patria perdida, nuestra Roma. Por eso me parecen ridículos y erroneos los intentos de dejar fuera a Turquía. Y no sólo Turquía: Líbano, Israel, incluso Egipto o Marruecos tienen mucho más que ver con la la identidad europea real que Ucrania o Bielorrusia.