Meditaciones

No vivas como si fueras a vivir diez mil años. Tu destino está pendiendo. Mientras estés vivo, mientras es posible, hazte bueno.

de Marco Aurelio, Meditaciones

Desde que leí las Meditaciones me he sentido limpio, capaz de conseguir, o esforzarme realmente, por esa vida recta, sencilla, verdadera, de la que el emperador habla. Con esa certeza de que mi rectitud sólo depende de mí.

Creo que, por primera vez, un filósofo me ha enseñado algo sobre cómo vivir, y Marco Aurelio, con esa sencillez, con esa grandeza de espíritu, se ha convertido para mí en el mejor ejemplo de virtud, de qué significa realmente καλὸς κἀγαθός.

Marco Aurelio

Bacon y las Eumenides

Jung escribió sobre el poder que los viejos dioses tienen sobre nosotros, de cómo residen en nuestro subconsciente, de cómo aparecen en nuestros sueños.

También lo entendió Robert Graves, de quien en estos días leo su “Rey Jesús”, con su obsesión por su Diosa Blanca, con verla detrás de todos los mitos, de todas las viejas tradiciones humanas.

El domingo, en la Tate Gallery, comprobé con horror como también Francis Bacon lo había entendido. El cuadro se titula “Three Studies for Figures at the Base of a Crucifixion”, pero, cuando conseguí liberarme de la fascinación y repugnancia que me poseía, leí en la descripción que a quien Bacon había querido pintar en la base de la cruz era a las Eumenides, las diosas de la justicia, la venganza, la culpa. La Triple Diosa en la más terrible de sus formas.

Three Studies for Figures at the Base of a Crucifixion

Me senté frente a ellas y las contemplé, horrorizado, durante no sé cuánto tiempo, hasta sentirme enfermo.

Un sueño

Tuve, tras meses, otro sueño. Un sueño sencillo, sobre tomar el tranvía equivocado, pero un sueño a fin de cuentas. Y eso me llena de esperanza, me ayuda a pensar que todo saldrá bien.

Sin sueños

Dreams are windows to the spirit world… That’s what our ancestors believed. A world from which everybody comes… and to which everybody must one day return.

de Bone, de Jeff Smith

En el pasado, soñaba.

Tenía sueños larguísimos, complejos, historias enteras que sucedían mientras dormía, tenía lugares a los que iba repetidamente a soñar (ese pueblo cerca del mar, con el acantilado, el templo en ruinas, la librería), llenos de símbolos (el manzano, la estatua de César…) cuya importancia era imposible ignorar, auque se me escapara su significado.

¿A dónde fue todo eso? Porque hace ya mucho que no sueño, o al menos, que no lo recuerdo. Las noches ahora son de insomnio, de dar vueltas en la cama y despertar cada poco, creyendo que ya es de día, sin saber muy bien si has dormido algo o no. O, en el mejor de los casos, de vacío, de estar horas ausente, como muerto, para luego despertar cansado por la mañana.

Ojalá pudiera soñar de nuevo, volver a ver ese acantilado, el templo sobre la colina.

Escribir (otra vez)

Escuchar a Beethoven, intentar escribir, mirar el cielo (todavía me resulta tan extraño poder ver el cielo desde donde vivo)… La tarde transcurre lenta y solitaria.
Supongo que vendrán muchas como esta.

Contemplas tu palabra escrita sobre la pantalla, y así sabes que, dos minutos atrás, aún vivías.