Interludio: De los dioses

Per Deum intelligo ens absolute infinitum, hoc est, substantiam constantem infinitis attributis, quorum unumquodque aeternam, et infinitam essentiam exprimit.

(Por Dios entiendo el ente absolutamente infinito, esto es, la sustancia que consta de infinitos atributos, cada uno de los cuales expresa una esencia eterna e infinita).

Baruch Spinoza, Ética Demostrada Según el Orden Geométrico

Años atrás habría dicho con seguridad que era ateo, o, en momentos de debilidad, agnóstico. Me sentía desde niño atraído por los viejos dioses griegos, en realidad por los viejos dioses en general, pero sobre todo por los griegos, y, en cierto modo, sentía que creía en ellos, pero no era sino una creencia estética.
El siguiente paso fue el reconocerles la existencia en nuestro interior, como parte de nuestro subconsciente. Leer a Jung y sus ejemplos de referencias mitológicas apareciendo en sueños de personas que no conocían los mitos reafirmó esa creencia en dioses como arquetipos en nuestro interior.

Un peldaño más: Después, sobre todo en los últimos meses, llegué a creer en la existencia de lo divino. De un algo (una substancia, una fuerza, una esencia) que llena el Universo, que está en todos nosotros. He llegado a creer en lo divino, lo sagrado. Ginsberg lo ha descrito perfectamente: Everything is holy! everybody’s holy! everywhere is holy! everyday is in eternity! Everyman’s an angel! .
Y tuve una experiencia mística en Delfos, donde sentí la inequívoca presencia de lo divino, me sentí tocado por ello. Y me eché a llorar en ese antiguo valle sagrado, frente a las ruinas del templo de Apolo, en un atardecer azul. ¿Cómo no creer?

¿Y los dioses? Creo en lo divino. No en un dios padre, arquitecto de universos, diseñador de vida, vigilante de las buenas costumbres, sino en lo sagrado, en la fuerza que nos da vida, que nos hace grandes, brillantes, maravillosos.
Y creo que la forma más correcta en que los humanos podemos acercarnos a esa divinidad es bajo la multiplicidad de aspectos, bajo los arquetipos que, desde nuestros orígenes, nos han ayudado a comprender ese aspecto sagrado del mundo. Creo que Dios es la luz y el sol y el mar y la nieve y la espera y las puertas y los caminos y el amor y la música y la sabiduría y la muerte y la noche y la locura y el río y el invierno y la cosecha y tú y yo y todo. Los antiguos, antes de la imposición de ese único dios que tan bien sirve a los poderosos, lo entendieron bien: cada aspecto de la realidad es divino, y merece, necesita su dios que nos ayude a acercarnos a él, a comprenderlo, a respetarlo, veneralo como merece.

-You don’t have to believe in God. But what about gods? Eh? The plurality of powers and dominions. The lords and ladies of field and thorn, of asphalt and sewers, gods of telephone and whore, gods of hospital and car-crash?
-This is crazy.
-There is a madness needed to touch the gods, yes, this is true. Few mortals possess it, the willingness to step away from the protection of sanity. To walk into the wild woods of madness.

Neil Gaiman, The Kindly Ones

La isla de la Luz

Vanía ya la Aurora de trono de oro cuando desperté en Mikonos, a un amanecer silencioso en la isla casi desierta. Caminé por las calles blancas hasta el puerto, desayuné en una terraza vacía, mirando el mar, y paseé por las calles blancas a la espera de poder comprar mi billete para Delos.

Ocho de la mañana en Mikonos. La isla comienza ahora a despertar.En una de las pocas calles donde parece que viven nativos, un fuerte olor a incienso. ¿Algún tipo de ofrenda?

Y me perdí, como hago siempre.

Mikonos es un laberinto. Calles blancas, todas iguales, serpenteantes, impidiéndote tomar la dirección que quieres. Y ni siquiera la referencia abajo-> puerto sirve: las calles suben y bajan a su antojo. Al final, logras llegar al mar, pero a un lugar completamente diferente del que querías.

A las diez abrían las oficinas del puerto, y fui de una a otra preguntando por los horarios de barcos a Delos, y a otros lugares.

Una pequeña decepción: no es posible pasar la noche en Delos, sólo estar un rato alli, un par de horas con otros turistas. Una pena, pero no importa demasiado.
Esta tarde creo que intentaré ir a otras islas.

Con mi billete para Delos, continué paseando por Mikonos.

Por la cantidad de hoteles, restaurantes, y, sobre todo, tiendas de marcas, se deduce que este sitio en verano debe ser un infierno. Pero ahora es encantador.

Finalmente, tomé un pequeño barco, con un pequeño grupo de turistas, que nos llevaría a Delos, al islote donde Apolo y Artemis nacieron, y comencé a caminar entre las ruinas. La luz en Delos es prodigiosa, divina. La luz lo llena todo, toda la isla brilla. Y, si comprendes donde estás, qué es ese sitio, tú también lo haces.

Aquí, en el santuario marino de Apolo Delio, realmente entiendo por qué era el dios de la luz.
Todo es tan brillante, tan luminoso. Apolo está aquí, llenándolo todo.

Me he apartado de los demás visitantes, para hacer el camino solo. Quizás me pierda alguna cosa, pero no me importa. Creo que lo que de verdad tenía que ver en esta isla era la Luz.

Delos es también la isla de los lagartos. Están por todas partes, grandes y pequeños, los ves todo el rato sobre las ruinas, los escuchas entre los matorrales.

He perdido mi boli (el segundo). [esta nota está escrita a lápiz]

Lleno de luz, regresé a Mikonos, y compré un billete para la primera isla, en el primer barco. Una parte de mí quería quedarse en esa bella isla, haraganeando por el puerto, bañándome en la playa, pero otra, la que venció, ansiaba que mi camino fuera lo más largo posible, necesitaba de nuevas islas en el viaje.

Cruzando el mar

Al mostrarse la Aurora temprana de dedos de rosa, desperté en Delfos a un nuevo día, el primero de una nueva vida. Con el pie lesionado, apenas podía caminar, así que renuncié a uno de los posibles planes que había hecho: seguir por la ruta A4, hacia el norte, y visitar la Gruta Coricia, lugar sagrado del Gran Dios Pan y las ninfas. Quizás fue lo mejor: este debía seguir siendo un viaje apolineo, y mi ruta seguiría en ese camino: visitaría Delos, el otro gran santuario de Apolo, el lugar donde el dios nació.

Dejando Delfos

En Delfos, bajo el sol (bajo Apolo) espero un autobús que parece no existir. No me importa, estoy en paz y mi larga lucha contra el mundo ha terminado. Dejémonos fluir con él. Lo que deba ser será, y será para bien.

El autobús llegó más de media hora tarde, pero poco importó. Monté en él, y comencé el camino de regreso a Atenas, para intentar tomar allí un barco que me llevara a Delos. Luego descubriría que era imposible ir directamente. Cuando decidí partir en este viaje no pensaba visitar ninguna isla, y mi guía sólo hablaba de la Grecia contimental. Todo lo que sabía de Delos era de hace dos mil años.
En el autobús, leía, escuchaba música, contemplaba el paisaje imaginando a centauros y lápitas persiguiéndose por los montes. Y pensaba.

La gran ventaja de los cristianos es la exclusividad. Te bautizaban y tenías la obligación de renunciar a tus dioses, a los dioses de tus padres, de tu tierra, de todo. ¿Cómo competir contra eso? Y los martirios y pesecuciones no hacían sino darles más fuerza, la sensación de que sufrían como su dios, que estaban en el buen camino. Y al final vencieron, y nos despojaron de nuestros dioses, nuestra identidad, nuestra cultura, de todo.

Otra ventaja: jerarquía, seguridad, orden, disciplina, eso que tanto necesitan los seres humanos. Frente a la caótica multiplicidad de los antiguos dioses, los cristianos vendían unas reglas claras, estrictas: “Haz esto y pasarás la eternidad en la Ciudad de Oro”.

Llegué a Atenas, y tomé el metro hasta el Pireo. La ciudad ya me resultaba familiar, como si llevara meses en ella. En El Pireo descubrí que no era posible llegar a Delos directamente, que debía tomar un barco a Mikonos, y, desde allí, confiar poder llegar a Delos al día siguiente. Compré mi billete a Mikonos a ciegas, sin saber nada de la isla salvo que era un paraíso del turismo gay, y que quizás desde ella llegaría al santuario de Apolo Delio.

Comienza ahora un loco viaje, buscando los orígenes de Apolo: Delos, su isla natal, ese islote todavía sin anclar que acogió a Leto y le dio la tranquilidad para parir a sus divinos hijos.
No sé si lo conseguiré. El Pireo es un caos, y mi barco, aún cuando consiga tomarlo, sólo lleva hasta Mikonos.
Y, de llegar allí, no sé si podré volver.
Tampoco importa demasiado.

Pero pude tomar el barco, tras horas de espera, tras vagar por el inmenso puerto (¿fue desde allí desde donde partió Teseo hacia Creta? Vi ruinas al otro lado de una autopista, pero era imposible acercarse).

Pese a todo (mi terquedad en ir andando en vez de tomar el autobús, mi pésimo sentido de la orientación, el caos intrínseco del Pireo) llegué al barco. Un barco enorme, el más grande que he tomado nunca. Cuando llegue, esta noche, tendré que averiguar cómo ir a Delos. O buscar un hotel. O las dos cosas, seguramente.

HIce el viaje a MIkonos en cubierta, solo, con el viento golpeándome, sentado en una silla de plástico junto a la borda, mirando el Mediterráneo, muerto de frío. Era maravilloso.

Esta ruta, hacia el este, siempre con la costa a la vista, es la misma que debieron tomar los aqueos hacia Troya.

Cruzo la cubierta hacia mi mochila, soportando el frío viento para beber agua.
¿De verdad es el mismo agua que cogí esta mañana en Delfos, en la fuente frente a la parada del autobús? Parece tan lejana… Los días están siendo tan plenos, tan intensos…
Estoy cumpliendo: mi camino a Ítaca esta siendo en verdad, largo.

“Surge una tierra sagrada en medio del mar [...]. La isla depara a los cansados la más placentera acogida en su puerto seguro. Tras desembarcar rendimos culto a la ciudad de Apolo”
Virgilio, Eneida (sobre Delos)
¿Lo conseguiré?

Llegué de noche a Mikonos, la primera de las islas en mi viaje.

Mikonos es como un laberinto, de callejuelas, escaliras, casitas. Al llegar al puerto una señora me ofrece una habitación por 30€, que aceptó. Me lleva en su coche, me dice dónde tomar mañana el barco a Delos,le pago y se marcha.
Otro de esos detalles de este viaje que hacen que me sienta realmente como un viajero, y no como un turista.

Mikonos, como todas las islas, es un lugar extraño. Pero, de toda la Grecia moderna, el único lugar agradable que he encontrado hasta ahora.
Mañana ya sé que es posible ir a Delos. No sé si podré hacer noche. Eso ya lo descubriré.

De noche, paseé por las callejuelas vacías, y cené en una terraza, en el puerto. En esos días, disfrutaba mucho de mis cenas solitarias, pensando, descansando, mirando el mar.

Ahora que estoy en islas es la figura de Odiseo quien se adueña del viaje, su rodeo de diez años al volver de la guerra, por estas islas mediterráneas. No puedo culparle, la verdad. Y ni siquiera hace falta Calipso para que desees perderte aquí.

Ante el Oráculo

Y llegué a Delfos, agotado, pero sintiéndome inmenso.

Pensaba descansar, y al día siguiente, por la mañana, ir al Oráculo. No sería así.
Encontré un hotel (un hotel precioso, donde me dieron una habitación desde cuyo balcón veía todo el camino que había hecho, desde el mar a Delfos), pedí los horarios de autobuses para ver a dónde me marchaba desde allí (a la recepcionista le encantó ese “No sé a dónde iré desde aquí”), y salí a tomar un café y comer un poco.

Y recuperé las fuerzas, y decidí ir a ver el Museo, que estaba cerrado. Y decidí ir al Oráculo. A ver el centro del mundo. A preguntar al dios de este sitio si lo estaba haciendo bien, si estaba en el buen camino.

Tuve la fortuna de visitar el oráculo en un bellísimo atardecer, y prácticamente solo (unos pocos grupos de turistas, siempre reducidos, algunos en solitario, como yo).

En el Templo de Apolo, en Delfos. El dios está aquí, en todo el valle, pero sobre todo aquí. Es el sol que ilumina el valle, que llena mi corazón ahora mismo. He hecho mi pregunta, y me ha dicho lo que ya sabía: que sí. Después rompí a llorar, todavía sintiendo la mano de Apolo sobre mí (ojalá que no vaya nunca).
Ya estaba hecho.

Ya estaba hecho. Esa era la sensación que me poseía en ese momento. El viaje había terminado. Ahora sí había crecido. En muchos aspectos, no he vuelto a ser la misma persona desde entonces. Lo notaba ya entonces, en mi corazón que reía, en las sonrisas que la gente me dedicaba. καλὸς κἀγαθός al fin, un poco, al menos.
Otra novedad: difícilmente podría volver a declararme ateo. El dios estaba ahí. Lo había sentido claramente. Si esa divinidad era una entidad exterior o un aspecto de nuestro subconsciente, ya no lo sé. Pero los dioses existen, ya no podía tener duda de ello.

Terminé mojándome las manos y el cabello en la fuente Castalia (seguramente debería haberlo hecho antes de ir a ver al dios). Realmente me siento nuevo, libre, grande, καλὸς κἀγαθός.
Ahora viene la parte más difícil, la labor de toda una vida: mantener esto, esta sensación, esta fuerza, incluso mejorarlo.
El santuario del dios es un lugar de poder, un catalizador, pero nada aquí que no este dentro de mí, dentro de todos nosotros.

No sé si fue por no purificarme antes de ir a su oráculo, pero el dios se cobró su precio: una lesión en el pie derecho, que todavía arrastro, más de un mes después de mi visita. Pero es un precio que pago gustoso.

¡El Centro del Mundo! ¡Estoy en el Centro del Mundo! ¡Aquí mataron Apolo y Artemis a Pitón! ¡Aquí se juntaron las águilas de Zeus! ¡Aquí llace enterrado Dionisos!

La tarde, hasta que se hizo la hora de cenar, la pasé paseando por el pueblo, ya cojeando, y pensando, sobre lo que habia visto, sentido. Y también sobre Grecia.
Aquí comenzaba la segunda etapa del viaje, con mi proyecto personal ya realizado, la dediqué en gran parte a pensar sobre religión e historia y la tierra donde me encontraba.

Los griegos son el pueblo más decadente que he conocido, más aún que los ingleses. Su momento pasó hace dos mil quinientos años, y eso se nota. ¿Lo saben ellos? Sí, creo que sí. Se lee en sus rostros de cansada resignación, sentados en la calle, esperando a esos bárbaros que nunca llegan.

El Loco pregunta al Oráculo

Subiendo escalones, rápido, a saltos, corriendo hacia la luz
(¿huyendo del dolor?)
Tanto, que da vértigo, miedo.
A menudo no sé dónde estoy, quién soy,
ni qué encontraré fuera de la caverna
(mas eso, ¿quién lo sabe?).

Pero pronto respiraré el aroma de los olivos
a la sombra del Parnaso
ascenderé por la Vía Sagrada
preguntaré al dios
(aún está allí, si lo buscas)
y quizás (¡quizás!)
conozca la paz.