When the Ship Comes In

Esta es la canción que más escucho en los últimos tiempos. La escribió Dylan en el 64, después de que, según Joan Baez, le negaran la entrada a un hotel por su aspecto desastrado. Parece que Dylan leía mucho a Brecht en esa época, y que la letra está muy influenciada por “Jenny la novia del Pirata”, una de las canciones de “La Ópera de los Tres Centavos” (otra obra basada en esta canción es Dogville, la película de Lars Von Trier, y también Alan Moore usó la imagen del Velero Negro en su Watchmen).
Pero mientras que la canción de Brecht habla de la miseria, la frustración y el deseo de venganza (Preguntándome / “¿Los matamos AHORA, o LUEGO?” / ¡Preguntándome A MÍ! / “¿Los matamos ahora, o luego?” / Mediodía en el reloj y el muelle tranquilo / Se oye una sirena a millas de distancia / Y en esa quietud mortal / Diré: “Ahora. / ¡Ahora!”), la de Dylan es una canción esperanzada, de un tiempo en que se miraba al futuro con ilusión, soñando con un mundo que iba a cambiar ya (y cambió, aunque no lo suficiente).

A song will lift
As the mainsail shifts
And the boat drifts on to the shoreline.
And the sun will respect
Every face on the deck,
The hour that the ship comes in.

Y yo llevo tantos años esperando ese barco que hará que todo vaya bien, que lo arreglará todo… Y el barco no llegaba. Y es ahora, muchos años después, mirando la costa, cuando me he dado cuenta de que no hay barco, de que debo construirlo yo, con mis manos. Y aún así, mientras talo árboles, mientras intento aprender a construir una balsa, sigo mirando el horizonte, todavía esperando.

De la rabia

La Templanza

Pensando sobre la rabia a partir de un intercambio de comentarios en un escrito en otro blog:

La rabia no es la solución, no es el camino para crear nada. La rabia puede servir como un punto de partida hacia una transformación, pero hemos de abandonarla enseguida si queremos que esa transformación sea positiva. La rabia puede servir para derrocar un tirano, pero si no la abandonamos, sólo nos sirve para cambiar ese tirano por un Robespierre o un Stalin. La rabia, que no es más que otra manifestación del miedo, nos desgasta, nos debilita, nos consume, nos impide crecer. El verdadero héroe no es Bruto, sino Gandhi. ¿Cómo vivir de verdad, consumido por mil miedos?

He recordado algo de lo que mis padres se quejaban mis padres en los últimos años de mi adolescencia. Decían que era imposible discutir conmigo, que cuando no estaba de acuerdo con algo no protestaba, no me quejaba, no discutía: simplemente hacía lo que quería. Quizás era algo que he olvidado, y que debería recuperar, y dejar que esa actitud de “hacer lo que quiera” domine mi vida.

(Y quizás no lo haya perdido del todo. El viernes pasado, un amigo, hablando con teléfono con su novia sobre qué hacer esa noche, dijo, refiriéndose a mí: como siempre, hará lo que le venga en gana)

Quizás si todos hiciésemos lo que nos viniera en gana, sin luchar, sin sufrir, sin dañar, todo sería mejor.

He recordado también algo que aprendí hace años, y que, sin olvidar, no he logrado aplicar a mi vida. Lo aprendí, como tantas cosas, leyendo. Un relato de ciencia-ficción: “Escuchando a Brahms”, de Suzy McKee Charnas:

Un apocalipsis destruye la Tierra, y sólo quedan un grupo de astronautas que son rescatados por extraterrestres reptilianos y llevados a su mundo. Los extraterrestres llevaban años enamorados de la Tierra por las señales de televisión que recibían, obsesionados por ella, imitando nuestra sociedad, nuestra cultura.
El protagonista lucha por aceptar su nueva situación, el fin del mundo, su soledad en su nuevo mundo alienígena, y el vivir rodeado de esa obsesión por imitar a la humanidad. Sufre al ver a los reptiles usar ropas humanas, incluso ponerse pelucas en su obsesión imitativa.
Al final del relato, acude a un concierto para cometer un asesinato. Varios de los astronautas supervivientes se dedicaron a la música, y, finalmente, forman un cuarteto de cuerda que también forman parte varios extraterrestres. El protagonista, ya completamente alienado, furioso, destrozado, considera ese grupo mixto como una traición, como una profanación del recuerdo de su Tierra muerta, y decide asesinar a sus compañeros.
Sentando ya en el teatro, mientras esperan a que comience, con la pistola preparada, escucha una conversación entre dos de asistentes, sentados a su lado. Uno de ellos ha perdido a su mujer, y habla de su pérdida, de su tristeza. Pero habla sin angustia, en paz, sin luchar consigo mismo. Y al final, cuando los músicos salen a la escena, dice:

-Escuchemos a Brahms.

Y el protagonista, entre lágrimas, deja de lado su pistola y escucha la música.

Pasión

Bach es diferente. Bach es la paz, la serenidad, la sensación de que hay en el Universo un orden superior, una finalidad, que no estamos solos. Bach es calidez, compasión, amor. Es esa sensación de que, al final, todo saldrá bien.
Nada de la violencia de Beethoven (“Así golpea el Destino a la puerta”, dijo sobre su Quinta Sinfonía) tiene sitio aquí. Es la victoria del Orden sobre el Caos, la perfección.

Escuchando la Pasión Según San Mateo, ¿cómo no creer en Dios, aunque sea por unos instantes? En algún dios. En Yahvé, o Apolo, o el dios panteísta de Einstein (creo en el Dios de Spinoza, decía), o en nosotros mismos como criaturas divinas, poseedoras de esos tesoros que son la vida, la consciencia.

Escucho a Bach, y, mientras, ya no tengo miedo.

Soy una estrella que viaja contigo, brillando desde la oscuridad, se decía en la liturgia de Mithra, el Sol Invicto. Bach es esa luz.