Quasi una fantasia

Pongo la Sonata Claro de Luna, y, lentamente, comienza el primer movimiento, adagio, dulce rematador de almas resquebrajadas.

Una fría tarde de invierno, hace ahora diez años, regresé desolado a mi cuarto en el San Juan Evangelista, y vomité sobre varios folios una historia sobre Beethoven y una Navidad en Marte. Beethoven, que siempre regresa a mí en los peores y mejores momentos. A Bach lo puedo escuchar siempre, pero Beethoven es para esos instantes más grandes que la vida, o, cuanto menos tan grandes como la vida puede llegar a ser.
Y la Sonata 14, Quasi una fantasia (se dice que la escribió cuando supo que su amada Giulietta Giucciardi iba a casarse), para mí es para la tragedia, la desolación. El primer movimiento, un adagio que Berlioz llamó “un lamento”, es desgarrador, tan profundo, tan terrible. Escarba en tu corazón más y más adentro, sin permitirte guardar nada, esconderte de nada. Caes y caes y caes, lentamente, solo, hundiéndote en el oscuro mar.

El segundo movimiento, Allegretto, es un respiro, un pequeño descanso. Te has enfrentado a todo tu infierno, toda tu carga. Es tiempo de meditar, en paz si puedes. Carece de esa calidez de Bach, esa sensación de algo sobre nosotros que nos cuidará y no dejará que nada malo suceda, pero es esperanzador a su manera.

Y llega el tercer movimiento. Presto Agitato. Demoledor. Todo aquello que el primer movimiento remueve, te enseña es ahora juzgado. Son martillazos en tu alma, tan violento, tan cruel. Lloras y lloras, y aguantas como puedes los golpes.

Dos golpes finales, y silencio. Estás aún vivo, has aguantado la ordalía. Llora lo que necesites, límpiate, cúrate, esa es la cartarsis, el poder del arte. Mañana nadie sabe qué sucederá.

Estas mañanas, en el camino a la torre negra donde trabajo, escucho Akhnaten, la ópera de Philip Glass sobre el faraón que abandonó los dioses de sus padres, para adorar al Sol, a un dios abstracto, a una idea. Y leo a Hegel, que me habla del Arte, lo bello, de la primacía del espíritu.

La torre negra parece lejana aún cuando entro en ella, envuelto todavía en las palabras de Hegel, y escuchando aún a Glass, campanas, coros, cantos en egipcio.

Un poema de José Hierro. Un regalo.

BEETHOVEN ANTE EL TELEVISOR

El alemán de Bonn identificaba
todos los sones de la naturaleza:
el del mar, el del rio, el del viento y la lluvia,
el canto del ruiseñor, el de la oropéndula, el del cuco.
Un dia, cantó un ave, y él no oía su canto:
fue la primera señal de alarma.
Luego avanzó implacable la sordera
hasta desembocar en la noche de los sonidos.
Compuso, desde entonces, imaginándolos.
Nunca pudo escuchar su misa en Re,
sus últimos cuartetos, su última sinfonia.

Luis van Beethoven murió en mil ochocientos veintisiete
(es lo que piensan los desinformados),
pero yo lo he visto en el Lincoln Center.
Fue en los años noventa. Ocupábamos
asientos contiguos. Yo lo reconocí
por su expresión huraña y tierna y feroz.
Y también por el desaliño de que nos hablan sus biógrafos.
Escribí en mi programa estas palabras:
“Excelente concierto”. Y él asintió:
“No se moleste en escribir, oigo perfectamente”.

Después en el descanso, hablamos de música,
(sin duda se dio cuenta
de que acababa de reconocerlo.)
Avisaron que había que volver
a la sala para escuchar el plato fuerte,
la Novena. Pero él, van Beethoven,
dio media vuelta, y se marchaba.
“Pero, ¿precisamente ahora?” le pregunté.
“Yo regreso al hotel. voy a escuchar
la Novena Sinfonía en el televisor,
la transmiten en directo”, contestó.
“¿Me permite que le acompañe?”, dije.
Y se encogió de hombros.

Pues aquí acaba todo.
Nos sentamos ante el televisor.
Escuchamos el golpe de la batuta
sobre el atril. Silencio. Y la orquesta rugió.
Entonces, Ludwing van Beethoven
se levantó y apagó el sonido.
Ahora sí que el silencio era absoluto.

Canturreaba a veces, levantaba la mano
para indicar la entrada a los timbales
en el Scherzo. Lloró con el adagio,
anardeció cuando cantaba el coro
las palabras de Schiller.

Yo nunca podré oír, nadie podrá,
lo que él oía. Finalizó el concierto.
Fue entonces cuando se levantó,
y se acercó al televisor,
recuperó el sonido.
Las cámaras enfocaban ahora
al público enardecido.
Van Beethoven oía, en mil novecientos noventa,
los aplausos que no podía oir en Viena,
en mil ochocientos veinticuatro.

José Hierro. Cuadernos de Nueva York.