Tras el asesinato en prisión de George Jackson, Bob Dylan escribió una elegía en forma de canción. Parte de la última estrofa dice:
Sometimes I think this whole world
Is one big prison yard.
Some of us are prisoners
The rest of us are guards.
Yo temo que es peor aún, que todos somos a la vez presos y carceleros. Que, aunque intentemos no ejercer ningún tipo de presión sobre los demás, los encerramos involuntariamente con nuestras expectativas, nuestros prejuicios, nuestras ideas sobre cómo se debe vivir, sobre lo que es correcto o no. Y deberíamos dejar de hacerlo. Para empezar, aceptar sin ningún tipo de reparo todo lo que no haga daño a los demás, e intentar comprenderlo. Y aprender a vivir nuestras vidas, libres, sin prejuicios, y dejar libres a los demás.
Citaré, por una vez, a un cristiano, Agustín de Hipona: Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor. Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos. Apliquémosnos esta máxima. Apliquémosla, sobre todo, en segunda persona: dejemos a los demás que hagan lo que quieran.
La meditación no es lo que piensas. Te sientas en absoluto silencio y tu mente empieza a repasar todas tus películas. Durante ese proceso, te vuelves tan familiar con los guiones que mantienes en tu vida que acabas hartándote de ellos. Entonces comprendes que la persona que crees que eres no es más que un complicado guión en el que gastas la mayor parte de tu energía. Tras un examen más minucioso, descubres que tu personalidad te asquea. Y eso es porque en realidad no eres tú. Si te sientes lo suficientemente aterrado por esa personalidad, espontáneamente permites que se desvanezca. Y entonces, si tienes suerte, puedes experimentarte a ti mismo sin la distorsión de esa personalidad.
El pasado sábado, Cohen me conmovió hasta la médula con su humildad, su inmensa profesionalidad, su entrega, su sorprendente (para mí) cercanía con el público. No sabemos si volveremos, dijo, así que os daremos todo lo que tenemos. Así querría vivir yo.
Y desde hace días se ha pegado a mí una de sus canciones, “Famous Blue Raincoat”. Sucede a veces, que encuentras una canción que sientes que te representa, a ti, o a tu visión del mundo. A veces es la letra, la melodía, el haberla escuchado en el lugar adecuado en el momento adecuado.
En este caso, creo que es simplemente porque también yo tengo un famous blue raincoat, que me acompaña desde hace ya cinco inviernos. Todos los años deseo que llegue el frío para sacarlo de su percha para poder volver a ponérmelo. Cuando pienso en mí, cuando me represento mentalmente, siempre es caminando en el frío, con mi viejo abrigo azul.
Cuando ya había elegido el título para este escrito me di cuenta de que Paul Auster tiene una novela titulada casi igual: “La Música del Azar”. Una variación más sobre sus temas de siempre, sobre lo inexplicable de la vida, sobre la constante influencia del azar en ella.
¿De verdad es tanta? Seguramente sí. Y aún así seguramente menos de la que yo tiendo a pensar que hay.
Pero pensaba en la música, recordando dos sucesos de esta semana pasada.
El martes caminaba por la calle de Alcalá, escuchando música al azar en el iPod, hacia una cervecería donde había quedado con unos amigos, y empezó a llover. Escuchaba a Miles Davis,uno de los temas del “Milestones”, cuando la lluvia comenzó a apretar, pero no importaba. Generalmente, me gusta caminar bajo la lluvia, y en verano es uno de esos pequeños placeres sin consecuencia que hacen mejor la vida. Y el jazz hacía que todo pareciera mejor, caminaba al ritmo de la trompeta, y el resto de la gente lo hacía al de la batería. Estaba contento.
Y (¡oh, el azar!) sonó después Gene Kelly cantando “Singing in the Rain”. Perfecto. Permanecí bajo lo que ya era un chaparrón, empapándome, y recordándome en Nueva York, hace no muchos años, canturreando inocente esa canción bajo la lluvia, bailando agarrando a una farola. Mozart. Requiem. Rex Tremendae. Cesó la alegría. La tormenta era una castigo por mis errores, por todo el daño causado. Las ropas empapadas eran ya un peso terrible. Pero seguía siendo bienvenida. Una merecida penitencia. Caminé soportando la lluvia. Lo merecía.
Bob Dylan. I Pity the Poor Inmigrant. Yo era el único que seguía caminando, completamente empapado, mientras el resto de la gente se refugiaba bajo los balcones y todos de las tiendas, seguros, sin sufrir la lluvia, esperando con tranquilidad a que la tormenta cesara.
Y después sonó Bach, dándome la paz, como siempre hace. El chaparrón parecía leve, gotitas que limpiaban mi alma. Caminé despacio, disfrutando del final del paseo.
Llegué a la cervecería. Unos pasos antes de alcanzar la puerta, la tormenta cesó de repente, como hacen siempre estas tormentas de verano. La lluvia había sido todo el rato la misma.
Anoche, regresaba a casa en el Metro, cansado, un poco triste. Había terminado el libro que llevaba por la tarde (“Por el Camino de Swann”. Creo que Proust es en parte corresponsable de todos los recuerdos que me acosan en los últimos días, de parte de mi hastío, de estas revisiones de mis años en Madrid), mientras esperaba a un amigo en una parada de metro de Leganés. Así que, contrario a mi costumbre no iba leyendo, sino simplemente escuchando música al azar.
Y sonó “Highwayman”, una versión de una sosa canción de Jimmy Webb, que cantada por The Highaymen (un supergrupo de country que en los ochenta formaron Johnny Cash, Kris Kristofferson, Waylon Jennings y Willie Nelson) se convierte en un tema prodigioso, cargado de una poderosa melancolía.
I was a sailor. I was born upon the tide
And with the sea I did abide.
I sailed a schooner round the Horn to Mexico
I went aloft and furled the mainsail in a blow
And when the yards broke off they said that I got killed
But I am living still.
No recordaba esa canción, que estaba oculta en el fondo del iPod desde hacía años. Pero sonó en el momento en que debía sonar. Comencé a sentir algo que en aquel momento no era capaz de definir. Salí del metro y comencé a caminar en la noche, hacia mi casa, deseando no ser yo, no estar allí, entonces. But I am still around..I’ll always be around..and around and around and around and around.
Y sonó Dylan. Fue él, por supuesto, quien tenía las palabras que definían cómo me sentía. My weariness amazes me. Exactamente eso. Me di cuenta de mi cansancio, de lo perseguido que estaba por mil demonios, de lo harto que estaba de recorrer estas calles una y otra vez, de la necesidad de cambiar de una vez. Y el deseo de marcharme, que viene y va desde hace diez años, que en los últimos meses es más fuerte que nunca, gritó y gritó.
Then take me disappearin’ through the smoke rings of my mind,
Down the foggy ruins of time, far past the frozen leaves,
The haunted, frightened trees, out to the windy beach,
Far from the twisted reach of crazy sorrow.
Y llegué a casa, y escribí, e intenté dormir.
With all memory and fate driven deep beneath the waves,
Let me forget about today until tomorrow.
Tuve un sueño en que jugaba al baloncesto en la calle, con varios amigos, actuales y antiguos, algunos a los que jamás volveré a ver. Uno de ellos, un viejo compañero del Johnny, desaparecido en el tiempo, se subía a mis espaldas, y yo intentaba seguir jugando, soportando todo el peso.
Ahora, al mediodía, escuchaba ambas canciones mientras escribía esto, y rompí a llorar.