Anoche, sentado frente a las puertas del Reina Sofía, esperando, leía apenas sin luz, forzando mis ojos.

Y, a menudo, rompía a carcajadas.


What do you mean by that? said the Caterpillar sternly. Explain yourself!

I can’t explain MYSELF, I’m afraid, sir said Alice, because I’m not myself, you see.

I don’t see, said the Caterpillar.

I’m afraid I can’t put it more clearly, Alice replied very politely, for I can’t understand it myself to begin with; and being so many different sizes in a day is very confusing.

It isn’t, said the Caterpillar.

Lewis Carroll. Alice in Wonderland

Es normal que no tome el camino más corto para regresar a casa. A veces me pongo excusas, como que no me apetece hacer trasbordos en el metro, o prefiero tomar un autobús, o me apetece caminar por tal calle. A veces no intento ponerme ninguna excusa. El camino más corto no es necesariamente el camino. Quizás rara vez lo es.

(Al taimado Odiseo le llevó diez años regresar a casa. Y su camino, desde el primer paso hasta el último, estuvo sembrado de traiciones y muertes. Era un hombre malvado.)

El camino correcto puede ser complicado, largo. Puede llevar rodeos de años. Puede ser doloroso, extraño. Puedes creerte perdido.

Pero el viaje es tan importante como el destino.


No hay pasos mal dados. Sólo senderos por los que no sabíamos que estábamos destinados a caminar.

de Guy Gavriel Kay

Extraños

Hoy, la gente me hablaba.

En un cibercafé, a mediodía, mientras E. enviaba un correo, se me acercó un hombre, y me ofreció una cerveza. La rechacé, dieciéndole que no bebía, y él se sentó a mi lado, y comenzó a hablarme, sobre lo caro que podía salir llamar por móvil, sobre que aprender a contenerse y no usarlo demasiado. Mi habilidad para ese tipo de conversaciones es mínima, así que me limité a escucharle, y a hacer algún breve comentario de vez en cuando. Al marcharme, me dijo que parecía buena persona, y agradable, y trasparente, y alzó su pulgar a modo de despedida.

Por la tarde, en Lavapiés, cuando me despedía de E., una anciana nos dijo que hacíamos bien, que disfrutáramos, que la vida era corta, que el amor era mejor que la guerra.

Más tarde, volviendo a mi guarida, en el metro, mientras hojeaba una recién comprada guía de Roma, un italiano borracho se me acercó y comenzó a hablarme de la ciudad, de los precios. Y charlamos durante todo el viaje, sobre Italia, sobre nuestros viajes pasados y futuros.