Otro sueño: en La Mancha

Otro sueño, que tuve anoche:

I

Vago por las ruinas de un palacio, un laberinto con cientos de habitaciones vacías, polvorientas, hasta que al fin encuentro la salida que buscaba.

Salgo y me encuentro en La Mancha, bajo el terrible sol del verano. Allí está Don Quijote, montado en Rocinante, y comienzo a seguirlos, hasta que nos aproximamos a Hellín, el pueblo donde pasé parte de mi infancia y adolescencia. Entonces dejo de seguirlos y voy hacia el pueblo. Paseo por sus calles, dándome cuenta de cuánto ha cambiado en todos estos años.

Después voy a la vieja estación de tren, a tomar un tren para reunirme con mi padre, que me esperaba. Y, en el pequeño vestíbulo, repleto de turistas japoneses, espero al tren.

II

(creo, aunque no estoy seguro, que esto es otro sueño)

Camino por la zona donde comienza Bravo Murillo, en Chamberí. Una gata negra me sigue. Constamente miro hacia atrás, para asegurarme de que sigue allí, temiendo que se pierda por las calles.

El error de Madrid

Si quieres conservar tus reinos deja la capital en Toledo, si quieres aumentarlos, llévala a Lisboa, y si quieres perderlos, trasládala a Madrid

Se dice que Carlos I le dio este consejo a su hijo, Felipe II, en una visita que este le hizo en su retiro de Yuste. La historia posterior la conocemos todos: Felipe eligió Madrid como su corte, un lugar con poca historia, y poco presente. Se dice que fue para estar lejos de los otros poderes del reino, pues Madrid no tenía ni obispado ni nobles poderosos, o incluso para complacer a su esposa, Isabel de Valois, que detestaba Toledo. En cualquier caso la capital del imperio más poderoso del mundo quedó establecida en un pueblo escondido, mediocre.

En 1601, Felipe III trasladó la corte a Valladolid, pero el cambio duró poco: en 1606 regresaba a Madrid. ¿La razón? Intereses inmobiliarios de su valido, el Duque de Lerma, que había comprado muchas propiedades en Madrid (iniciándose así una de las más arraigadas tradiciones madrileñas), y que ganó muchísimo dinero con el traslado, junto con el propio rey (se dice que el traslado inicial era una maniobra para permitirles comprar barato propiedades que se encarecerían muchísimo con el regreso de la Corte). 

Y aquí quedó la capital, en el feo Madrid, en esta villa sin historia. Y, como Carlos I predijo, inmediatamente comenzó la decadencia de España. Así, Madrid nunca pudo dejar de ser el lugar cutre, pobre, que era. Nunca hubo dinero para convertirla en una capital monumental, en el centro de un imperio, como París o Londres. Muy ocupados estábamos además con nuestras guerras civiles, pronunciamientos y demás.

Así, uno pasea ahora por una capital que poco tiene que ver con las del resto de Europa. Sin el legado imperial de París o Londres o Viena, sin el terrible peso de la historia de Berlín,  sin bellísima gloria milenaria de Roma o Atenas. Madrid se queda simplemente como un pueblo que se ha excedido de sus límites, cutre, triste, un lugar para negocios sucios, para pronunciamientos más que revoluciones, una especie de salita de estar sobredimensionada, ni bella, ni majestuosa, ni acogedora, donde apenas se salva el Palacio Real, el Paseo del Prado, los tejados de la Gran Vía.

Probablemente si Felipe II no hubiera sido tan pueblerino (todo su reinado lo fue, toda esa perversa obsesión por la pureza religiosa y racia, que tanto daño hizo a toda España, a toda Europa), y hubiera establecido la capital en Lisboa, tendríamos un país mejor, una Iberia todavía unida. Quizás el poder ver el horizonte hubiera hecho a nuestros gobernantes menos cerrados, y el resto del país los hubiera seguido. Quizás Spinoza no hubiera tenido que ser holandés. Quizás hubiéramos tenido una Ilustración de verdad, una revolución, el país moderno que ahora nos falta, una capital de la que uno no tuviera que sentirse avergonzado.

Quizás no, claro. Quizás las revueltas de 1640 hubieran sucedido de todas formas, y esta vez hubiera sido Cataluña quien consiguiera la independencia. Quizás el terremoto de 1755 hubiera hecho suficiente daño como para destruir el país, o sumirlo en las tinieblas en que ahora nos encontramos.

Pero uno puede soñar, ¿no? Con el país que pudo ser y que ya nunca será. O, mejor aún, con el país nuevo que podría ser, si algún día nos olvidamos de esa estupidez de España y Portugal, recordamos que para nuestros padres romanos no existía ninguna diferencia entre ambas, y recuperamos el camino perdido, con un único estado, con capital en Lisboa, Barcelona, Sevilla, o cualquier otro lugar realmente adecuado.

Las Ciudades Continuas

Tuve que ir hoy hasta Las Rozas, para hacer un examen, y, como siempre que me aventuro a la periferia, esa pesadilla de urbanizaciones, autopistas, polígonos empreseariales y centros comerciales, como siempre que percibo la inmensidad de Madrid, me acuerdo de Las Ciudades Invisibles de Calvino.

Para hablarte de Pentesilea tendría que empezar por describirte la entrada en la ciudad. Tu imaginas, claro, que ves alzarse de la llanura polvorienta un cerco de murallas, que te aproximas paso a paso a la puerta, vigilada por aduaneros que echan miradas desconfiadas y torcidas a tus bártulos. Hasta que no has llegado allí, estás afuera; pasas debajo de una arquivolta y te encuentras dentro de la ciudad; su espesor compacto te circunda; tallado en su piedra hay un dibujo que se te revelaría si sigues su trazado todo en espigas.
Si crees esto, te equivocas: en Pentesilea es distinto. Hace horas que avanzas y no ves claro si estás ya en medio de la ciudad o todavía afuera.
Como un lago de orillas bajas que se pierde en aguazales, así Pentesilea se expande durante millas en torno a una sopa de ciudad diluida en la llanura:
conventillos pálidos que se dan la espalda en prados híspidos, entre empalizadas de tablas y techos de zinc. Cada tanto en los bordes del camino un espesarse de construcciones de magras fachadas, altas altas o bajas bajas como un peine desdentado, parece indicar que de allí en adelante las mallas de la ciudad se estrechan. Pero prosigues y encuentras otros terrenos baldíos, después un suburbio oxidado de oficinas y depósitos, un cementerio, una feria con sus carruseles, un matadero, te internas por una calle de tiendas macilentas que se pierde entre manchones de campo despeluzado.
Las gentes que uno encuentra, si les preguntas:
—¿Para Pentesilea? —Hacen un gesto circular que no sabes si quiere decir: “Aquí”, o bien: “Más allá”, o “Doblando”, o si no: “Del lado opuesto”.
—La ciudad— insistes en preguntar.
—Nosotros venimos a trabajar aquí por las mañanas— te responden algunos, y otros—: Nosotros volvemos aquí a dormir.
—¿Pero la ciudad donde se vive? —preguntas.
—Ha de ser— dicen por allá— y algunos alzan el brazo oblicuamente hacia una concreción de poliedros opacos, en el horizonte, mientras otros indican a tus espaldas el espectro de otras cúspides.
—¿Entonces la he pasado sin darme cuenta? —No, prueba a seguir adelante. Así continuas, pasando de una periferia a otra, y llega la hora de marcharse de
Pentesilea. Preguntas por la calle para salir de la ciudad, recorres el desgranarse de los suburbios desparramados como un pigmento lechoso; llega la noche; se iluminan las ventanas ya más escasas ya más numerosas.
Si escondida en alguna bolsa o arruga de este mellado distrito existe una Pentesilea reconocible y digna de que la recuerde quien haya estado en ella, o bien si Pentesilea es sólo periferia de sí misma y tiene su centro en cualquier lugar, he renunciado a entenderlo. La pregunta que ahora comienza a rodar en tu cabeza es más angustiosa: fuera de Pentesilea, ¿existe un fuera? ¿O por más que te alejes de la ciudad no haces sino pasar de un limbo a otro y no consigues salir de ella?

El terror ante el hormiguero que son estas inmensas metrópolis en que vivimos. El terror, tal vez, a ser una hormiga.