De la música y del azar

Cuando ya había elegido el título para este escrito me di cuenta de que Paul Auster tiene una novela titulada casi igual: “La Música del Azar”. Una variación más sobre sus temas de siempre, sobre lo inexplicable de la vida, sobre la constante influencia del azar en ella.
¿De verdad es tanta? Seguramente sí. Y aún así seguramente menos de la que yo tiendo a pensar que hay.

Pero pensaba en la música, recordando dos sucesos de esta semana pasada.

El martes caminaba por la calle de Alcalá, escuchando música al azar en el iPod, hacia una cervecería donde había quedado con unos amigos, y empezó a llover. Escuchaba a Miles Davis,uno de los temas del “Milestones”, cuando la lluvia comenzó a apretar, pero no importaba. Generalmente, me gusta caminar bajo la lluvia, y en verano es uno de esos pequeños placeres sin consecuencia que hacen mejor la vida. Y el jazz hacía que todo pareciera mejor, caminaba al ritmo de la trompeta, y el resto de la gente lo hacía al de la batería. Estaba contento.
Y (¡oh, el azar!) sonó después Gene Kelly cantando “Singing in the Rain”. Perfecto. Permanecí bajo lo que ya era un chaparrón, empapándome, y recordándome en Nueva York, hace no muchos años, canturreando inocente esa canción bajo la lluvia, bailando agarrando a una farola.
Mozart. Requiem. Rex Tremendae. Cesó la alegría. La tormenta era una castigo por mis errores, por todo el daño causado. Las ropas empapadas eran ya un peso terrible. Pero seguía siendo bienvenida. Una merecida penitencia. Caminé soportando la lluvia. Lo merecía.
Bob Dylan. I Pity the Poor Inmigrant. Yo era el único que seguía caminando, completamente empapado, mientras el resto de la gente se refugiaba bajo los balcones y todos de las tiendas, seguros, sin sufrir la lluvia, esperando con tranquilidad a que la tormenta cesara.
Y después sonó Bach, dándome la paz, como siempre hace. El chaparrón parecía leve, gotitas que limpiaban mi alma. Caminé despacio, disfrutando del final del paseo.
Llegué a la cervecería. Unos pasos antes de alcanzar la puerta, la tormenta cesó de repente, como hacen siempre estas tormentas de verano. La lluvia había sido todo el rato la misma.

Anoche, regresaba a casa en el Metro, cansado, un poco triste. Había terminado el libro que llevaba por la tarde (“Por el Camino de Swann”. Creo que Proust es en parte corresponsable de todos los recuerdos que me acosan en los últimos días, de parte de mi hastío, de estas revisiones de mis años en Madrid), mientras esperaba a un amigo en una parada de metro de Leganés. Así que, contrario a mi costumbre no iba leyendo, sino simplemente escuchando música al azar.
Y sonó “Highwayman”, una versión de una sosa canción de Jimmy Webb, que cantada por The Highaymen (un supergrupo de country que en los ochenta formaron Johnny Cash, Kris Kristofferson, Waylon Jennings y Willie Nelson) se convierte en un tema prodigioso, cargado de una poderosa melancolía.

I was a sailor. I was born upon the tide
And with the sea I did abide.
I sailed a schooner round the Horn to Mexico
I went aloft and furled the mainsail in a blow
And when the yards broke off they said that I got killed
But I am living still.

No recordaba esa canción, que estaba oculta en el fondo del iPod desde hacía años. Pero sonó en el momento en que debía sonar. Comencé a sentir algo que en aquel momento no era capaz de definir. Salí del metro y comencé a caminar en la noche, hacia mi casa, deseando no ser yo, no estar allí, entonces. But I am still around..I’ll always be around..and around and around and around and around.
Y sonó Dylan. Fue él, por supuesto, quien tenía las palabras que definían cómo me sentía. My weariness amazes me. Exactamente eso. Me di cuenta de mi cansancio, de lo perseguido que estaba por mil demonios, de lo harto que estaba de recorrer estas calles una y otra vez, de la necesidad de cambiar de una vez. Y el deseo de marcharme, que viene y va desde hace diez años, que en los últimos meses es más fuerte que nunca, gritó y gritó.

Then take me disappearin’ through the smoke rings of my mind,
Down the foggy ruins of time, far past the frozen leaves,
The haunted, frightened trees, out to the windy beach,
Far from the twisted reach of crazy sorrow.

Y llegué a casa, y escribí, e intenté dormir.

With all memory and fate driven deep beneath the waves,
Let me forget about today until tomorrow.

Tuve un sueño en que jugaba al baloncesto en la calle, con varios amigos, actuales y antiguos, algunos a los que jamás volveré a ver. Uno de ellos, un viejo compañero del Johnny, desaparecido en el tiempo, se subía a mis espaldas, y yo intentaba seguir jugando, soportando todo el peso.

Ahora, al mediodía, escuchaba ambas canciones mientras escribía esto, y rompí a llorar.

De la rabia

La Templanza

Pensando sobre la rabia a partir de un intercambio de comentarios en un escrito en otro blog:

La rabia no es la solución, no es el camino para crear nada. La rabia puede servir como un punto de partida hacia una transformación, pero hemos de abandonarla enseguida si queremos que esa transformación sea positiva. La rabia puede servir para derrocar un tirano, pero si no la abandonamos, sólo nos sirve para cambiar ese tirano por un Robespierre o un Stalin. La rabia, que no es más que otra manifestación del miedo, nos desgasta, nos debilita, nos consume, nos impide crecer. El verdadero héroe no es Bruto, sino Gandhi. ¿Cómo vivir de verdad, consumido por mil miedos?

He recordado algo de lo que mis padres se quejaban mis padres en los últimos años de mi adolescencia. Decían que era imposible discutir conmigo, que cuando no estaba de acuerdo con algo no protestaba, no me quejaba, no discutía: simplemente hacía lo que quería. Quizás era algo que he olvidado, y que debería recuperar, y dejar que esa actitud de “hacer lo que quiera” domine mi vida.

(Y quizás no lo haya perdido del todo. El viernes pasado, un amigo, hablando con teléfono con su novia sobre qué hacer esa noche, dijo, refiriéndose a mí: como siempre, hará lo que le venga en gana)

Quizás si todos hiciésemos lo que nos viniera en gana, sin luchar, sin sufrir, sin dañar, todo sería mejor.

He recordado también algo que aprendí hace años, y que, sin olvidar, no he logrado aplicar a mi vida. Lo aprendí, como tantas cosas, leyendo. Un relato de ciencia-ficción: “Escuchando a Brahms”, de Suzy McKee Charnas:

Un apocalipsis destruye la Tierra, y sólo quedan un grupo de astronautas que son rescatados por extraterrestres reptilianos y llevados a su mundo. Los extraterrestres llevaban años enamorados de la Tierra por las señales de televisión que recibían, obsesionados por ella, imitando nuestra sociedad, nuestra cultura.
El protagonista lucha por aceptar su nueva situación, el fin del mundo, su soledad en su nuevo mundo alienígena, y el vivir rodeado de esa obsesión por imitar a la humanidad. Sufre al ver a los reptiles usar ropas humanas, incluso ponerse pelucas en su obsesión imitativa.
Al final del relato, acude a un concierto para cometer un asesinato. Varios de los astronautas supervivientes se dedicaron a la música, y, finalmente, forman un cuarteto de cuerda que también forman parte varios extraterrestres. El protagonista, ya completamente alienado, furioso, destrozado, considera ese grupo mixto como una traición, como una profanación del recuerdo de su Tierra muerta, y decide asesinar a sus compañeros.
Sentando ya en el teatro, mientras esperan a que comience, con la pistola preparada, escucha una conversación entre dos de asistentes, sentados a su lado. Uno de ellos ha perdido a su mujer, y habla de su pérdida, de su tristeza. Pero habla sin angustia, en paz, sin luchar consigo mismo. Y al final, cuando los músicos salen a la escena, dice:

-Escuchemos a Brahms.

Y el protagonista, entre lágrimas, deja de lado su pistola y escucha la música.

What’d I care about the tower of ghouls

After a while my meditations and studies began to bear fruit. It really started late in January, one frosty night in the woods in the dead silence it seemed I almost heard the words said: “Everything is all right forever and forever and forever.” I let out a big Hoo, one o’clock in the morning, the dogs leaped up and exulted. I felt like yelling it to the stars. I clasped my hands and prayed, “O wise and serene spirit of Awakenerhood, everything’s all right forever and forever and forever and thank you thank you thank you amen.” What’d I care about the tower of ghouls, and sperm and bones and dust, I felt free and therefore I was free.

The Dharma Bums, Jack Kerouac

Es también parte del sueño americano: meditar en una cabaña, en mitad del bosque, en invierno.
Meditar en invierno, encontrar la paz, y recibir con felicidad a la nueva estación, cuando Perséfone, la Reina del Hierro del Hades, regresa al mundo como la diosa de la primavera.

Everything is all right forever and forever and forever. Todavía no, todavía no. Pero lo lograré. Estaré bien, seré libre, y todo estará bien, y mi carga de más de media vida será liviana, y el muro caerá para siempre, y seré de verdad parte del mundo, no una cosa perdida en mil miedos y dolores. Estaré bien, libre, salvaje, brillante, feliz.

(Kerouac no lo logró. Se ahogó en alcohol, y murió a los 47 años, muy lejos de la iluminación)