Las Ciudades Continuas

Tuve que ir hoy hasta Las Rozas, para hacer un examen, y, como siempre que me aventuro a la periferia, esa pesadilla de urbanizaciones, autopistas, polígonos empreseariales y centros comerciales, como siempre que percibo la inmensidad de Madrid, me acuerdo de Las Ciudades Invisibles de Calvino.

Para hablarte de Pentesilea tendría que empezar por describirte la entrada en la ciudad. Tu imaginas, claro, que ves alzarse de la llanura polvorienta un cerco de murallas, que te aproximas paso a paso a la puerta, vigilada por aduaneros que echan miradas desconfiadas y torcidas a tus bártulos. Hasta que no has llegado allí, estás afuera; pasas debajo de una arquivolta y te encuentras dentro de la ciudad; su espesor compacto te circunda; tallado en su piedra hay un dibujo que se te revelaría si sigues su trazado todo en espigas.
Si crees esto, te equivocas: en Pentesilea es distinto. Hace horas que avanzas y no ves claro si estás ya en medio de la ciudad o todavía afuera.
Como un lago de orillas bajas que se pierde en aguazales, así Pentesilea se expande durante millas en torno a una sopa de ciudad diluida en la llanura:
conventillos pálidos que se dan la espalda en prados híspidos, entre empalizadas de tablas y techos de zinc. Cada tanto en los bordes del camino un espesarse de construcciones de magras fachadas, altas altas o bajas bajas como un peine desdentado, parece indicar que de allí en adelante las mallas de la ciudad se estrechan. Pero prosigues y encuentras otros terrenos baldíos, después un suburbio oxidado de oficinas y depósitos, un cementerio, una feria con sus carruseles, un matadero, te internas por una calle de tiendas macilentas que se pierde entre manchones de campo despeluzado.
Las gentes que uno encuentra, si les preguntas:
—¿Para Pentesilea? —Hacen un gesto circular que no sabes si quiere decir: “Aquí”, o bien: “Más allá”, o “Doblando”, o si no: “Del lado opuesto”.
—La ciudad— insistes en preguntar.
—Nosotros venimos a trabajar aquí por las mañanas— te responden algunos, y otros—: Nosotros volvemos aquí a dormir.
—¿Pero la ciudad donde se vive? —preguntas.
—Ha de ser— dicen por allá— y algunos alzan el brazo oblicuamente hacia una concreción de poliedros opacos, en el horizonte, mientras otros indican a tus espaldas el espectro de otras cúspides.
—¿Entonces la he pasado sin darme cuenta? —No, prueba a seguir adelante. Así continuas, pasando de una periferia a otra, y llega la hora de marcharse de
Pentesilea. Preguntas por la calle para salir de la ciudad, recorres el desgranarse de los suburbios desparramados como un pigmento lechoso; llega la noche; se iluminan las ventanas ya más escasas ya más numerosas.
Si escondida en alguna bolsa o arruga de este mellado distrito existe una Pentesilea reconocible y digna de que la recuerde quien haya estado en ella, o bien si Pentesilea es sólo periferia de sí misma y tiene su centro en cualquier lugar, he renunciado a entenderlo. La pregunta que ahora comienza a rodar en tu cabeza es más angustiosa: fuera de Pentesilea, ¿existe un fuera? ¿O por más que te alejes de la ciudad no haces sino pasar de un limbo a otro y no consigues salir de ella?

El terror ante el hormiguero que son estas inmensas metrópolis en que vivimos. El terror, tal vez, a ser una hormiga.

Los mitos homérico y órfico de la creación

Algunos dicen que todos los dioses y todas las criaturas vivientes surgieron del Océano que circunda al mundo y que Tetis fue la madre de todos sus hijos.

Pero los órficos dicen que la Noche de alas negras, diosa por la que incluso Zeus sentía un temor reverente, fue cortejada por el Viento y puso un huevo de plata en el seno de la Oscuridad; y que Eros, a quien algunos llaman Fanes, salió de ese huevo y puso el Universo en movimiento. Eros tenía doble sexo y alas doradas y, como poseía cuatro cabezas, a veces mugía como un toro o rugía como un león, y otras veces silbaba como una serpiente o balaba como un carnero. La Noche, que le dio el nombre de Ericepayo y Protógeno Faetón vivía en una cueva con él y se manifestaba en forma de tríada: la Noche, el Orden y la Justicia. Delante de esa cueva se sentaba la ineludible madre Rea, tocando un tambor de latón para captar la atención de los hombres sobre los oráculos de la diosa. Panes creó la tierra, el cielo, el sol y la luna, pero la diosa triple gobernó el universo hasta que su cetro pasó a Urano.

Los Mitos Griegos, Robert Graves

De la música y del azar

Cuando ya había elegido el título para este escrito me di cuenta de que Paul Auster tiene una novela titulada casi igual: “La Música del Azar”. Una variación más sobre sus temas de siempre, sobre lo inexplicable de la vida, sobre la constante influencia del azar en ella.
¿De verdad es tanta? Seguramente sí. Y aún así seguramente menos de la que yo tiendo a pensar que hay.

Pero pensaba en la música, recordando dos sucesos de esta semana pasada.

El martes caminaba por la calle de Alcalá, escuchando música al azar en el iPod, hacia una cervecería donde había quedado con unos amigos, y empezó a llover. Escuchaba a Miles Davis,uno de los temas del “Milestones”, cuando la lluvia comenzó a apretar, pero no importaba. Generalmente, me gusta caminar bajo la lluvia, y en verano es uno de esos pequeños placeres sin consecuencia que hacen mejor la vida. Y el jazz hacía que todo pareciera mejor, caminaba al ritmo de la trompeta, y el resto de la gente lo hacía al de la batería. Estaba contento.
Y (¡oh, el azar!) sonó después Gene Kelly cantando “Singing in the Rain”. Perfecto. Permanecí bajo lo que ya era un chaparrón, empapándome, y recordándome en Nueva York, hace no muchos años, canturreando inocente esa canción bajo la lluvia, bailando agarrando a una farola.
Mozart. Requiem. Rex Tremendae. Cesó la alegría. La tormenta era una castigo por mis errores, por todo el daño causado. Las ropas empapadas eran ya un peso terrible. Pero seguía siendo bienvenida. Una merecida penitencia. Caminé soportando la lluvia. Lo merecía.
Bob Dylan. I Pity the Poor Inmigrant. Yo era el único que seguía caminando, completamente empapado, mientras el resto de la gente se refugiaba bajo los balcones y todos de las tiendas, seguros, sin sufrir la lluvia, esperando con tranquilidad a que la tormenta cesara.
Y después sonó Bach, dándome la paz, como siempre hace. El chaparrón parecía leve, gotitas que limpiaban mi alma. Caminé despacio, disfrutando del final del paseo.
Llegué a la cervecería. Unos pasos antes de alcanzar la puerta, la tormenta cesó de repente, como hacen siempre estas tormentas de verano. La lluvia había sido todo el rato la misma.

Anoche, regresaba a casa en el Metro, cansado, un poco triste. Había terminado el libro que llevaba por la tarde (“Por el Camino de Swann”. Creo que Proust es en parte corresponsable de todos los recuerdos que me acosan en los últimos días, de parte de mi hastío, de estas revisiones de mis años en Madrid), mientras esperaba a un amigo en una parada de metro de Leganés. Así que, contrario a mi costumbre no iba leyendo, sino simplemente escuchando música al azar.
Y sonó “Highwayman”, una versión de una sosa canción de Jimmy Webb, que cantada por The Highaymen (un supergrupo de country que en los ochenta formaron Johnny Cash, Kris Kristofferson, Waylon Jennings y Willie Nelson) se convierte en un tema prodigioso, cargado de una poderosa melancolía.

I was a sailor. I was born upon the tide
And with the sea I did abide.
I sailed a schooner round the Horn to Mexico
I went aloft and furled the mainsail in a blow
And when the yards broke off they said that I got killed
But I am living still.

No recordaba esa canción, que estaba oculta en el fondo del iPod desde hacía años. Pero sonó en el momento en que debía sonar. Comencé a sentir algo que en aquel momento no era capaz de definir. Salí del metro y comencé a caminar en la noche, hacia mi casa, deseando no ser yo, no estar allí, entonces. But I am still around..I’ll always be around..and around and around and around and around.
Y sonó Dylan. Fue él, por supuesto, quien tenía las palabras que definían cómo me sentía. My weariness amazes me. Exactamente eso. Me di cuenta de mi cansancio, de lo perseguido que estaba por mil demonios, de lo harto que estaba de recorrer estas calles una y otra vez, de la necesidad de cambiar de una vez. Y el deseo de marcharme, que viene y va desde hace diez años, que en los últimos meses es más fuerte que nunca, gritó y gritó.

Then take me disappearin’ through the smoke rings of my mind,
Down the foggy ruins of time, far past the frozen leaves,
The haunted, frightened trees, out to the windy beach,
Far from the twisted reach of crazy sorrow.

Y llegué a casa, y escribí, e intenté dormir.

With all memory and fate driven deep beneath the waves,
Let me forget about today until tomorrow.

Tuve un sueño en que jugaba al baloncesto en la calle, con varios amigos, actuales y antiguos, algunos a los que jamás volveré a ver. Uno de ellos, un viejo compañero del Johnny, desaparecido en el tiempo, se subía a mis espaldas, y yo intentaba seguir jugando, soportando todo el peso.

Ahora, al mediodía, escuchaba ambas canciones mientras escribía esto, y rompí a llorar.