Pasamos el fin de semana en Roma, en la ciudad más bella que jamás he visitado, en lo que estoy convencido que es el país más bello del mundo.

Y los gatitos viven felices entre las ruinas de un Imperio, de un mundo, que ya no existe salvo en nuestros recuerdos, mirándote a veces cuando te acercas. Es su casa, su hogar.

Vamos a ir a Roma.

Una de esas decisiones rápidas, soñada un sábado por la mañana, en el Café Comercial, frente a café y croissants. Y esta mañana, en otro café mucho menos bello, en este barrio mío, donde arden los rascacielos (Esta mañana he visto su esqueleto, desde lejos, alzándose negro, vacío. Mañana pasaré junto a sus ruinas.), lo decidimos. Regresamos a mi casa, y reservamos billetes de avión. Para ir a ver la Capilla Sixtina, la tumba de Keats (Here lies one whose name was writ in water).

Vamos a ir a Roma. Esa frase se repite constantemente en mi mente. Vamos a ir a Roma. No sé cuántas veces se la he dicho hoy.