Una historia de terror

Parte de un sueño que tuve anoche. O todo el sueño, tal vez. No sabría decir si fue un sueño largo e inconexo, o varios independientes:

Frente a un grupo de críticos, leía en voz alta una historia de terror. Ellos estaban sentados en sillas, todos gente seria, con aspecto estirado. Yo estaba de pie, frente a ellos.

En la historia, una chica salía a la calle, como una mañana normal. Pero, al rato, mientras caminaba, sintió una sensación extraña. No sabía realmente qué, no era una sensación física, ni siquiera algo que realmente hubiera percibido, sino una especie de incomodidad, la idea de que algo no estaba en su lugar. Nerviosa, decide volver a casa. Sube las escaleras, y saca las llaves para entrar, pero su madre abre antes la puerta. Cuando la ve, grita aterrorizada.

No sabía si la historia estaba gustando. Una de las críticas, tenía cara de disgusto, pero no sabía si eso era una buena o mala señal.

Entonces desperté. Nunca supe cómo terminaba el cuento.

Interludio: Eumeo

En estos días releo la Odisea, preguntándome hasta qué punto es cierta. Es muy sospechoso que de la parte más fantástica del viaje (con cíclopes, sirenas, viajes al inframundo y hechiceras que convierten en cerdos a marineros) sólo sepamos por la narración que Odiseo, “rico en ingenios”, hace a los feacios en un banquete. Bien podría ser uno más de sus embustes, quizás Odiseo pasó esos diez años pirateando en el Mediterráneo, o en los brazos de Calipso, o buscando manzanas doradas en el Atlántico.

Pero puede haber un nivel más de mentiras en el libro. Cuando aparece Eumeo, el porquero de Odiseo, la narración se dirige a él en segunda persona. ¿Es un recurso estilístico? Y, de serlo, ¿por qué sólo se usa con el porquero?
Existe otra posibilidad: que toda la Odisea sea una historia que Odiseo cuenta a Eumeo, quizás años después de su regreso, probablemente en la cabaña de este, comiendo cerdo asado, emborrachándose con retsina. Eumeo sabe que su señor es un mentiroso (ya le mintió a su llegada a Ítaca, contándole una historia sobre cretenses y piratas), pero no osará corregirle, incluso cuando este distorsiona hechos en los que él estuvo presente. Y la historia real pudo ser muy diferente. ¿Y la historia que Odiseo narra a los fecios? De esa nada podríamos saber, ni tan siquiera si realmente fue contada.
Todo lo que sabemos es que el taimado Odiseo aparece un día, veinte años después de que Agamenón desenmascarara su fingida locura y le forzara a unirse a la expedición de los aqueos, solo y cargado de objetos valiosos. Lo que hiciera en los diez años que duró su camino a Ítaca jamás lo sabremos de verdad. Solamente tenemos la palabra de un mentiroso, un, como Atenea lo llama, trapacista de dolos.

He leído hoy en el periódico un artículo de Salman Rushdie sobre religión, sobre ese peligro que parece amenazarnos desde todas partes de volver atrás, al terror, al pensamiento pautado.

El artículo acaba con una cita de Clarence Darrow: No creo en Dios, porque no creo en los cuentos de hadas.
Me pregunté qué sucede cuando no crees en Dios, pero sí crees fervientemente en los cuentos de hadas, cuando estos forman parte de tu alimento, del aire que respiras.