Civilizaciones productivas

En estos días leo “The Evolution of Civilizations”, de Carroll Quigley, un intento de aplicar el método científico a la historia, en especial a la civilización como sujeto de estudio.

 

En una de las primeras páginas, Quigley distingue entre “civilizaciones parásitas”, las que no crean nueva riqueza y se mantienen consumiendo lo que hay en su entorno, y “civilizaciones productivas”, que sí crean riqueza. Para Quigley son parásitas las primtivas civilizaciones de cazadores-recolectores, y productivas las que han llegado a descubrir la agricultura y la ganadería. Aquí se demuestra que Quigley era un hombre de su época (el libro es de 1961), del apogeo final de la Revolución Industrial.

 

¿De verdad, visto con ojos de hoy, podemos considerar que nuestra civilización “crea riqueza”, que no debe ser definida como una civilización parásita? Hemos demostrado ser los más ávidos en el consumo de recursos, hasta el punto de dejar exhausto nuestro propio (y único, a día de hoy) planeta. Y es que, en realidad, lo que Quigley llama “civilización productiva” es una civilización que vive a crédito. Puede ser un crédito pequeño, sostenible, como el de una sociedad primitiva de población pequeña y constante, que cuyo impacto apenas se nota, o un crédito masivo como el nuestro, de una civilización al borde de la bancarrota planetaria, y su posterior embargo final.

Si logramos dominar la fusión nuclear en las próximas décadas, y lo acompañamos con un decrecimiento de la población, y nuestra civilización logra así salvarse del colapso, eso no significará que la deuda desaparezca. Incluso la fusión nuclear (y, de paso, todas las energías que llamamos “renovables”) requiere de combustible no renovable, aunque desde una escala humana parezca infinito. Si nuestra especie llegara a prosperar y prolongarse en el tiempo,  quizás millones de años después hubiera que pagar de nuevo la deuda por el consumo de hidrógeno.

 

La realidad es que no existe la creación de riqueza. Ni siquiera el consumo cero. La Segunda Ley de la Termodinámica lo impide, y mientras estemos sujetos a ella, mientras no consigamos un móvil perpetuo (y muy equivocado tendría que estar nuestro conocimiento de la Naturaleza para que eso fuera posible) lo más que podemos hacer es ser conscientes de que vivimos a crédito, y actuar en consecuencia, vivir con moderación, y renunciar a crecimientos que siempre acaban pasando factura.

El error de Madrid

Si quieres conservar tus reinos deja la capital en Toledo, si quieres aumentarlos, llévala a Lisboa, y si quieres perderlos, trasládala a Madrid

Se dice que Carlos I le dio este consejo a su hijo, Felipe II, en una visita que este le hizo en su retiro de Yuste. La historia posterior la conocemos todos: Felipe eligió Madrid como su corte, un lugar con poca historia, y poco presente. Se dice que fue para estar lejos de los otros poderes del reino, pues Madrid no tenía ni obispado ni nobles poderosos, o incluso para complacer a su esposa, Isabel de Valois, que detestaba Toledo. En cualquier caso la capital del imperio más poderoso del mundo quedó establecida en un pueblo escondido, mediocre.

En 1601, Felipe III trasladó la corte a Valladolid, pero el cambio duró poco: en 1606 regresaba a Madrid. ¿La razón? Intereses inmobiliarios de su valido, el Duque de Lerma, que había comprado muchas propiedades en Madrid (iniciándose así una de las más arraigadas tradiciones madrileñas), y que ganó muchísimo dinero con el traslado, junto con el propio rey (se dice que el traslado inicial era una maniobra para permitirles comprar barato propiedades que se encarecerían muchísimo con el regreso de la Corte). 

Y aquí quedó la capital, en el feo Madrid, en esta villa sin historia. Y, como Carlos I predijo, inmediatamente comenzó la decadencia de España. Así, Madrid nunca pudo dejar de ser el lugar cutre, pobre, que era. Nunca hubo dinero para convertirla en una capital monumental, en el centro de un imperio, como París o Londres. Muy ocupados estábamos además con nuestras guerras civiles, pronunciamientos y demás.

Así, uno pasea ahora por una capital que poco tiene que ver con las del resto de Europa. Sin el legado imperial de París o Londres o Viena, sin el terrible peso de la historia de Berlín,  sin bellísima gloria milenaria de Roma o Atenas. Madrid se queda simplemente como un pueblo que se ha excedido de sus límites, cutre, triste, un lugar para negocios sucios, para pronunciamientos más que revoluciones, una especie de salita de estar sobredimensionada, ni bella, ni majestuosa, ni acogedora, donde apenas se salva el Palacio Real, el Paseo del Prado, los tejados de la Gran Vía.

Probablemente si Felipe II no hubiera sido tan pueblerino (todo su reinado lo fue, toda esa perversa obsesión por la pureza religiosa y racia, que tanto daño hizo a toda España, a toda Europa), y hubiera establecido la capital en Lisboa, tendríamos un país mejor, una Iberia todavía unida. Quizás el poder ver el horizonte hubiera hecho a nuestros gobernantes menos cerrados, y el resto del país los hubiera seguido. Quizás Spinoza no hubiera tenido que ser holandés. Quizás hubiéramos tenido una Ilustración de verdad, una revolución, el país moderno que ahora nos falta, una capital de la que uno no tuviera que sentirse avergonzado.

Quizás no, claro. Quizás las revueltas de 1640 hubieran sucedido de todas formas, y esta vez hubiera sido Cataluña quien consiguiera la independencia. Quizás el terremoto de 1755 hubiera hecho suficiente daño como para destruir el país, o sumirlo en las tinieblas en que ahora nos encontramos.

Pero uno puede soñar, ¿no? Con el país que pudo ser y que ya nunca será. O, mejor aún, con el país nuevo que podría ser, si algún día nos olvidamos de esa estupidez de España y Portugal, recordamos que para nuestros padres romanos no existía ninguna diferencia entre ambas, y recuperamos el camino perdido, con un único estado, con capital en Lisboa, Barcelona, Sevilla, o cualquier otro lugar realmente adecuado.

En apoyo de Garzón

Ya mencioné en un escrito anterior a mi jefe, y su ideal de un país gobernado por registradores de la propiedad. Me es útil discutir con él (y en su favor debo remarcar que no es fácil encontrar a alguien con quien discutir de política sin terminar en una pelea barriobajera), para entender cómo piensan los conservadores, el porqué de sus actitudes. Me preguntaba hace poco si me estaba influyendo en algo, si no me centraba su influencia. Yo le expliqué que desde que discuto con él cada vez soy más de izquierdas. Ahora conozco más la alternativa, los sueños de la derecha, y cada vez me parecen más terribles.

En otra discusión reciente me convenció del todo (aunque pretendiera lo contrario) de que hay que investigar el fascismo. ¿Cuándo aceptaréis, me dijo que la guerra terminó y la perdisteis?. Ahí está el quid de la cuestión: se habla mucho desde la derecha de que la guerra civil es una página de la historia que hemos de pasar, de cerrar las heridas, terminar con las dos Españas, etc, pero siempre, por supuesto, que quede claro quiénes fueron los vencedores y quiénes los vencidos, y que nadie intente salirse de su lugar (eso, el que nadie quiera salirse de su lugar, es a fin de cuentas el ideal de la derecha).

Pero si de verdad queremos salir adelante y cerrar esas heridas, debe ser desde un punto de igualdad, y eso no es posible mientras nuestro estado sea heredero directo de una dictadura fascista, mientras no se haya condenado a los culpables de tantos asesinatos e injusticias, mientras tantos miles de muertos sigan en fosas comunes en las cunetas de las carreteras.
No quiero que ningún anciano octogenario vaya a la cárcel, no le veo ningún sentido tras tantas décadas, por muy asesino de masas fascista que haya podido ser, pero sí que se investigue, se juzgue, se condene. Y sólo entonces, desde esa condena, se podrá perdonar de verdad, pasar página, y seguir de una vez adelante, hacia, espero, un futuro mejor y limpio.