La autorregulación de la economía

Me agota escuchar en el último año comentarios de unos y otros sobre la autorregulación de la economía. Los últimos años los defensores del neoliberalismo no dejaban de cantar las glorias del mercado libre, explicando como los estados no debían tener derecho a ningún tipo de intervención, porque este se autorregulaba. Y ahora, con la crisis, son muchísimos los artículos que he leído desde la izquierda argumentando que la crisis financiera ha demostrado que esto era falso.

Lo cierto es que el mercado sí se autorregula. Todos los sistemas físicos, a partir de cierto nivel de complejidad tienen algún tipo de autorregulación. De lo contrario jamás alcanzarían ese nivel de complejidad, la Segunda Ley de la Termodinámica lo impediría. Gracias a estas propiedades de los sistemas complejos es por lo que puede exisitir la vida, por lo que puedo estar aquí, escribiendo.
Y la economía, aunque se pueda discutir si es o no un sistema físico (sobre todo en las últimas décadas, en que se basa en flujos de capitales que no jamás han existido ni existirán) se puede describir con las leyes de la Física, y es, desde luego, un sistema de altísima complejidad, y como tal, se autorregula.

Lo que es absurdo es la pretensión de los defensores del lessez-faire de que esta autorregulación es algo necesariamente positivo, que debemos renunciar a cualquier intervención y mirar con adoración los movimientos del mercado libre. Habría que explicar a los neoliberales que su cuerpo también se autorregula, por lo que la próxima vez que estén enfermos, en lugar de darle alguna medicina, habrá que dejar a la enfermedad que siga su curso.
También una estrella se autorregula: mantiene un estado de equilibrio convirtiendo el hidrógeno en helio hasta que su masa ya no es bastante para contener la presión del interior. Entonces explota, destruyendo a los planetas que giran a su alrededor, y alcanzando un nuevo estado de equilibrio.
Y cuando un río crece, desbordando las presas, y cuando hay tifones, huracanes, terremotos, matando a miles, es la Tierra, autorregulándose.

No podemos evitar los terremotos, pero sí podemos controlar la economía, que es una creación nuestra, que debería servir al bienestar de todos los seres humanos (pues todos, queramos o no, participamos en ella). El mercado debe servirnos, o debe ser transformado, o destruido. Y quien quiera adorar a un sistema complejo que vaya a un bosque, que mire el mar en lugar de permitir que lo que queda de nuestra costa se llene de cemento (gracias a esa autorregulación del mercado), que escuche las tormentas, y que el feo dinero se quede a lo sumo como lo que es, una herramienta.

Explosiones

Y poco después de que mis pensamientos se volvieran hacia Oppenheimer, durante la comida, sin que yo tuviera nada que ver con ello, surgió el tema de las bombas nucleares. El mismo Oppenheimer apareció en la charla, acompañado de otros grandes.

Sincronicidad.

(Físicos hablando en público de armas nucleares. Siempre es algo ligeramente vergonzante, pues no podemos evitar cierta emoción, nostalgia de épocas legendarias, admiración…)

Fisiones

El 16 de julio de 1945 se produjo en Alamogordo la primera explosión nuclear. Oppenheimer diría más tarde que recordó un verso del Bhagavad Gita:


I am become death, the destroyer of worlds.

La estrofa (shaloka: hoy he aprendido esa palabra) completa es:


The Blessed Lord said: Time I am, destroyer of the worlds, and I have come to engage all people. With the exception of you, all the soldiers here on both sides will be slain.

que en sánscrito es:


kālosmi lokakṣayakṛt pravṛddho
lokān samāhartum iha pravṛttaḥ
ṛtepi tvāṃ na bhaviṣyanti sarve
yevasthitāḥ pratyanīkeṣu yodhāḥ

Así, mis pensamientos viajan de un lado a otro, descontrolados, descentrados. Sólo un ancla podría impedir que se pierdan, lejos, lejos…
Pero hay un ancla, y no puedo perderme.