Dos propósitos para el nuevo año: Primero, llevar aún más a mi vida el compromiso con el planeta que exigía a los políticos en Copenhague, y que tan miserablemente nos negaron a los ciudadanos. Consumir menos, producir la menor basura posible, ahorrar energía y agua, intentar volar lo menos posible.
El segundo propósito, mucho más complicado, tiene que ver con el compromiso conmigo: dejar de consumirme, de sufrir, de convertir en una tragedia de dimensiones mitológicas cada pequeña desgracia que me suceda, dejar de sentirme tan axfisiado por esa culpa de origen desconocido que lo llena todo, permitirme más alegría, más ligereza. En definitiva, seguir de una vez las enseñanzas de los estoicos.
Pensaba luego en el estoicismo, en la imagen erronea que esta filosofía tiene en la actualidad de hombres severos, rígidos, que se le limitan a aguantar con entereza mil golpes de la vida.
En realidad, el mejor ejemplo actual de lo que es el estocismo está en la última película de Woody Allen, “Whatever Works”, una oda, ya desde el mismo título, a disfrutar la vida tal como viene, a dejar de sufrir, y a dejar de hacer sufrir a los demás por nuestras tonterías.
Tras el asesinato en prisión de George Jackson, Bob Dylan escribió una elegía en forma de canción. Parte de la última estrofa dice:
Sometimes I think this whole world
Is one big prison yard.
Some of us are prisoners
The rest of us are guards.
Yo temo que es peor aún, que todos somos a la vez presos y carceleros. Que, aunque intentemos no ejercer ningún tipo de presión sobre los demás, los encerramos involuntariamente con nuestras expectativas, nuestros prejuicios, nuestras ideas sobre cómo se debe vivir, sobre lo que es correcto o no. Y deberíamos dejar de hacerlo. Para empezar, aceptar sin ningún tipo de reparo todo lo que no haga daño a los demás, e intentar comprenderlo. Y aprender a vivir nuestras vidas, libres, sin prejuicios, y dejar libres a los demás.
Citaré, por una vez, a un cristiano, Agustín de Hipona: Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor. Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos. Apliquémosnos esta máxima. Apliquémosla, sobre todo, en segunda persona: dejemos a los demás que hagan lo que quieran.
Hace dos años diagnosticaron a Terry Pratchett, el hombre que nos ha hecho reir a millones de personas durante varias décadas (y del que estoy convencido de que su obra perdurará, y seguirá arrancando risas durante mucho tiempo) Alzheimer.
Ahora, en una entrevista con el Daily Mail, defiende el derecho a morir cuando él desee, sin necesidad de sufrir una larga y dolorosa agonía.
Prentendo, dice, antes de que el fin se aproxime, morir sentado en una silla en mi propio jardín, con una copa de brandy en mi mano y Thomas Tallis en el iPod.
Oh, y como estamos en Inglaterra, mejor añadiré: “Y si llueve, en la biblioteca. ¿Quién puede decir que esto es malo?”
Y, sin embargo, la ley en la mayoría de los países (incluido la Inglaterra del señor Pratchett y mi España) lo consideran malo, y prohibe que se le ayude en este propósito.
¿Por qué? ¿No somos propietarios de nuestras vidas? ¿No tenemos derecho a disfrutar de ella, y a decidir si queremos que termine? Negar ese derecho es tan absurdo como negarle a un escritor el derecho a terminar un libro.
¿Por qué estar prohibiciones? Quizás tenga algo que ver con nuestra obsesión con la cantidad sobre la calidad, pensar que es más importante vivir mucho que vivir bien, apurar hasta nuestro cuerpo se derrumbe por completo aunque sea a costa de sufrimiento y dolor.
Creo que tiene más que ver con el sustrato judeo-cristiano que hay en toda la sociedad occidental e islámica. Las iglesias monoteístas condenan, que yo sepa sin excepción, esta práctica, y, pese a que utilicen palabras como “dignidad” para defender su postura (como si el sufrimiento y el dolor fueran dignos), tiene que ver con el propiedad, con el poder. Para ellos no somos nosotros los dueños de nuestras vidas, sino su dios, y sólo él tiene derecho a decidir cuándo esta debe acabarse. Se dan incluso casos tan aberrantes como que en algunos países se prohiba esta ayuda a quienes no deseen prolongar sus sufrimientos, mientras que es legal la tortura.