Leía anoche, en un gordísimo volumen con las obras completas de Allen Ginsberg: My grief at Peter’s not loving me was grief at not loving myself. Recordé también otra frase que me marcó, hace unos meses, de Spinoza: La felicidad no es un premio que se otorga a la virtud, sino que es la virtud misma.
La mayor parte del dolor me lo provoco yo mismo. Muchas de las cosas que me duelen no deberían hacerlo, y las pocas en que es prácticamente inevitable, este podría haber sido mucho más moderado. Y mi felicidad, aunque las circunstancias externas puedan amplificarla, sólo puede nacer en mi interior.
¿Cuándo aprenderé de una vez?
Leo en estos días “Las ensoñaciones del paseante solitario”, las reflexiones de Rousseau en su vejez, y es triste hacerlo. Rousseau, cuya vida estuvo dedicada a reflexionar sobre la libertad y la felicidad, era al final de sus días un hombre profundamente infeliz, despreciando y odiando a la Humanidad a la que él decía amar, envuelto en paranoias sobre enemigos que actuaban para imposibilitar cualquier atisbo de felicidad en sus días, añorando sus tiempos en Ginebra, en la soledad del campo, dedicado al estudio de plantas muertas.
Un hombre infeliz, prisionero de mil miedos, con bellas ideas sobre la felicidad y la libertad que no sabía llevar a la práctica. Me da miedo ser así, terminar así. Y el miedo es, precisamente, el camino más recto hacia ese final.
Pensando sobre la rabia a partir de un intercambio de comentarios en un escrito en otro blog:
La rabia no es la solución, no es el camino para crear nada. La rabia puede servir como un punto de partida hacia una transformación, pero hemos de abandonarla enseguida si queremos que esa transformación sea positiva. La rabia puede servir para derrocar un tirano, pero si no la abandonamos, sólo nos sirve para cambiar ese tirano por un Robespierre o un Stalin. La rabia, que no es más que otra manifestación del miedo, nos desgasta, nos debilita, nos consume, nos impide crecer. El verdadero héroe no es Bruto, sino Gandhi. ¿Cómo vivir de verdad, consumido por mil miedos?
He recordado algo de lo que mis padres se quejaban mis padres en los últimos años de mi adolescencia. Decían que era imposible discutir conmigo, que cuando no estaba de acuerdo con algo no protestaba, no me quejaba, no discutía: simplemente hacía lo que quería. Quizás era algo que he olvidado, y que debería recuperar, y dejar que esa actitud de “hacer lo que quiera” domine mi vida.
(Y quizás no lo haya perdido del todo. El viernes pasado, un amigo, hablando con teléfono con su novia sobre qué hacer esa noche, dijo, refiriéndose a mí: como siempre, hará lo que le venga en gana)
Quizás si todos hiciésemos lo que nos viniera en gana, sin luchar, sin sufrir, sin dañar, todo sería mejor.
He recordado también algo que aprendí hace años, y que, sin olvidar, no he logrado aplicar a mi vida. Lo aprendí, como tantas cosas, leyendo. Un relato de ciencia-ficción: “Escuchando a Brahms”, de Suzy McKee Charnas:
Un apocalipsis destruye la Tierra, y sólo quedan un grupo de astronautas que son rescatados por extraterrestres reptilianos y llevados a su mundo. Los extraterrestres llevaban años enamorados de la Tierra por las señales de televisión que recibían, obsesionados por ella, imitando nuestra sociedad, nuestra cultura.
El protagonista lucha por aceptar su nueva situación, el fin del mundo, su soledad en su nuevo mundo alienígena, y el vivir rodeado de esa obsesión por imitar a la humanidad. Sufre al ver a los reptiles usar ropas humanas, incluso ponerse pelucas en su obsesión imitativa.
Al final del relato, acude a un concierto para cometer un asesinato. Varios de los astronautas supervivientes se dedicaron a la música, y, finalmente, forman un cuarteto de cuerda que también forman parte varios extraterrestres. El protagonista, ya completamente alienado, furioso, destrozado, considera ese grupo mixto como una traición, como una profanación del recuerdo de su Tierra muerta, y decide asesinar a sus compañeros.
Sentando ya en el teatro, mientras esperan a que comience, con la pistola preparada, escucha una conversación entre dos de asistentes, sentados a su lado. Uno de ellos ha perdido a su mujer, y habla de su pérdida, de su tristeza. Pero habla sin angustia, en paz, sin luchar consigo mismo. Y al final, cuando los músicos salen a la escena, dice:
-Escuchemos a Brahms.
Y el protagonista, entre lágrimas, deja de lado su pistola y escucha la música.
¿Qué nos impide, en efecto, decir que la felicidad de la vida consiste en un alma libre, levantada, intrépida y constante, inaccesible al miedo y a la codicia, para quien el único bien sea la virtud, el único mal la vileza, y lo demás un montón de cosas sin valor, que no quitan ni añaden nada a la felicidad de la vida, ya que vienen y se van sin aumentar ni diminuir el sumo bien? A este principio así fundado tiene que seguir quiera o no, una alegría constante y un gozo profundo que viene desde lo hondo, pues se alegra de lo suyo propio y no desea bienes mayores que los privados. ¿Porqué no han de compensar bien estas cosas los movimientos mezquinos, frívolos e inconstantes de nuestro cuerpo flaco?. El día que lo domine el placer, lo dominará también el dolor.
No debe tratarse de renunciar al deseo. Son los deseos, los sueños, lo que de verdad nos mueven, lo que nos da la posibilidad de brillar. Se trata de servirnos de nuestros deseos, en lugar de servirles a ellos. De no necesitar nada salvo a nosotros mismos. De no dar nada por supuesto en nuestras vidas.
Nada que necesites te puede dar la felicidad. La necesidad crea un vacío en ti, y cubrir esa necesidad no hace sino llenar ese vacío. Cuando no necesitas nada, y no existe ningún vacío que llenar, es cuando comienzas a estar preparado para ser realmente feliz, para disfrutar de todo lo que la vida nos da.
Séneca dedica gran parte de la segunda mitad del “De la Felicidad” a excusarse por su vida, por su prosperidad, sus riquezas. Tanto él como otros de sus colegas estoicos eran muy atacados por no vivir como predicaban (y en la vida de Séneca, su afán de poder y riqueza, y su servilismo hacia el despotismo de Nerón hay poco del ideal estoico). De todas las excusas, la que me resulta más válida es a la que quizás dedica menos atención: a la falta de necesidad. Para mí, dice, las riquezas, si se pierden, no me quitarán más que a sí mismas; tú te quedarás pasmado, y te parecerá que estás abandonado de ti mismo si se alejan de ti; en mí las riquezas tienen algún lugar; en ti el más alto; en suma, las riquezas son mías, tú eres de las riquezas.
El nuevo nombre, es, obviamente, una meta, una declaración de intenciones: no se trata de poseer la verdad, sino buscarla, perseguirla, defenderla, vivir siempre con ella. La vida debería ser una constante búsqueda de la verdad, un viaje en el que a diario desvelamos pequeños fragmentos de esta múltiple, cambiante, brillante ἀλήθεια.
Lo que su mente ha hecho al pensar no es pues sino algo así como un desnudar, descubrir, quitar un velo o cubridor, re-velar (= desvelar), descifrar un enigma o jeroglífico. Esto es lo que significaba en la lengua vulgar el vocablo a-létheia —descubrimiento, patentización, desnudamiento, revelación