La urgencia de un nuevo principio de vida

Leyendo esta mañana, en el metro, “La Rebelión de las Masas”, de Ortega y Gasset, era como leer el periódico. Todo lo que hemos avanzado en estos ochenta años parece estar a punto de derrumbarse por la cobardía y estupidez común, ya no sólo de la clase política, sino de todos los ciudadanos europeos.

Todo el mundo percibe la urgencia de un nuevo principio de vida. Mas -como siempre acontece en crisis parejas- algunos ensayan salvar el momento por una intensificación extremada y artificial precisamente del principio caduco. Este es el sentido de la erupción «nacionalista» en los años que corren. Y siempre -repito- ha pasado así. La última llama, la más larga. El postrer suspire, el más profundo. La víspera de desaparecer, las fronteras se hiperestesian -las fronteras militares y las económicas.

Pero todos estos nacionalismos son callejones sin salida. Inténtese proyectarlos hacia el mañana, y se sentirá el tope. Por ahí no se sale a ningún lado. El nacionalismo es siempre un impulso de dirección opuesta al principio nacionalizador. Es exclusivista, mientras éste es inclusivista. En épocas de consolidación tiene, sin embargo, un valor positivo y es una alta norma. Pero en Europa todo está de sobra consolidado, y el nacionalismo no es mas que una manía, el pretexto que se ofrece para eludir el deber de invención y de grandes empresas. La simplicidad de medios con que opera y la categoría de los hombres que exalta, revelan sobradamente que es lo contrario de una creación histórica.

Sólo la decisión de construir una gran nación con el grupo de los pueblos continentales volvería a entonar la pulsación de Europa. Volvería ésta a creer en sí misma, y automáticamente a exigirse mucho, a disciplinarse.
Pero la situación es mucho más peligrosa de lo que se suele apreciar. Van pasando los años y se corre el riesgo de que el europeo se habitúe a este tono menor de existencia que ahora lleva; se acostumbra a no mandar ni mandarse. En tal caso, se irían volatilizando todas sus virtudes y capacidades superiores.

La idea de Europa

Algo vital si queremos seguir adelante en la construcción de Europa es saber qué es. ¿Se trata simplemente de geografía, de cubrir desde el Algarve a Estambul, desde Islandia (¿o Groelandia?) hasta los Urales? ¿Y Chipre, o Rodas, son Europa?
¿O se trata de ese delirio que muchos defienden de la Europa cristiana? Con este criterio la que fue capital del Imperio Romano durante mil años, no sería europea.

Para mí Europa son las ruinas Imperio Romano, todavía calientes más de cinco siglos después de su caída definitiva. Cuando cayó el Imperio de Occidente, en el 1229 de la fundación de Roma, se entró en un estado de confusión que todavía dura. Poco más de tres siglos después, Carlomagno se proclamaba Imperator Romanum gubernans Imperium (que no Imperator Romanorum, para no ofender al emperador de Bizancio, cuyo título era Βασιλεύς των Ρωμαίων). Desde entonces hubo emperadores en Occidente hasta la época Napoleónica. También Napoléon se proclamó emperador, aunque se conformó con un modesto emperador de los franceses. Después, los emperadores alemanes se llamarían Kaiser, César.
En oriente, el Imperio duró mil años más, hasta que Bizancio cayó en poder de los Otomanos. Aunque también podemos considerar que duró cinco siglos más: el sultón otomano tomó el título de “Emperador de Roma”, por lo que el Imperio habría durado hasta el 2676 de la fundación de Roma.

La actual Unión Europa no es más que un intento inconsciente más de recuperar nuestra patria perdida, nuestra Roma. Por eso me parecen ridículos y erroneos los intentos de dejar fuera a Turquía. Y no sólo Turquía: Líbano, Israel, incluso Egipto o Marruecos tienen mucho más que ver con la la identidad europea real que Ucrania o Bielorrusia.

De política, quejas e indiferencia

Son unos cuantos los correos reenviados, feeds compartidos, comentarios en Facebook, que he tenido que leer estos días incitando a no votar, o a votar en blanco, quejándose de que todos los políticos son unos corruptos, que todos los partidos son iguales.

Yo no lo creo. Sé que los cambios que querría para la sociedad son demasiado grandes para poder realizarlos con una revolución, así que, de momento, voto, y, pese a que discrepe en muchos aspectos, tengo ahora mismo un gobierno por el que me siento representado. Y creo firmemente que la mayoría de los políticos, equivocados o no, sí son honrados. Y, sobre todo, sé con certeza que hay enormes diferencias entre unos partidos y otros. ¿Cómo puede realmente creer algiuen que haya pasado los últimos trece años en España que todos los partidos son iguales? Sin pararse siquiera a valorar cuál es mejor o peor, muy ciego hay que estar para no ver inmensas diferencias. Muy ciego, o muy indiferente a todo.

Quienes de verdad creen eso, que todos nos van a engañar, que votes a quien votes va a ir mal, ¿por qué no están en la calle? ¿por qué se limitan a lloriquear en blogs y en el facebook? ¿por qué no están sitiando ahora mismo el Parlamento y la Moncloa? Si todo va tan mal, ¿dónde está nuestra revolución, dónde nuestro mayo?

La sensación que tengo es la de pertenecer a una generación cuyos únicos sueños son un piso en una urbanización con pista de pádel, y el que les dejen bajarse películas gratis por internet. Y es muy triste.