La autorregulación de la economía (II)

entropia

Todos estos sistemas complejos de los que hablaba en el último escrito parecen ir en contra de unos de los principios más básicos en nuestra comprensión del universo físico: la Segunda Ley de la Termodinámica, por la que la entropía, el desorden de estos sistemas, tiende a crecer con el tiempo. ¿Cómo es posible, entonces, la complejidad, el que estos sistemas se mantengan lejos del caos? Lo hacen gracias a provocar un incremento aún mayor de la entropía en su entorno, así, la entropía total sigue aumentando.
Los seres vivos mantenemos nuestra entropía suficientemente baja gracias a consumir otros seres vivos. Degradamos materia compleja a estados mucho más simples, consumimos energía, y gracias a ello, nos mantenemos en nuestro estado de complejidad.
¿Y la economía? ¿Qué le permite mantenerse en ese estado de altísima complejidad? La economía nos devora a nosotros, y al planeta. Nos consume y nos expulsa como residuos degradados cuando no le servimos más, y así se mantiene en ese estado de autorregulación tan venerado por la derecha.

La autorregulación de la economía

Me agota escuchar en el último año comentarios de unos y otros sobre la autorregulación de la economía. Los últimos años los defensores del neoliberalismo no dejaban de cantar las glorias del mercado libre, explicando como los estados no debían tener derecho a ningún tipo de intervención, porque este se autorregulaba. Y ahora, con la crisis, son muchísimos los artículos que he leído desde la izquierda argumentando que la crisis financiera ha demostrado que esto era falso.

Lo cierto es que el mercado sí se autorregula. Todos los sistemas físicos, a partir de cierto nivel de complejidad tienen algún tipo de autorregulación. De lo contrario jamás alcanzarían ese nivel de complejidad, la Segunda Ley de la Termodinámica lo impediría. Gracias a estas propiedades de los sistemas complejos es por lo que puede exisitir la vida, por lo que puedo estar aquí, escribiendo.
Y la economía, aunque se pueda discutir si es o no un sistema físico (sobre todo en las últimas décadas, en que se basa en flujos de capitales que no jamás han existido ni existirán) se puede describir con las leyes de la Física, y es, desde luego, un sistema de altísima complejidad, y como tal, se autorregula.

Lo que es absurdo es la pretensión de los defensores del lessez-faire de que esta autorregulación es algo necesariamente positivo, que debemos renunciar a cualquier intervención y mirar con adoración los movimientos del mercado libre. Habría que explicar a los neoliberales que su cuerpo también se autorregula, por lo que la próxima vez que estén enfermos, en lugar de darle alguna medicina, habrá que dejar a la enfermedad que siga su curso.
También una estrella se autorregula: mantiene un estado de equilibrio convirtiendo el hidrógeno en helio hasta que su masa ya no es bastante para contener la presión del interior. Entonces explota, destruyendo a los planetas que giran a su alrededor, y alcanzando un nuevo estado de equilibrio.
Y cuando un río crece, desbordando las presas, y cuando hay tifones, huracanes, terremotos, matando a miles, es la Tierra, autorregulándose.

No podemos evitar los terremotos, pero sí podemos controlar la economía, que es una creación nuestra, que debería servir al bienestar de todos los seres humanos (pues todos, queramos o no, participamos en ella). El mercado debe servirnos, o debe ser transformado, o destruido. Y quien quiera adorar a un sistema complejo que vaya a un bosque, que mire el mar en lugar de permitir que lo que queda de nuestra costa se llene de cemento (gracias a esa autorregulación del mercado), que escuche las tormentas, y que el feo dinero se quede a lo sumo como lo que es, una herramienta.

Dos pequeños interludios

Pensaba en lo injusto de los salarios. En que si los sueldos se distribuyeran de acuerdo a lo que se aporta a la sociedad, todo el mundo querría ser maestro, o jardinero, o artista, o basurero, y sólo quienes no tuvieran otra posibilidad se dedicarían a las finanzas.

Vi por la calle a una anciana china, con los brazos metidos en las mangas opuestas, en la postura tradicional de su pueblo. Imaginé cuánto habría vivido esa señora: la invasión japonesa, la guerra civil, la revolución cultural. Y lo extraño que era que en el siglo XXI paseara por las calles de Tetuán.