De dioses y ciencia

Me confunden intentos como este de intentar justificar la creencia en dioses desde la ciencia. Quienes los lanzan, ¿se lo creen realmente? ¿Tan poca fé tienen en sus dioses como para intentar explicarlos científicamente? ¿Significa eso que consideran la ciencia como algo superior a su religión? ¿O es un intento malvado de engañar a quienes no tienen suficientes conocimientos para desmontar esos argumentos?

Ninguno de estos argumentos se sostiene lo más mínimo; y es que intentar explicar los dioses desde la ciencia es imposible por la propia naturaleza de la ciencia, que busca modelizar un mundo sin dioses, un universo racional que se guía por sus propias reglas, no por leyes impuestas por el capricho de entidades superiores.
Intentar usar la ciencia para explicar a los dioses es como intentar tomar sopa con un tenedor: imposible. Y eso no hace a la sopa un plato menor, ni al tenedor una herramienta inútil, simplemente son incompatibles.

Quienes crean en dioses deben sentirlos en su corazón, en sus sueños. Deben sentir que existe algo más allá de hamiltonianos y diagramas de Feynmann, que sus dioses son la realidad subyacente del mundo, y que ningún modelo científico les puede arrebatar eso.

Así, contra toda esperanza, regresé a la ciencia.

Y en estos días, dentro de una torre de cristal negro, camuflado con ese absurdo disfraz del traje y la corbata, leo ilusionado sobre procesos de Markov y movimientos brownianos. Paso mi tiempo allí escondido, leyendo, recordando, haciendo cálculos y demostraciones.

Y mis cuatro años de unix y aeropuertos, que yo creía que no tendrían fin, quedan ya como un necesario purgatorio, en realidad, como un buen recuerdo, donde conocí un mundo nuevo, distinto. Recorrí todo el país, conocí lugares, esa parte oculta de los aeropuertos, a los que pocos pueden entrar, conseguí que retrasaran aviones sólo para que yo no los perdiera. No lamento esos años.

Pero quedaron atrás. Regresé a las matemáticas, y la última vez que regresé a mi facultad, hace muy poco, a visitar a Wyan, ya no me dolía.

Hoy es mi último día en el trabajo, mi último día haciendo de informático. Mi último día en este sitio, frente a esta pantalla. Mi último día con gente con la que llevo cuatro años.

Es, ante todo, extraño. Y en gran parte, triste.

Pero el futuro se presenta esperanzador, ilusionante. En estos días llevo conmigo un libro de dinámica no lineal que Wyan sacó para mí de la biblioteca. Vuelvo, tras años de nostalgia, a sentirme de verdad físico. Vuelvo a aquello que nunca debí dejar. De una forma extraña, en un lugar al que nunca pensé que iría. Viviré de las matemáticas, un sueño al que ya había renunciado.

Un nuevo cambio, en este año de maravillas.