Interludio: Cine y Verdad

Vi anoche “El Último Viaje del Juez Feng”. No es una gran película, pero sí goza de esa maravillosa sensación de veracidad que algunas películas tienen.
De todas las artes, son el cine, y la fotografía, su arte hermana (mucho más que el teatro), las únicas que nos da esto. La literatura, la gran literatura, nos acerca a nuestros orígenes, a historias contadas junto al fuego por un poeta ciego. El teatro es otra cosa, pero también ofrece esa poderosa sensación de “historia contada” (lo cual es extraño, pues es el cine la creación artificial, compuesta a trozos, pasada por mil filtros, y la representación teatral la que realmente sucede aquí, ahora).

El poder del cine, del gran cine, es otro. No es una historia que te estén contando. Son hechos reales, nos hace testigos de una verdad. Cuando anoche veía al viejo Feng hablando al borde del barranco con su colega muerto dos décadas atrás, contándole como le echaba de menos, que se hacía viejo, la emoción tenía más que ver con estar allí, escuchando de esa confesión, que de ser el oyente una historia. Y no sólo en películas costumbristas como la que vi anoche. ¿Un milagro en Dinamarca? Sí: estás ahí, lo ves, es real, ¿cómo no creerlo? Eso es el cine.

Dorothea Lange

Dorothea Lange (1895 – 1965) fue una fotógrafa estadounidense que dedicó su carrera a mostrar a los perdedores de la sociedad: primero a las víctimas de la Gran Depresión, trabajando para ese breve experimento socialista que fue la Farm Scurity Administration, y más adelante a los japoneses de Estados Unidos, llevados a campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial.

Madre Emigrante (1936) es su foto más famosa, el retrato de Florence Owens Thompson y sus hijos, unos de los muchos miles de emigrantes que tuvieron que dejar Oklahoma durante la Gran Depresión.

Niños jurando lealtad a la bandera americana en un colegio público de San Francisco, en abril de 1942. Muy poco después, los japoneses serían internados en campos de concentración hasta el fin de la guerra.

Más fotos de Dorothea Lange

Las uvas de la ira

Tom Joad y su madre

El mismo día en que, tras siglo y medio, Lehman cayó en la bancarrota, y también el día en que Rajoy se quejaba de que los inmigrantes cobraran el paro, he visto “Las Uvas de la Ira”, una más de las muchas obras maestras de John Ford. Una historia épica, poética, de hace setenta años, pero más actual que todo el cine de este siglo XXI. Campesinos hambrientos que cruzan desiertos en busca de trabajo, perdiendo seres queridos en el camino, cruzando fronteras que no deberían estar allí, para llegar a una tierra donde el trabajo que se les da es a sueldos miserables (otros lo harán por incluso menos si ellos no lo quieren), y a quien protesta se le trata como un alboratador, un criminal.

A finales del siglo XX, Fukuyama, en su delirio neoconservador, hablaba de como la historia había terminado, de como el capitalismo había terminado para siempre con la lucha de clases, de como el libre mercado nos haría libres y prósperos a todos. Pero la historia que no termina es la de la miseria y la explotación.
Lloré con la familia Joad (¿cómo lograba Ford esas miradas en sus actores? Esas miradas que les convierten en auténticos arquetipos de la humanidad), los campesinos de Oklahoma, sabiendo que esa historia sucede ahora.