Infernáculo. Laberinto.

Una soprano canta la nota adecuada, y la copa vibra cada vez con más y más amplitud, hasta que estalla en pedazos. Un grupo de soldados hunden un puente por marcar la marcha sobre él. Todos los cuerpos físicos tienen esa frecuencia característica, en la que absorben más energía, que les hace vibrar y vibrar, y puede destruirlos.

Y la mente también la tiene. Una conversación, una canción escuchada mientras paseas, un cuadro perdido en una esquina de un museo, una mancha en la pared que parece mirarte. Mil cosas pueden provocar ese “click” que te lleve al abismo, a la locura, que haga tu mente vibrar y vibrar hasta, tal vez, romperse por completo.

Y están, claro, los libros. Esos libros peligrosos, que tienen el poder de hacer tu mente vibrar con amplitudes cada vez mayores, que te hacen temer volverte (del todo) loco.
Rayuela es, con toda seguridad, el más peligroso que he encontrado hasta ahora. Es ese canto de soprano que hace que el vaso que soy se rompa, los soldados marchando sobre mí hasta destruirme. El vértigo, la espiral de pensar y pensar (En alguna muerte violenta, el castigo por haberse acordado del reino.) hasta que desapareces, hasta que ya no eres una persona, sino una cosa que piensa, despierto, dormido, replandeándose qué es el mundo, dónde está, ¿somos de aquí?. Replanteándoselo todo, perdido en la vorágine.

Afortunadamente, el mismo libro nos ofrece una ventanita, un ancla, por la que salir, ser salvado:

Aburrido, Oliveira pasó el brazo por la cintura de la Maga. También eso podía ser una explicación, un brazo apretando una cintura fina y caliente

Y contendrá, seguro, muchas más cosas, como todo buen laberinto. Algún día quizás reúna el valor y la energía (y hacen falta ambas cosas) para volver a enfrentarme a él.

Bacon y las Eumenides

Jung escribió sobre el poder que los viejos dioses tienen sobre nosotros, de cómo residen en nuestro subconsciente, de cómo aparecen en nuestros sueños.

También lo entendió Robert Graves, de quien en estos días leo su “Rey Jesús”, con su obsesión por su Diosa Blanca, con verla detrás de todos los mitos, de todas las viejas tradiciones humanas.

El domingo, en la Tate Gallery, comprobé con horror como también Francis Bacon lo había entendido. El cuadro se titula “Three Studies for Figures at the Base of a Crucifixion”, pero, cuando conseguí liberarme de la fascinación y repugnancia que me poseía, leí en la descripción que a quien Bacon había querido pintar en la base de la cruz era a las Eumenides, las diosas de la justicia, la venganza, la culpa. La Triple Diosa en la más terrible de sus formas.

Three Studies for Figures at the Base of a Crucifixion

Me senté frente a ellas y las contemplé, horrorizado, durante no sé cuánto tiempo, hasta sentirme enfermo.