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De política, quejas e indiferencia

Son unos cuantos los correos reenviados, feeds compartidos, comentarios en Facebook, que he tenido que leer estos días incitando a no votar, o a votar en blanco, quejándose de que todos los políticos son unos corruptos, que todos los partidos son iguales.

Yo no lo creo. Sé que los cambios que querría para la sociedad son demasiado grandes para poder realizarlos con una revolución, así que, de momento, voto, y, pese a que discrepe en muchos aspectos, tengo ahora mismo un gobierno por el que me siento representado. Y creo firmemente que la mayoría de los políticos, equivocados o no, sí son honrados. Y, sobre todo, sé con certeza que hay enormes diferencias entre unos partidos y otros. ¿Cómo puede realmente creer algiuen que haya pasado los últimos trece años en España que todos los partidos son iguales? Sin pararse siquiera a valorar cuál es mejor o peor, muy ciego hay que estar para no ver inmensas diferencias. Muy ciego, o muy indiferente a todo.

Quienes de verdad creen eso, que todos nos van a engañar, que votes a quien votes va a ir mal, ¿por qué no están en la calle? ¿por qué se limitan a lloriquear en blogs y en el facebook? ¿por qué no están sitiando ahora mismo el Parlamento y la Moncloa? Si todo va tan mal, ¿dónde está nuestra revolución, dónde nuestro mayo?

La sensación que tengo es la de pertenecer a una generación cuyos únicos sueños son un piso en una urbanización con pista de pádel, y el que les dejen bajarse películas gratis por internet. Y es muy triste.

Sobre Capra

Juan Nadie

Dediqué la noche de ayer a revisar “Juan Nadie”, la maravillosa película de Frank Capra sobre el poder de la gente corriente, la fraternidad, y el peligro de que estos sean manipulados por los poderosos.

Las películas de Frank Capra (que era siciliano) representan para mí lo que más admiro de los Estados Unidos, el verdadero espíritu del sueño americano: la inocencia, la profunda solidaridad, la libertad y el respeto al individuo, la creencia en que cada uno de nosotros puede cambiar el mundo.

Me gustaría pensar que ese sueño sigue vivo, que la victoria de Obama, es en parte la de ese espíritu que tanto admiro. El de John Willoughby, el de George Bailey (incluso, si tal cosa fuera posible, el de Mortimer Brewster).

Dos pequeños interludios

Pensaba en lo injusto de los salarios. En que si los sueldos se distribuyeran de acuerdo a lo que se aporta a la sociedad, todo el mundo querría ser maestro, o jardinero, o artista, o basurero, y sólo quienes no tuvieran otra posibilidad se dedicarían a las finanzas.

Vi por la calle a una anciana china, con los brazos metidos en las mangas opuestas, en la postura tradicional de su pueblo. Imaginé cuánto habría vivido esa señora: la invasión japonesa, la guerra civil, la revolución cultural. Y lo extraño que era que en el siglo XXI paseara por las calles de Tetuán.