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Del Hogar roto

Era una de esas pesadillas tan vívidas que despiertas creyendo que son reales, que te sientes aún inmerso en ese mundo terrible de tu sueño. Creía que habían partido mi casa en trozos, pintado rayas en el suelo, pintado cada trozo de un color distinto, que tenías que pedir permiso para pasar de una parte a otra, y que había guardias vigilando que no lo hicieras. Y que la gente con las que compartía la casa había enloquecido, y aseguraban ser del salón, o del dormitorio, por algún extraño derecho histórico, y llamaban extraños a los demás, lanzando agresivos discursos contra los enemigos que venían a quitarles la ventana, dormir en su cama, o usar el frigorífico.

Ya más despierto, contemplé mi hogar con calma, y vi que sólo había sido una pesadilla, que no había ninguna línea en el suelo, que seguía siendo tan bella y acogedora como siempre.

Imagen:NASA

Del sistema electoral

Se habla mucho de la necesaria reforma de nuestro sistema electoral. No hace muchos días Gregorio Peces Barba pidió su reforma, para hacerlo más justo, y que los votantes partidos nacionales minoritarios como IU o UPyD tengan representación acorde a sus número.

(Yo mismo he estado a punto de traicionarme escribiendo: “y que partidos como IU o UPyD tengan representación acorde a sus votos”. Pero los partidos no tienen representación: somos los ciudadanos los que la tenemos, y para eso elegimos representantes de entre las listas que nos proponen los partidos políticos).

También se ha hablado del sistema electoral inglés, en que el ganador de cada distrito se lleva un único diputado, y de como perjudica enormemente a los Liberal Demócratas (que con más del 20% de los votos se llevan menos del 10% de escaños), y de la necesidad de reformarlo.

Pero hay un elemento en el sistema electoral inglés que me gusta mucho, y es el que haya un representante por cada distrito. Con nuestro sistema los diputados no representan realmente a su provincia. Salen elegidos por una provincia, pero van a Madrid a representar a su partido. Y saben que donde deben jugarse la reelección es en la política interna del partido, no en las elecciones. Como en cada provincia hay como mínimo dos diputados, el primero del PSOE y el PP (o CiU o el PNV, según donde) saben casi con certeza que saldrán elegidos. Y si quieren ganarse esa reelección no es a sus electores a quienes han de escuchar y representar, sino a los dirigentes del partido.

Lo que nos lleva al sistema electoral que me gustaría ver en España. A diferencia de la reforma que Peces-Barba propuso, aquí habría que tocar la Constitución, lo que lo hace más difícil la implantación. Pero es que hay que tocar la Constitución, y cambiar de una vez muchísimas cosas (elegir al Jefe del Estado, una verdadera división de poderes, eliminar privilegios de religiones…).

Yo querría ver un sistema mixto. Si hay 300 diputados, 100 serían elegidos de forma proporcional, con lo que aumentaría la representación de partidos pequeños. De hecho, permitiría partidos nuevos en el Parlamento. Seguramente los Verdes podrían al fin conseguir un diputado; y quizás, tristemente, algún partido de extrema derecha (muchos que ahora no votan a partidos pequeños porque lo consideran tirar su voto, sí que lo harían si ven esperanzas de conseguir representación). Esto mantiene los “diputados a dedo”: los partidos más grandes tendrían un número de diputados que tendrían el cargo asegurado, pero serían algunos menos que con el sistema actual.

Los otros doscientos serían elegidos por el sistema de votación preferencial: habría que dividir el país en 200 distritos, y saldría elegido un diputado por cada distrito. Los votantes votarían a los candidatos por orden de preferencia. Tras el recuento de votos, si ningún candidato tiene la mayoría absoluta, se eliminaría al candidato menos votado, y sus votos pasarían a las segundas opciones de los votantes, y se comprobaría de nuevo si hay mayoría absoluta. De no haberla, se repite el proceso hasta que se consiga. Así cada distrito, más pequeños que nuestras actuales provincias, tendría su representante, que respondería directamente ante sus votantes (con el riesgo, ahora de verdad, de no ser reelegido en las siguientes elecciones). Además, seguiría siendo fácil obtener mayorías en el Parlamento, porque casi todos los diputados de estos doscientos serían de los partidos mayoritarios.

La parte más complicada: el pasar de nuestras 52 circunscripciones a 250, conjuntando criterios geográficos y demográficos. Supongo que la forma más sencilla sería partiendo de las provincias actuales, y su número de diputados, y hacer las divisiones correspondientes. Por ejemplo, en Albacete, con cuatro diputados, uno correspondería directamente a la capital (si nos moviéramos por criterios puramente demográficos serían dos), y habría que dividir el resto de la provincia en tres distritos, a cada uno de los cuales correspondería un diputado. A Madrid y Barcelona corresponderían varios diputados, cada uno de los cuales representaría a varios distritos de la ciudad. Y estos candidatos sólo tendrían que hacer campaña en su distrito: una ciudad, unos pocos pueblos, unos barrios de una gran ciudad, mítines más personales, yendo incluso de puerta en puerta.

Respecto a los españoles en el extranjero, no sé muy bien qué hacer con estos, pero creo que la solución pasaría por que votaran en las elecciones proporcionales, y que luego hubiera un único distrito (aunque por proporción deberían ser seis o siete) que los representara. Tendrían menos representación que los demás ciudadanos, pero también es lógico que sea así, ya que también se ven menos afectados por las decisiones políticas.

¿Qué aspecto tendría el Parlamento, con los resultados de las elecciones del 2008? No lo sabemos, claro, porque con un sistema tan diferentes muchos votos habrían cambiado, pero podría ser serían algo así (aceptando que los votos habrían sido iguales, que se habrían presentado los mismos partidos, que el número de diputados sería proporcional al de ahora en cada provincia, que los votos dentro de cada provincia serían uniformes en todos los distritos, y sin tomar en cuenta las segundas opciones, premisas todas falsas):

Partido Escaños con el sistema actual Escaños proporcionales Escaños por distritos Escaños totales con el sistema propuesto
PSOE 169 43 129 172
PP 154 40 121 161
IU 2 3 3
CiU 10 3 3
PNV 6 1 1
UPyD 1 1 1
ERC 3 1 1
BNG 2 0 0
CC 2 0 0
CA 0 0 0
Na-Bai 1 0 0
EA 0 0 0
CHA 0 0 0

Aparentemente, este sistema llevaría a una mayoría aún más aplastante de los partidos mayoritarios, con IU y UPyD permaneciendo, y los demás partidos retrocediendo, pero no creo que en la realidad fuera así. Primero, porque muchos votos cambiarían con este sistema, al no sentir uno que su voto se pierde. Y segundo, porque la premisa más errónea es que el voto sería uniforme en todos los distritos de una provincia. Dudo mucho que no hubiera ningún distrito en que no ganarían los nacionalistas, o incluso IU, UPyD o incluso algún independiente, que ahora es  casi imposible que llegue a ser elegido.

De políticos profesionales

A veces habla mi jefe con orgullo de la profesión de Rajoy como registrador de la propiedad, de su grandísimo curriculum y como esto le convierte en alguien ideal para gobernar el país. Dejando aparte lo gris que me parecería ese mundo gobernado por registradores de la propiedad, Rajoy apenas sí ha ejercido esa profesión. Aprobó las oposiciones a los 24 años (la persona más joven en conseguirlo, lo cual no cabe duda que es un gran mérito) para pasar a los 26 a ser diputado autonómico en Galicia, y dedicarse a la política desde entonces. El curriculum de Zapatero no es muy diferente: profesor ayudante en la Universidad de León durante tres años, para después ser elegido diputado y ejercer como político profesional desde entonces.

¿Es positivo tener estos gobernantes profesionales? ¿No los aleja esto de la sociedad a la que han de dirigir? Hay, claro, un elemento a favor: la experiencia. Igual que uno espera que el albañil que construye su casa o el médico que le va a curar sean profesionales y tengan experiencia en su trabajo, puede exigirlo de sus gobernantes.
Pero la democracia, pese a que a menudo se nos olvide, no se trata de que el pueblo elija a sus gobernantes, sino que es el pueblo quien gobierna. Y eso no sucede. Sin entrar en el poder que tienen las grandes corporaciones y los organismos económicos internacionales que las defienden, somos gobernados por una casta política con muy poca movilidad, que entran de muy jóvenes en el partido de su elección y no se dedican a nada salvo a la política hasta su dorado retiro. La indignación de muchos en esta maquinarias de partidos ante la propuesta de que haya primarias en la izquierda madrileña es una muestra más de hasta que punto esta casta política considera el gobernar al pueblo su coto privado, su derecho de por vida, concediéndonos simplemente el derecho a examinarles una vez cada cuatro años, y la obligación de callar el resto del tiempo.

Creo que debería existir un límite al tiempo que alguien puede ocupar cargos públicos, limitándolo quizás a la mitad de la vida adulta. Es decir, si alguien comienza a ocupar un cargo público a los dieciocho, podría terminar el mandato, a los veintidos, pero no podría volver a ocupar ningún cargo hasta que no acumulara otros cuatro años como ciudadano de a pie, a los veintiseis. Y si alguien ocupara su primer cargo a los cuarenta, tendría veintidos años para dedicarlos a la política, hasta los sesenta y dos.

Otra medida podría ser elegir algunos representantes (pongamos, quizás, un diez por ciento de cualquier cámara, sea un ayuntamiento o el parlamento) por sorteo. Así se hacía en la Atenas clásica. Aristóteles lo describió como gobernar y ser gobernado en turnos (Política 1317b28-30). Ciudadanos elegidos al azar, dando oportunidad al verdadero pueblo de tomar parte en las decisiones políticas, más allá de la maquinaria de partidos y la casta política.

Y una tercera medida, a la que deberíamos ir acercándonos ya, es la democracia elecrónica. Que los políticos nos representen, pero que sea el pueblo quien gobierne, quien vote por internet, participando de verdad en las decisiones, a la manera de las antiguas asambleas atenienses. Tiene, claro, sus defectos, y muchos. Pero también nuestro sistema actual, que no es una democracia, sino una mezcla politocracia y plutocracia.

I’ll die before the endgame

Terry Pratchett

Hace dos años diagnosticaron a Terry Pratchett, el hombre que nos ha hecho reir a millones de personas durante varias décadas (y del que estoy convencido de que su obra perdurará, y seguirá arrancando risas durante mucho tiempo) Alzheimer.
Ahora, en una entrevista con el Daily Mail, defiende el derecho a morir cuando él desee, sin necesidad de sufrir una larga y dolorosa agonía.

I’ll die before the endgame, says Terry Pratchett in call for law to allow assisted suicides in UK

Prentendo, dice, antes de que el fin se aproxime, morir sentado en una silla en mi propio jardín, con una copa de brandy en mi mano y Thomas Tallis en el iPod.
Oh, y como estamos en Inglaterra, mejor añadiré: “Y si llueve, en la biblioteca. ¿Quién puede decir que esto es malo?”

Y, sin embargo, la ley en la mayoría de los países (incluido la Inglaterra del señor Pratchett y mi España) lo consideran malo, y prohibe que se le ayude en este propósito.
¿Por qué? ¿No somos propietarios de nuestras vidas? ¿No tenemos derecho a disfrutar de ella, y a decidir si queremos que termine? Negar ese derecho es tan absurdo como negarle a un escritor el derecho a terminar un libro.
¿Por qué estar prohibiciones? Quizás tenga algo que ver con nuestra obsesión con la cantidad sobre la calidad, pensar que es más importante vivir mucho que vivir bien, apurar hasta nuestro cuerpo se derrumbe por completo aunque sea a costa de sufrimiento y dolor.

Creo que tiene más que ver con el sustrato judeo-cristiano que hay en toda la sociedad occidental e islámica. Las iglesias monoteístas condenan, que yo sepa sin excepción, esta práctica, y, pese a que utilicen palabras como “dignidad” para defender su postura (como si el sufrimiento y el dolor fueran dignos), tiene que ver con el propiedad, con el poder. Para ellos no somos nosotros los dueños de nuestras vidas, sino su dios, y sólo él tiene derecho a decidir cuándo esta debe acabarse. Se dan incluso casos tan aberrantes como que en algunos países se prohiba esta ayuda a quienes no deseen prolongar sus sufrimientos, mientras que es legal la tortura.

De política, quejas e indiferencia

Son unos cuantos los correos reenviados, feeds compartidos, comentarios en Facebook, que he tenido que leer estos días incitando a no votar, o a votar en blanco, quejándose de que todos los políticos son unos corruptos, que todos los partidos son iguales.

Yo no lo creo. Sé que los cambios que querría para la sociedad son demasiado grandes para poder realizarlos con una revolución, así que, de momento, voto, y, pese a que discrepe en muchos aspectos, tengo ahora mismo un gobierno por el que me siento representado. Y creo firmemente que la mayoría de los políticos, equivocados o no, sí son honrados. Y, sobre todo, sé con certeza que hay enormes diferencias entre unos partidos y otros. ¿Cómo puede realmente creer algiuen que haya pasado los últimos trece años en España que todos los partidos son iguales? Sin pararse siquiera a valorar cuál es mejor o peor, muy ciego hay que estar para no ver inmensas diferencias. Muy ciego, o muy indiferente a todo.

Quienes de verdad creen eso, que todos nos van a engañar, que votes a quien votes va a ir mal, ¿por qué no están en la calle? ¿por qué se limitan a lloriquear en blogs y en el facebook? ¿por qué no están sitiando ahora mismo el Parlamento y la Moncloa? Si todo va tan mal, ¿dónde está nuestra revolución, dónde nuestro mayo?

La sensación que tengo es la de pertenecer a una generación cuyos únicos sueños son un piso en una urbanización con pista de pádel, y el que les dejen bajarse películas gratis por internet. Y es muy triste.