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Interludio: Eumeo

En estos días releo la Odisea, preguntándome hasta qué punto es cierta. Es muy sospechoso que de la parte más fantástica del viaje (con cíclopes, sirenas, viajes al inframundo y hechiceras que convierten en cerdos a marineros) sólo sepamos por la narración que Odiseo, “rico en ingenios”, hace a los feacios en un banquete. Bien podría ser uno más de sus embustes, quizás Odiseo pasó esos diez años pirateando en el Mediterráneo, o en los brazos de Calipso, o buscando manzanas doradas en el Atlántico.

Pero puede haber un nivel más de mentiras en el libro. Cuando aparece Eumeo, el porquero de Odiseo, la narración se dirige a él en segunda persona. ¿Es un recurso estilístico? Y, de serlo, ¿por qué sólo se usa con el porquero?
Existe otra posibilidad: que toda la Odisea sea una historia que Odiseo cuenta a Eumeo, quizás años después de su regreso, probablemente en la cabaña de este, comiendo cerdo asado, emborrachándose con retsina. Eumeo sabe que su señor es un mentiroso (ya le mintió a su llegada a Ítaca, contándole una historia sobre cretenses y piratas), pero no osará corregirle, incluso cuando este distorsiona hechos en los que él estuvo presente. Y la historia real pudo ser muy diferente. ¿Y la historia que Odiseo narra a los fecios? De esa nada podríamos saber, ni tan siquiera si realmente fue contada.
Todo lo que sabemos es que el taimado Odiseo aparece un día, veinte años después de que Agamenón desenmascarara su fingida locura y le forzara a unirse a la expedición de los aqueos, solo y cargado de objetos valiosos. Lo que hiciera en los diez años que duró su camino a Ítaca jamás lo sabremos de verdad. Solamente tenemos la palabra de un mentiroso, un, como Atenea lo llama, trapacista de dolos.

Hellenise it

Cracked lookingglass of a servant! Tell that to the oxy chap downstairs
and touch him for a guinea. He’s stinking with money and thinks you’re
not a gentleman. His old fellow made his tin by selling jalap to Zulus or
some bloody swindle or other. God, Kinch, if you and I could only work
together we might do something for the island. Hellenise it.

de Ulises, de James Joyce

Eso mismo querría hacer yo con mi país: helenizarlo.

Infernáculo. Laberinto.

Una soprano canta la nota adecuada, y la copa vibra cada vez con más y más amplitud, hasta que estalla en pedazos. Un grupo de soldados hunden un puente por marcar la marcha sobre él. Todos los cuerpos físicos tienen esa frecuencia característica, en la que absorben más energía, que les hace vibrar y vibrar, y puede destruirlos.

Y la mente también la tiene. Una conversación, una canción escuchada mientras paseas, un cuadro perdido en una esquina de un museo, una mancha en la pared que parece mirarte. Mil cosas pueden provocar ese “click” que te lleve al abismo, a la locura, que haga tu mente vibrar y vibrar hasta, tal vez, romperse por completo.

Y están, claro, los libros. Esos libros peligrosos, que tienen el poder de hacer tu mente vibrar con amplitudes cada vez mayores, que te hacen temer volverte (del todo) loco.
Rayuela es, con toda seguridad, el más peligroso que he encontrado hasta ahora. Es ese canto de soprano que hace que el vaso que soy se rompa, los soldados marchando sobre mí hasta destruirme. El vértigo, la espiral de pensar y pensar (En alguna muerte violenta, el castigo por haberse acordado del reino.) hasta que desapareces, hasta que ya no eres una persona, sino una cosa que piensa, despierto, dormido, replandeándose qué es el mundo, dónde está, ¿somos de aquí?. Replanteándoselo todo, perdido en la vorágine.

Afortunadamente, el mismo libro nos ofrece una ventanita, un ancla, por la que salir, ser salvado:

Aburrido, Oliveira pasó el brazo por la cintura de la Maga. También eso podía ser una explicación, un brazo apretando una cintura fina y caliente

Y contendrá, seguro, muchas más cosas, como todo buen laberinto. Algún día quizás reúna el valor y la energía (y hacen falta ambas cosas) para volver a enfrentarme a él.