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Aprendizajes

Quizás comience a crecer de verdad cuando asuma que todo mi pasado, con toda su grandeza y miseria, todos los errores y triunfos, no es una carga, sino un aprendizaje para lo que vendrá a partir de ahora. Y que todo ha sucedido siempre como debía suceder.

El Teorema Central del Límite

Me quejaba hace poco de la falta de visión de los políticos, de que no son capaces de ver más allá de las próximas elecciones. Pero, ¿se lo permitimos nosotros? ¿No somos los ciudadanos los más cortoplacistas a la hora de votar?

Uno de esos resultados matemáticos importantísimos, que se traducen directamente a la Física y, de ahí, al mundo real, es el Teorema Central del Límite. Nos dice, a grandes rasgos, que la suma de un número suficientemente grande de variables aleatorias, cualesquiera que sea su distribución, tiende a una distribución normal. Si tienes, por ejemplo, cien generadores diferentes de números aleatorios: lanzando monedas, dados, contando pájaros en el cielo, produciéndolos en un ordenador… La suma de todos seguirá una distribución normal, y podemos ignorar por completo las distribuciones individuales. No necesitamos conocerlas. Nos bastarán unas cuantas medidas para obtener una media y una desviación típica, y ya podremos calcular probabilidades de resultados futuros.

Y tengo la sensación de que esto se aplica también a la gente. No importa lo maravillosos, únicos que cada uno de nosotros seamos, lo llenos de ideas que estemos. Cuando suficientes personas nos unimos, cuando actuamos como masa, por ejemplo, en las elecciones, toda esa individualidad, todo nuestro ingenio, tiende a desaparecer. Con demasiada frecuencia nos convertimos en una masa mediocre, predecible, vulgarmente gaussianos. Y es algo muy difícil de evitar: estamos luchando aquí contra la misma esencia ya no de la Humanidad, sino del Universo.

Supongo que la única solución es escapar de la masa. Vivir nuestra vida, con nuestras ideas y creencias, con nuestras propias reglas. Por muchos errores que podamos cometer, también nos da la posibilidad de un éxito extraordinario que de otro modo nos está prohibido.

De estoicismo, Woody Allen, y propósitos de Año Nuevo

Dos propósitos para el nuevo año: Primero, llevar aún más a mi vida el compromiso con el planeta que exigía a los políticos en Copenhague, y que tan miserablemente nos negaron a los ciudadanos. Consumir menos, producir la menor basura posible, ahorrar energía y agua, intentar volar lo menos posible.

El segundo propósito, mucho más complicado, tiene que ver con el compromiso conmigo: dejar de consumirme, de sufrir, de convertir en una tragedia de dimensiones mitológicas cada pequeña desgracia que me suceda, dejar de sentirme tan axfisiado por esa culpa de origen desconocido que lo llena todo, permitirme más alegría, más ligereza. En definitiva, seguir de una vez las enseñanzas de los estoicos.

Pensaba luego en el estoicismo, en la imagen erronea que esta filosofía tiene en la actualidad de hombres severos, rígidos, que se le limitan a aguantar con entereza mil golpes de la vida.
En realidad, el mejor ejemplo actual de lo que es el estocismo está en la última película de Woody Allen, “Whatever Works”, una oda, ya desde el mismo título, a disfrutar la vida tal como viene, a dejar de sufrir, y a dejar de hacer sufrir a los demás por nuestras tonterías.