Leía anoche, en un gordísimo volumen con las obras completas de Allen Ginsberg: My grief at Peter’s not loving me was grief at not loving myself. Recordé también otra frase que me marcó, hace unos meses, de Spinoza: La felicidad no es un premio que se otorga a la virtud, sino que es la virtud misma.

La mayor parte del dolor me lo provoco yo mismo. Muchas de las cosas que me duelen no deberían hacerlo, y las pocas en que es prácticamente inevitable, este podría haber sido mucho más moderado. Y mi felicidad, aunque las circunstancias externas puedan amplificarla, sólo puede nacer en mi interior.
¿Cuándo aprenderé de una vez?

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    1. Acner:

      Te traigo esto del Reino de Este mundo:

      El hombre padece, espera y trabaja para gentes que nunca conocerá y que a su vez padecerán, esperarán y trabajarán para otros, que tampoco serán felices, pues el hombre ansía siempre una felicidad situada más allá de la porción que le es otorgada. Pero la grandeza del hombre está precisamente en querer mejorar lo que es. En imponerse Tareas. En el Reino de los Cielos no hay grandeza que conquistar, puesto que allá todo es jerarquía establecida, incógnita despejada, existir sin término, imposibilidad de sacrificio, reposo y deleite. Por ello, agobiado de penas y de Tareas, hermoso dentro de su miseria, capaz de amar en medio de las plagas, el hombre puede hallar su grandeza, su máxima medida en el Reino de este Mundo.

      La felicidad como conquista que consiste en ser coherente con una posición ante los acontecimientos que se suceden. Nunca ha sido fácil ser coherente, ni para nosotros ni para nadie. Breve y hermoso post. suscribo el 100%

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