Archive for January 2009

Una vida absurda produce desvaríos

He importado aquí mi antiguo blog.

Porque para vivir el presente, y mirar con claridad el futuro, hay que aceptar el pasado, aceptarnos a nosotros mismos, con nuestras glorias y nuestros horrores.
Porque pensar, como yo hacía, que la persona que escribió eso ya no existe, que ahora soy otro completamente diferente, es engañarse a sí mismo.

Yo soy yo, sin discontinuidades, sin saltos. Ha cambiado, para bien y para mal, pero soy yo. Y todo lo que fui, para bien y para mal, sigue ahí, sigue teniendo su sitio en mí.

No quiero escapar más. Quisiera al fin aceptarme del todo. Aceptar todos y cada uno de los casi treinta y dos años de mi vida.

Ojalá consiga las fuerzas para ello.

Revolutionary Road

Revolutionary Road

-You just wanted out, huh?
-I wanted IN!

AnocheAnoche salí terriblemente impactado del cine, tras ver Revolutionary Road, la última (y mejor) película de Sam Mendes. Impactado tras ver una grandísima película, con un guión perfecto, unas actuaciones brillantísimas (especialmente de Kate Winslet y Michael Shannon, pero también de todos los demás). Es una película terrible, desoladora, y que estoy seguro de que, pese haber sido ignorada para los Oscar, perdurará como un clásico.

Esta mañana, al impacto ha seguido un sentimiento de devastación. La película trata sobre uno de mis grandes miedos: la mediocridad, el ser un hombrecillo gris más, pese a mis sueños de brillar.
Recuerdo una discusión que una vez tuve con mi padre. Él me preguntaba “¿Por qué no te casas y te compras un piso en Torrejón, como hace todo el mundo?”. Mis padres, por mucho que respeten mi vida, a menudo errática, querrían que llevara una existencia más normal. Querrían, sobre todo, nietos, que ya tienen edad de tener y que yo no he podido ni querido darles. Le dije a mi padre que yo no quería esa vida.

Y anoche vi reflejado ese terror: no el hecho de vivir con tu familia en los suburbios (pues estoy seguro de que se puede brillar, y ser realmente feliz incluso así, que lo importante es pensar, sentir), sino el renunciar a tus sueños, el convertirte en un ladrillo en el muro, en un hombrecillo gris, dar al mundo fealdad en vez de belleza. El saber que te puede suceder. El temor de un posible futuro. El miedo a estar engañándome ahora mismo, y ser ya un hombrecillo gris con un brillo imaginario. Ya trabajo en un rascacielos, con traje y corbata, en un puesto que no deja de ser parte de la máquina (Moloch whose mind is pure machinery! Moloch whose blood is running money!, escribía Ginsberg el mismo año en que transcurre la película).

Me recuerdo viajando por Grecia, libre y brillante y salvaje, y me digo, me ordeno, que eso no debe ser necesario, que la obligación de brillar, sentir, soñar, de no caer en la mediocridad, es perenne. Que la vida es demasiado valiosa, demasiado sagrada, para desperdiciarla por una pálida comodidad, en cobardes apariencias. Que la felicidad no es que otros crean que eres feliz.

Dos pequeños interludios

Pensaba en lo injusto de los salarios. En que si los sueldos se distribuyeran de acuerdo a lo que se aporta a la sociedad, todo el mundo querría ser maestro, o jardinero, o artista, o basurero, y sólo quienes no tuvieran otra posibilidad se dedicarían a las finanzas.

Vi por la calle a una anciana china, con los brazos metidos en las mangas opuestas, en la postura tradicional de su pueblo. Imaginé cuánto habría vivido esa señora: la invasión japonesa, la guerra civil, la revolución cultural. Y lo extraño que era que en el siglo XXI paseara por las calles de Tetuán.