Archive for December 2008

Interludio: La Vorágine

Hace mucho escribí en un viejo diario:

Mad 5-6 de abril 2001

Una chica de filosofía me ha hablado hoy, con esa seguridad en la Verdad que ellas tienen, de la Vorágine, y me ha preguntado si sabía lo que era. Yo asentí.

La nota continúa hablando de mi vorágine personal de esos días, de despertar en una isla, volar, tumbarme en cesped del parque de ciencias, regresar a casa caminando de madrugada por las vacías calles de Madrid, para descubrir que tu casero, un nazi psicópata, había cambiado las llaves (recuerdo que fue también por esas fechas cuando mis padres me llamaron para decirme que habían cambiado la llave de casa. Mi vida siempre ha estado llena de esas sincronicidades. Todas las vidas deben estarlo, si sus vividores se fijan).

Y la Vorágine sigue y sigue y sigue. Intento buscar una época larga (un año, medio año) de mi vida de verdadera paz, y no la hay. Intento seguir los pasos de Marco Aurelio, esa magnífica tranquilidad estoica, y el segundo de los mandatos de Delfos, ese μηδὲν ἄγαν, nada en exceso. Y me queda tanto camino por recorrer.

En la vieja nota del diario también hablo con orgullo de que esa es mi forma de vivir, la única que conozco, aunque me me pierda. Ahora, más mayor, y quiero pensar que más sabio, quizás querría hayar al fin la paz, sentir más mío a Bach que a Beethoven. Quizás algún día lo logre.

Interludio: Eumeo

En estos días releo la Odisea, preguntándome hasta qué punto es cierta. Es muy sospechoso que de la parte más fantástica del viaje (con cíclopes, sirenas, viajes al inframundo y hechiceras que convierten en cerdos a marineros) sólo sepamos por la narración que Odiseo, “rico en ingenios”, hace a los feacios en un banquete. Bien podría ser uno más de sus embustes, quizás Odiseo pasó esos diez años pirateando en el Mediterráneo, o en los brazos de Calipso, o buscando manzanas doradas en el Atlántico.

Pero puede haber un nivel más de mentiras en el libro. Cuando aparece Eumeo, el porquero de Odiseo, la narración se dirige a él en segunda persona. ¿Es un recurso estilístico? Y, de serlo, ¿por qué sólo se usa con el porquero?
Existe otra posibilidad: que toda la Odisea sea una historia que Odiseo cuenta a Eumeo, quizás años después de su regreso, probablemente en la cabaña de este, comiendo cerdo asado, emborrachándose con retsina. Eumeo sabe que su señor es un mentiroso (ya le mintió a su llegada a Ítaca, contándole una historia sobre cretenses y piratas), pero no osará corregirle, incluso cuando este distorsiona hechos en los que él estuvo presente. Y la historia real pudo ser muy diferente. ¿Y la historia que Odiseo narra a los fecios? De esa nada podríamos saber, ni tan siquiera si realmente fue contada.
Todo lo que sabemos es que el taimado Odiseo aparece un día, veinte años después de que Agamenón desenmascarara su fingida locura y le forzara a unirse a la expedición de los aqueos, solo y cargado de objetos valiosos. Lo que hiciera en los diez años que duró su camino a Ítaca jamás lo sabremos de verdad. Solamente tenemos la palabra de un mentiroso, un, como Atenea lo llama, trapacista de dolos.

Ante el Oráculo

Y llegué a Delfos, agotado, pero sintiéndome inmenso.

Pensaba descansar, y al día siguiente, por la mañana, ir al Oráculo. No sería así.
Encontré un hotel (un hotel precioso, donde me dieron una habitación desde cuyo balcón veía todo el camino que había hecho, desde el mar a Delfos), pedí los horarios de autobuses para ver a dónde me marchaba desde allí (a la recepcionista le encantó ese “No sé a dónde iré desde aquí”), y salí a tomar un café y comer un poco.

Y recuperé las fuerzas, y decidí ir a ver el Museo, que estaba cerrado. Y decidí ir al Oráculo. A ver el centro del mundo. A preguntar al dios de este sitio si lo estaba haciendo bien, si estaba en el buen camino.

Tuve la fortuna de visitar el oráculo en un bellísimo atardecer, y prácticamente solo (unos pocos grupos de turistas, siempre reducidos, algunos en solitario, como yo).

En el Templo de Apolo, en Delfos. El dios está aquí, en todo el valle, pero sobre todo aquí. Es el sol que ilumina el valle, que llena mi corazón ahora mismo. He hecho mi pregunta, y me ha dicho lo que ya sabía: que sí. Después rompí a llorar, todavía sintiendo la mano de Apolo sobre mí (ojalá que no vaya nunca).
Ya estaba hecho.

Ya estaba hecho. Esa era la sensación que me poseía en ese momento. El viaje había terminado. Ahora sí había crecido. En muchos aspectos, no he vuelto a ser la misma persona desde entonces. Lo notaba ya entonces, en mi corazón que reía, en las sonrisas que la gente me dedicaba. καλὸς κἀγαθός al fin, un poco, al menos.
Otra novedad: difícilmente podría volver a declararme ateo. El dios estaba ahí. Lo había sentido claramente. Si esa divinidad era una entidad exterior o un aspecto de nuestro subconsciente, ya no lo sé. Pero los dioses existen, ya no podía tener duda de ello.

Terminé mojándome las manos y el cabello en la fuente Castalia (seguramente debería haberlo hecho antes de ir a ver al dios). Realmente me siento nuevo, libre, grande, καλὸς κἀγαθός.
Ahora viene la parte más difícil, la labor de toda una vida: mantener esto, esta sensación, esta fuerza, incluso mejorarlo.
El santuario del dios es un lugar de poder, un catalizador, pero nada aquí que no este dentro de mí, dentro de todos nosotros.

No sé si fue por no purificarme antes de ir a su oráculo, pero el dios se cobró su precio: una lesión en el pie derecho, que todavía arrastro, más de un mes después de mi visita. Pero es un precio que pago gustoso.

¡El Centro del Mundo! ¡Estoy en el Centro del Mundo! ¡Aquí mataron Apolo y Artemis a Pitón! ¡Aquí se juntaron las águilas de Zeus! ¡Aquí llace enterrado Dionisos!

La tarde, hasta que se hizo la hora de cenar, la pasé paseando por el pueblo, ya cojeando, y pensando, sobre lo que habia visto, sentido. Y también sobre Grecia.
Aquí comenzaba la segunda etapa del viaje, con mi proyecto personal ya realizado, la dediqué en gran parte a pensar sobre religión e historia y la tierra donde me encontraba.

Los griegos son el pueblo más decadente que he conocido, más aún que los ingleses. Su momento pasó hace dos mil quinientos años, y eso se nota. ¿Lo saben ellos? Sí, creo que sí. Se lee en sus rostros de cansada resignación, sentados en la calle, esperando a esos bárbaros que nunca llegan.