Archive for September 2008

Quasi una fantasia

Pongo la Sonata Claro de Luna, y, lentamente, comienza el primer movimiento, adagio, dulce rematador de almas resquebrajadas.

Una fría tarde de invierno, hace ahora diez años, regresé desolado a mi cuarto en el San Juan Evangelista, y vomité sobre varios folios una historia sobre Beethoven y una Navidad en Marte. Beethoven, que siempre regresa a mí en los peores y mejores momentos. A Bach lo puedo escuchar siempre, pero Beethoven es para esos instantes más grandes que la vida, o, cuanto menos tan grandes como la vida puede llegar a ser.
Y la Sonata 14, Quasi una fantasia (se dice que la escribió cuando supo que su amada Giulietta Giucciardi iba a casarse), para mí es para la tragedia, la desolación. El primer movimiento, un adagio que Berlioz llamó “un lamento”, es desgarrador, tan profundo, tan terrible. Escarba en tu corazón más y más adentro, sin permitirte guardar nada, esconderte de nada. Caes y caes y caes, lentamente, solo, hundiéndote en el oscuro mar.

El segundo movimiento, Allegretto, es un respiro, un pequeño descanso. Te has enfrentado a todo tu infierno, toda tu carga. Es tiempo de meditar, en paz si puedes. Carece de esa calidez de Bach, esa sensación de algo sobre nosotros que nos cuidará y no dejará que nada malo suceda, pero es esperanzador a su manera.

Y llega el tercer movimiento. Presto Agitato. Demoledor. Todo aquello que el primer movimiento remueve, te enseña es ahora juzgado. Son martillazos en tu alma, tan violento, tan cruel. Lloras y lloras, y aguantas como puedes los golpes.

Dos golpes finales, y silencio. Estás aún vivo, has aguantado la ordalía. Llora lo que necesites, límpiate, cúrate, esa es la cartarsis, el poder del arte. Mañana nadie sabe qué sucederá.

Dorothea Lange

Dorothea Lange (1895 – 1965) fue una fotógrafa estadounidense que dedicó su carrera a mostrar a los perdedores de la sociedad: primero a las víctimas de la Gran Depresión, trabajando para ese breve experimento socialista que fue la Farm Scurity Administration, y más adelante a los japoneses de Estados Unidos, llevados a campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial.

Madre Emigrante (1936) es su foto más famosa, el retrato de Florence Owens Thompson y sus hijos, unos de los muchos miles de emigrantes que tuvieron que dejar Oklahoma durante la Gran Depresión.

Niños jurando lealtad a la bandera americana en un colegio público de San Francisco, en abril de 1942. Muy poco después, los japoneses serían internados en campos de concentración hasta el fin de la guerra.

Más fotos de Dorothea Lange

Las uvas de la ira

Tom Joad y su madre

El mismo día en que, tras siglo y medio, Lehman cayó en la bancarrota, y también el día en que Rajoy se quejaba de que los inmigrantes cobraran el paro, he visto “Las Uvas de la Ira”, una más de las muchas obras maestras de John Ford. Una historia épica, poética, de hace setenta años, pero más actual que todo el cine de este siglo XXI. Campesinos hambrientos que cruzan desiertos en busca de trabajo, perdiendo seres queridos en el camino, cruzando fronteras que no deberían estar allí, para llegar a una tierra donde el trabajo que se les da es a sueldos miserables (otros lo harán por incluso menos si ellos no lo quieren), y a quien protesta se le trata como un alboratador, un criminal.

A finales del siglo XX, Fukuyama, en su delirio neoconservador, hablaba de como la historia había terminado, de como el capitalismo había terminado para siempre con la lucha de clases, de como el libre mercado nos haría libres y prósperos a todos. Pero la historia que no termina es la de la miseria y la explotación.
Lloré con la familia Joad (¿cómo lograba Ford esas miradas en sus actores? Esas miradas que les convierten en auténticos arquetipos de la humanidad), los campesinos de Oklahoma, sabiendo que esa historia sucede ahora.