Conócete a ti mismo, estaba escrito en el frontispicio del templo de Apolo en Delfos, el dios de la luz. No es la única a quien se ha atribuido esta frase, pero me gusta creer que fue Phemonoe, la hija del dios, su primera sacerdotisa en Delfos.
Esta es una de las muchas cosas que pueblan hoy mi mente, una tarea a la que aferrarse en medio de la tormenta. Conocerme de verdad. Hacerme más grande. καλὸς κἀγαθός.
Otra de las inscripciones en el fronstispicio era una E, cuyo significado incluso los griegos habían olvidado. Pero uno de sus posibles significados era εἶ, eres, refiriéndose a que el Dios lo era todo, la verdadera esencia del Universo. O, visto al revés, que todo era el Dios, que todo era divino. También nosotros.
Everything is holy! everybody’s holy! everywhere is
holy! everyday is in eternity! Everyman’s an
angel!
En estos días, las lágrimas están siempre presentes, prestas a surgir en cualquier momento.
Soy como un río, como una nube, como el cielo gris, como un vaso a punto de derramarse.
But spacetime is eternal, with everything in it,
And you and me are always here, always now.
You and me are forever.
Bach es diferente. Bach es la paz, la serenidad, la sensación de que hay en el Universo un orden superior, una finalidad, que no estamos solos. Bach es calidez, compasión, amor. Es esa sensación de que, al final, todo saldrá bien.
Nada de la violencia de Beethoven (“Así golpea el Destino a la puerta”, dijo sobre su Quinta Sinfonía) tiene sitio aquí. Es la victoria del Orden sobre el Caos, la perfección.
Escuchando la Pasión Según San Mateo, ¿cómo no creer en Dios, aunque sea por unos instantes? En algún dios. En Yahvé, o Apolo, o el dios panteísta de Einstein (creo en el Dios de Spinoza, decía), o en nosotros mismos como criaturas divinas, poseedoras de esos tesoros que son la vida, la consciencia.
Escucho a Bach, y, mientras, ya no tengo miedo.
Soy una estrella que viaja contigo, brillando desde la oscuridad, se decía en la liturgia de Mithra, el Sol Invicto. Bach es esa luz.