Archive for May 2005

Ahora abandonaremos la idea de Europa, volveremos al medioevo de estados feudales luchando entre sí (ya se anunció en los últimos años… la ley del más fuerte, imperios pidiendo vasallaje…), abandonaremos sigilosamente el escenario, dejaremos a los niños jugar, nos sumiremos en el olvido de civilizaciones derrotadas.

Supongo que ya da igual. Supongo que lo merecemos.

¿Y yo? Feliz. Amando. Viviendo (lo cual es lo mismo. La amo. Y esa es mi vida, la parte que de verdad importa).

Pasé por alto el aniversario de este blog.

Y pronto, un cambio: Mi adiós a la vida de aeropuertos. El regreso a ecuaciones, funciones, modelos matemáticos. Escribiré de ello.


‘You needn’t say “actually,”‘ the Queen remarked: ‘I can believe it without that. Now I’ll give YOU something to believe.

I’m just one hundred and one, five months and a day.’

‘I can’t believe THAT!’ said Alice.

‘Can’t you?’ the Queen said in a pitying tone. ‘Try again: draw a long breath, and shut your eyes.’

Alice laughed. ‘There’s not use trying,’ she said: ‘one CAN’T believe impossible things.’

‘I daresay you haven’t had much practice,’ said the Queen. ‘When I was your age, I always did it for half-an-hour a day. Why, sometimes I’ve believed as many as six impossible things before breakfast.

Lewis Carroll, Through the Looking-Glass, and What Alice Found There

Un poema de José Hierro. Un regalo.

BEETHOVEN ANTE EL TELEVISOR

El alemán de Bonn identificaba
todos los sones de la naturaleza:
el del mar, el del rio, el del viento y la lluvia,
el canto del ruiseñor, el de la oropéndula, el del cuco.
Un dia, cantó un ave, y él no oía su canto:
fue la primera señal de alarma.
Luego avanzó implacable la sordera
hasta desembocar en la noche de los sonidos.
Compuso, desde entonces, imaginándolos.
Nunca pudo escuchar su misa en Re,
sus últimos cuartetos, su última sinfonia.

Luis van Beethoven murió en mil ochocientos veintisiete
(es lo que piensan los desinformados),
pero yo lo he visto en el Lincoln Center.
Fue en los años noventa. Ocupábamos
asientos contiguos. Yo lo reconocí
por su expresión huraña y tierna y feroz.
Y también por el desaliño de que nos hablan sus biógrafos.
Escribí en mi programa estas palabras:
“Excelente concierto”. Y él asintió:
“No se moleste en escribir, oigo perfectamente”.

Después en el descanso, hablamos de música,
(sin duda se dio cuenta
de que acababa de reconocerlo.)
Avisaron que había que volver
a la sala para escuchar el plato fuerte,
la Novena. Pero él, van Beethoven,
dio media vuelta, y se marchaba.
“Pero, ¿precisamente ahora?” le pregunté.
“Yo regreso al hotel. voy a escuchar
la Novena Sinfonía en el televisor,
la transmiten en directo”, contestó.
“¿Me permite que le acompañe?”, dije.
Y se encogió de hombros.

Pues aquí acaba todo.
Nos sentamos ante el televisor.
Escuchamos el golpe de la batuta
sobre el atril. Silencio. Y la orquesta rugió.
Entonces, Ludwing van Beethoven
se levantó y apagó el sonido.
Ahora sí que el silencio era absoluto.

Canturreaba a veces, levantaba la mano
para indicar la entrada a los timbales
en el Scherzo. Lloró con el adagio,
anardeció cuando cantaba el coro
las palabras de Schiller.

Yo nunca podré oír, nadie podrá,
lo que él oía. Finalizó el concierto.
Fue entonces cuando se levantó,
y se acercó al televisor,
recuperó el sonido.
Las cámaras enfocaban ahora
al público enardecido.
Van Beethoven oía, en mil novecientos noventa,
los aplausos que no podía oir en Viena,
en mil ochocientos veinticuatro.

José Hierro. Cuadernos de Nueva York.